Con dudas ante una frase que consideraba usar para modelar un texto que me estaba dictando, comentó Borges: “¡Qué difícil es decir bien lo que uno debe decir y que el lector lo entienda!”. La expresión era lógica y se ajustaba a su caso singular. El autor de Ficciones se había propuesto desde sus inicios de escritor, ser literario en cada página. Insuperablemente, yo creo que lo logró con creces en cada párrafo o en línea. Su caso es único. Por eso, cuando alguien me pregunta con qué libro de Borges se puede iniciar en su lectura, yo no vacilo recomendar la Obra Completa, pues es el único creador representado en esa suma de prosa y poesía. Cada uno de sus escritos mantiene una idéntica intensidad estética y siempre lo dicho resulta original, como si fuera expresado por primera vez. De manera asombrosa, esto se da también en sus trabajos periodísticos. Para comprobarlo basta recurrir a la lectura del volumen Textos cautivos, que recoge buena parte de su paso por el periodismo, o en sus últimas colaboraciones para la Agencia EFE y el diario Clarín. Épocas estas en las que fui su amanuense.
Sin embargo, con su sarcasmo habitual, no exento de cierta convicción, Borges llegó a descalificar rotundamente al periodismo con una frase lapidaria: “Es algo que se parece peligrosamente a la literatura”. Cierto, sobre todo si insistimos con su caso personal y el de otros escritores, que con diversa fortuna han incursionado y lo siguen haciendo en esa disciplina. Tengamos en cuenta que ambos géneros comparten aspectos en común, aunque las oposiciones son demasiadas o, quizá, relativas.
Si rescatamos la fantasía, es necesario considerar que la palabra ficción, viene del latín figo, cuyo significado más propio es modelar, por ejemplo modelar algo en arcilla; de ahí entonces que escribir una ficción vendría a resultar algo equivalente a modelar un mundo, o parte de él; simulando, no obstante, que es real. Esto, claro, como elemento principal de un texto literario, ya que el artista de la palabra, el creador, puede deformar la realidad exagerándola (tengamos en cuenta que en toda genuina creación hay hipérbole). Luego el lector, aceptando esa convención, puede pasar por su parte de la realidad a la fantasía, yéndose más allá o quedándose más acá del mundo que nos rodea. El periodismo, en cambio, opera sobre otros elementos y establece como regla general la obligación de transmitir un conocimiento integral, formativo o de entretenimiento.
Es así como el periodismo, aún el más profundo y revelador, el que se codea con el ensayo, debe someterse a la realidad con la mayor honradez y objetividad posible, pues es una necesidad colindante con lo verdadero. En tanto que la literatura (el arte de la literatura, la creación literaria), puede operar con elementos meramente verosímiles, siendo a la vez un lujo, o una suerte de placer estético, que se expresa con la debida imaginación de su artífice.
Por periodismo entendemos, también, la función social de recopilar, procesar y difundir por cualquier medio de comunicación una noticia de interés público, con la finalidad de informar y formar; así como también la de entretener, o persuadir cuando se lo ejerce con el interesado propósito de militancia política. El mensaje periodístico, aparte de ser un hecho comunicable en el más amplio sentido, cumple con otra función formativa por los juicios de valor que emite, o tiene la obligación de emitir. En lo personal, admito que no sabría si calificar o clasificar a ciertos trabajos de periodismo escrito como seudo literatura o como sub-literatura; pero, en todo caso, por un asunto de principio y de lealtad estética, me adhiero a la definición de Borges. El riesgo o el parecido oscilan, a veces, con la temeridad.
Ahora bien, para don Alejo Carpentier, el periodista y el escritor se integran en una sola personalidad. Según el autor de Los pasos perdidos, podríamos definir al periodista como un escritor que trabaja en caliente, que sigue y rastrea el acontecimiento día a día sobre lo vivo. En tanto que el novelista, para simplificar la dicotomía, es un hombre que trabaja retrospectivamente, contemplando y analizando el acontecimiento cuando su trayectoria ha llegado a término. “El periodista, trabaja sobre la materia activa y cotidiana –agrega Carpentier-. El novelista la contempla en la distancia con la necesaria perspectiva como un acontecer cumplido y terminado”.
Octavio Paz, por su parte, que reflexionó mucho sobre este complejo asunto, señaló que “el periodismo, la novela y la poesía son géneros literarios distintos, cada uno regido por su propia lógica y estética”. Y tras afirmar y demostrar que “la buena poesía moderna está impregnada de periodismo”, concluyó: “A mí me gustaría dejar unos pocos poemas con la ligereza, el magnetismo y el poder de convicción de un buen artículo de periódico, o un puñado de artículos con la espontaneidad, la concisión y la transparencia de un poema”.
