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DESDE ULTRAMAR

Las dos Coreas no me conmueven

Marcos Marín Amezcua
jueves 03 de mayo de 2018, 20:12h

Cuando acabó la primera Guerra Fría (porque ya estamos en la segunda, a tres bandas) y se unificó Alemania, algunos idealistas, por no llamarlos ilusos, propusieron, apostaron con esa sabiondez que espanta, a que Corea sería la siguiente en unificarse. Y prontito, casi por inercia. Por elemental lógica. Su lógica, desde luego, antes que la lógica de las potencias.

En ese caso, como todos sabemos, nunca sucedió. Hasta ahora, al menos.

Para empezar recordemos una guerra que no buscaron los coreanos, que acabó dividiendo al país bajo los intereses de las potencias de turno, las vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Porque los coreanos rara vez han decidido por ellos lo que a ellos les conviene. Simplemente, no los han dejado. La partición coreana también era un símbolo, pero de ello a que a alguien le importara la suerte de los coreanos, había un mundo de diferencia. Y no ha cambiado demasiado la cosa. Y allí siguen: divididos y sin una salida, todas complejas, pues uno de los dirigentes está loco de atar, embebido el norteño de omnipotencia y de soberbia desbordada para defender su coto de poder. Y sentado en armas nucleares, tal parece.

La verdad acaba siendo intrascendente que sea la preponderancia china la que este detrás de Kim Jong-un. Para el caso, da lo mismo. Porque del otro lado están los yanquis ofreciendo y asesorando la defensa sureña.

Y si se han juntado sus dirigentes, es casi imposible que consigan unificarse si a las potencias no les conviene, porque luego ha salido el tema de que si lo consiguieran, en qué bando quedarían. Es que Alemania y Austria al final se quedaron del lado capitalista. A ver a estos otros a dónde los dejan integrarse, llegado el caso remoto de que se unificaran. Y a ver quién pierde el tiempo preguntándole a los coreanos lo que quieren hacer.

Y si nos referimos al tortuoso camino buscando que las Coreas se tornen en una sola, en las últimas décadas nos hemos quedado en los gestos de buena voluntad que no dan para más. Gestos de amistad ya estólidos, de dos marionetas, quizá, que se quedan allí. Gestos que no transitan a un paso serio, realista, definitorio de una nueva etapa. Gestos que a la gente le entusiasman, pero que en la realidad saben, y bien, que conducen a absolutamente nada. Que si comparten bandera olímpica, que si comen del mismo plato, lo que sea. No pasan de ser gestos estériles si los medimos en el resultado final obtenido, que suponemos que se anhela y no llega: siguen existiendo dos Coreas. En el mapa y en la mentalidad.

Por eso el último encuentro de sus líderes es llamativo, pero no me conmueve. No, porque se puede quedar en otro gesto. Uno más. De bostezo o casi. Y digo casi, porque en efecto, parece ser solo fuegos de artificio. Otra vez.

Sí, cual buscapiés nos anunciaron su encuentro, tan de repente, como brotando sin más del mar Amarillo, y sin más preámbulo se sientan a firmar el paso que conducirá a un proceso de paz poniendo final a la Guerra de Corea, invitándonos a pergeñar disquisiciones en torno a cómo la describiremos desde ahora. Y súbitamente parece que se están llevando tan bien, o como se dice de manera coloquial en el habla mexicana: se llevan de a pellizco de ombligo. Me da mala espina. Es que no me lo creo.

¿Dónde quedó el líder norcoreano que come niños vivos y que es más malo que la carne de puerco? Se esfumaron su mal nombre, su descrédito. ¿Dónde quedó el sudcoreano del que apenas algo sabemos y ahora acapara los reflectores? Se desvanecieron las rencillas, se evaporaron las amenazas, las rivalidades y los resquemores y se acabaron en un santiamén los asegunes, de golpe. Se marcharon como la humedad: sin que nadie lo notara. Tanta sonrisa…¿usted se cree esta historia? Yo tampoco.

No me creo tanta belleza. No, me resulta imposible. Y así nada más, sin que las potencias no digan esta vez ni pío. Crece mi incredulidad y mi azoro.

El desvarío es tal que ha conducido a que se proponga a Trump como premio nobel de la Paz, por ser el artífice de ese encuentro, sin aportar una sola prueba. Cachondeos al por mayor. Vamos, ya metidos en gastos y habiendo perdido la cabeza, que tan descabelladamente se sugiera tal posibilidad, ya es el colmo de ese asunto. Escarnio asegurado.

Un día el norcoreano estaba por atacar Guam –recordándonos aquella ínsula perdida por España, entregada a los EE.UU. en 1898– y amenazaba a Estados Unidos con tocarlo con un megamisil de esos de “aquí te espero”, de esos que pueden atravesar el Océano Pacífico; y otro día está a nada de desmantelar la amenaza nuclear cernida sobre todos nosotros, que nos representa destrucción y sin perder la estúpida sonrisa de su repugnante rostro y con el silencio cómplice chino y la mirada vigilante japonesa, inquietada, de por medio.

No, sencillamente no me lo creo. Mi lectura no es esa. No puedo asegurar que el norcoreano esté solo ganando tiempo. Su proceder es muy confuso. Solo expreso que la pantomima no me la trago. Soy escéptico, pero soy analista y sabemos que tales pasos, tan simbólicos, no suelen cuadrar. ¿Será por simple ánimo de reconciliarse? Aquí hay gato encerrado. Qué amistad renovada entre las Coreas ni qué niño envuelto.

Una Corea unificada la veo muy lejana y la amenaza nuclear de Corea del Norte, más cercana, tanto como que veo a México amenazado al haber expulsado tan brutalmente al embajador norcoreano, siguiendo estúpidamente instrucciones de Washington o al menos, en plan lamebotas de parte del gobierno priista de Peña Nieto, comprando pleito ajeno. Una cruz su ejercicio que pone a México en peligro en el ámbito internacional, de manera constante. Una cruz la nuestra, que dudará hasta diciembre próximo. ¡Qué cruz! Cada día nos arriesga más el gobierno priista que no supo hacer política exterior.

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