Begoña Gómez, bilbaína, de 41 años, experta en marketing, ha sido la que ha llevado a Pedro Sánchez ante la presidencia de Gobierno. Siempre se ha dicho que al lado de un gran hombre siempre debe de haber una gran mujer. Ahora es cuando podemos cambiar la cita y decir que al lado de una gran mujer es posible que algún día pueda haber un gran presidente de Gobierno. Y en esto no me lo invento yo porque esta tarde de hastío en que esto escribo me dé por ahí, por este feminismo de moqueta de palacio, sino porque, por lo que he investigado, así para ser que sucede. Begoña, cuyo trabajo tiene que ver con fortalecer el robledal de las ONG, cayó rendida ante la belleza marlonbrandiana de Sánchez en una comida que organizó un amigo del actual presidente en un chalé de Las Matas. Como había luna llena de esa que de tan de cerca ha visto hasta ahora Pedro Duque, y lo lunar en su plenitud siempre ha afianzado esa idea lanzada hace ya muchos siglos por Platón -a mí me interesa más el diálogo que pone Platón en boca de Aristófanes- de que no puede existir la idea universal del amor si, después de estar separados dos cuerpos hembra/macho o bien producto de una androginia, esos mismos cuerpos, abducidos por sus respectivas almas, tienen la obligación de volver a unirse formando lo compacto de una existencia plena en relación con la totalidad del Ser en su unidad. Este Eros mítico y salido de un Banquete, el chalé de Las Matas, es el que yo veo que se ha producido en el caso de la pareja Sánchez/Gómez.
Parece ser que Begoña, rubia a veces otra más rubia -le gusta el cambio de imagen- quedó prendada en tanto que de rosa y azucena al ver cómo se mostraba el ardiente gesto de Pedro, su voz de pedernal, su altura de la Castilla más profunda, el olmo machadiano o el ciprés de Silos de Gerardo Diego, su rostro entre actor del nuevo cine español y el cine mudo de Charles Chaplin -no olvidemos que Pedro en varias ocasiones nos ha dado esa imagen tan fílmica y tan charlotiana de esa soledad final de película caminando en la lejanía dejando en el aire el polvo y el bastón dibujando el zigzag triste tras las Ejecutivas del PSOE, que más ejecutivas a mi entender fueron ejecuciones, disparos por la espaldas aplicándole la ley de fuga como a los catalanes anarquistas se les aplica en la obra de Valle “Luces de Bohemia”: hoy esa ley de fugas sigue vigente, pues ya hemos visto en la cámara indiscreta cómo tanto Junqueras como Forn prefieren pasar la bayeta por los pasillos de Estremera, explicar la filosofía de Confucio o jugar al ping pon que no dar pábulo a este esperpento que sigue siendo España.
Pero volvamos a la media naranja platónica que es Begoña en relación a este guerrero sin antifaz que es Pedro Sánchez. Por mucho que digan lo contrario Ana Mato, Rosalía Iglesias y la infanta Cristina, todos sabemos que es en casa, o mejor en la cama, en donde se habla mejor de trabajo. Sobre todo si ese trabajo cansado e histérico en este caso que produce desde el agotamiento de la política. Estoy seguro de que el mejor Valium, la mejor caricia, la nada desdeñable sensitividad y el más saludable apoyo moral le ha venido a Sánchez en sus peores momentos de la bilbaína Begoña Gómez. Y es que todos conocemos cómo es el carácter de las vascas. Ahí está la nueva portavoz del Ejecutivo, Isabel Celaá, que en su primera comparecencia ante la prensa los ha puesto a todos firme. Begoña trae ese carácter de mujer que no se deja vencer por esta hipocresía y esta varonía de necios barones que son los hombres que se dedican a la política, a la Fórmula 1 y al mus. El hombre es demasiado macho en su machismo de traición, de ambición de poder y de este pecado que más que capital es pueblerino y que lleva por nombre envidia.
Pues bien, fue Begoña la que, con sus manos de márquetin, le borró de las mieses las pedradas producidas por el susanismo, el guerrismo, el bonismo y todos los ismos de un socialismo andrajoso ahora vuelto el andrajo en oro y tabaco, como los colores de los mejores toreros. Begoña ha sido la que ha convencido a Pedro de que era mejor embadurnar la ira española ya casi enfermiza tras la sentencia del caso Gürtel desde una postura amazónica y de tersura femenina más esa profesionalización roja de brío, inteligencia y calidad de los currículos que no con un cartel de torerillos entre nuevos y viejos socialistas adjuntando algún guiño a los que posibilitaron su moción de censura que se cayera de la plaza de las Ventas a las cuatro días por falta de mulas para recoger al animal asesinado.
Begoña ha sido la cama, el amor profundo, el bálsamo, la rubia cabellera sobre los ojos a veces llorosos de Pedro capaz de por lo menos dar la sensación de que a España ha llegado la Arcadia feliz, el festival del eterno femenino, la voz a ti debida, la construcción o el amor que ya se verá si tales sensaciones trinchan el puerco en medio del día definitivo y esperado de la matanza campestre, urbana, madrileña, española, europea y finalmente regenerativa de lo que hasta hoy suponíamos sólo era la España eterna y televisiva e insoportable puesta vilmente en imagen por un portavoz llamado Rafael Hernando, el día de la Bestia. Begoña es Eloísa y Pedro, el filósofo, poeta y Golia, el demoniaco Abelardo. Un amor eterno para un Estado chévere y chotis de verbena.