Abundan hoy, los periodistas que sin menoscabo de su profesión de comunicadores, igualmente practican la escritura de ficción, que es la que por antonomasia se considera literatura; aunque tampoco, en rigor, el ensayo y la historia no debieran ser calificados como ajenos a la creación literaria. En casi todos los casos, la literatura puede acercarse al periodismo o alejarse en un doble movimiento para marcar distancias o aprovechar coincidencias. Es obvio que la función de la literatura es distinta a la del periodismo, pero el lector puede ser el mismo, incluso el autor. Cabe afirmar que tanto el periodismo y la literatura se presentan como aliados inseparables y divergentes según lo requiera el caso.
Juan Valera, que fue fundador y director de varios periódicos y revistas, no veía tan claro el planteo. En su ensayo De la naturaleza y carácter de la novela, conjetura que ser periodista es, sin ninguna duda, una profesión u oficio, tales como ser ingeniero, abogado o médico. Pero, que es evidente, asimismo, que el periodista debe ser literato, un literato de cierta y determinada clase. “Pues no a cualquiera se le exige manejar conceptos, que no son tan solo informaciones”.
Los matices presentados demuestran que el periodismo ha surgido como una necesidad comunicacional, y su trascendencia en nuestros días hace que no se pueda concebir un presente ni una historia futura ausente de periodismo. ¿Qué sería del hombre sin la mass media y su información cotidiana? Algo definitivamente impensado en estos tiempos. Quizá se manejaría a través de versiones orales, resúmenes, interpretaciones de lo sucedido o anecdotarios.
Siempre que visito Roma no dejo de acercarme a una callecita oculta tras la Piazza Navona, donde se encuentra Pasquino, una de las dos legendarias estatuas parlantes de la ciudad (la otra es Marforio). Viejos tiempos aquellos de la Edad Media cuando no había diarios y los habitantes pegaban epigramas y sátiras, la mayor parte escritos en latín, y de los que tomó buena nota don Francisco de Quevedo eternizándolos en un famoso soneto confesional:
Mientras que, tinto en mugre, sorbí brodio,
y devanado en pringue y telaraña,
en ansias navegué por toda España,
ni fui capaz de invidia ni de odio.
Mas luego que tan puto monipodio
hizo de mí fortuna tan picaña.
Pasquín tiene conmigo grande saña
y todo soy preguntas de Marfodio.
¡Oh santo bodegón! ¡Oh picardía!
¡Oh tragos; oh tajadas; oh gandaya;
oh barata y alegre putería!
Tras los reyes y príncipes se vaya
quien da toda la vida por un día,
que yo me quiero andar de saya en saya.
Ahora bien, se le exige al periodista no sólo el manejo de la noticia, sino además la posesión de conceptos que, en la mayoría de los casos, es de lo que se carece. Esto, también, suele hacer la diferencia entre literatura y periodismo. Aunque todo advierte que para el hombre la realidad nunca es ajena a ninguna forma de fantasía. “Lo real suele tener la estructura de una ficción”, afirma Lacan; vale decir que demasiadas cosas están cubiertas por un envoltorio fantasmal, configurado en ciertos casos por los temores o los deseos de quien los debe soportar.
No hace mucho, alentado por Mario Vargas Llosa leí Voces de Chernóbyl, el excelente libro de la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2015. Confieso que empecé la lectura con prejuicios, pero luego quedé deslumbrado por el estilo literario con los que fueron encarados esos reportajes. Una obra arrobadora y patética a un tiempo, que recoge la información recopilada durante diez años tras haber entrevistado a más de quinientas personas que fueron víctimas o testigos del horrible desastre de Chernóbyl, en Ucrania, entre los que se encuentran bomberos, políticos, físicos, psicólogos, residentes en la zona afectada, y también familiares de los anteriores fallecidos. Los reportajes exploran, además, las vidas diarias de los ciudadanos afectados de manera directa e indirecta, tanto física como psicológicamente, a raíz de la explosión de la central nuclear. No sé si calificar al texto de ficción o de realismo, ya que toda la escritura intenta atrapar los testimonios de las víctimas, describiendo en algunos casos hechos brutales que dan cuenta pormenorizada del significado a través del cual las personas que entrevista y a las que hace hablar vivenciaron esas situaciones. Cuando ella habla en primera persona, de manera original, parece entrevistarse a sí misma, pues no está hablando de ningún hecho circunstancial, sino que está describiendo la estructura fantasmal; es decir, la ficción con que ella misma asiste a esos testimonios. Recomiendo ese libro como imprescindible.
Agreguemos, para finalizar, que la literatura es el arte de la palabra establecido sobre convenciones tácitas y que infringirlas es a veces la obligación para otorgarles más belleza, sentido estético o contundencia. La tarea del artista, por consiguiente, es la de encantar las palabras o darles alas para que vuelen, como quería Julio Cortázar. Cuando eso sucede en cualquiera de las formas se habrá logrado el objetivo y hasta es posible que desaparezca esa odiosa división entre prosa y poesía. O periodismo y literatura.