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MENÚ DE POBRE

Pegar la oreja a la Tierra

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 20 de junio de 2018, 19:58h

Lo que se pretendía una alfombra roja ordenada, seria, rigurosa, sin imprevistos, en lo que a la sucesión de Mariano Rajoy correspondía, se ha demostrado todo lo contrario, el reino del empujón y del imprevisto, de la zancadilla y la prisa, del viento en las suelas y la guadaña en la mano izquierda con tal de cortar la cabeza anterior o posterior en la fila cuanto antes. Casado es para muchos un niño muy tierno, en pantaloncito corto, jugando con el aro antes de que venga a recogerlo su mamá para hacer otro máster de tirachinas. Soraya y Cospe, ahí está el mejunje gordo, la primera habiéndose trabajado lo suyo el Partido y la segunda, con menos pico y pala, el Gobierno, ambos con mayúsculas y contrapuestos más que nunca. Hernández, Joserra, para otros sigue en su provincia, jamás ha estado en Madrid y, aunque el chico de pueblo es el que se espabila mientras que el de ciudad se adocena, él está esperando por sí mismo realmente: va todas las tardes a la estación de tren de Atocha a ver si llega de una vez del viaje a tantos kilómetros de distancia. El ciclón es Margallo, el tsunami es Margallo, la revolución es Margallo y explicaremos, mientras pedimos otro helado tierno de pistacho, sin galleta y en tartaleta de plástico, el por qué.

Me ha hecho mucha gracia, sí, que el señor García-Margallo, de un modo velado, tácito, de gran capitán, diga que todos son continuismos menos lo suyo. Tiene su coña marinera. Dice estar en una gran fiesta democrática similar a la del 77, donde lo oportuno es pegar la oreja a la tierra, saber lo que la calle pide, y aunque no cante Libertad sin ira, porque no toca, sí está dispuesto a tararear Habla, pueblo, habla. Sus explosiones me divierten: “Lo que no puede ocurrir es que una pregunta en sede parlamentaria tenga que pasar cuatro filtros. Hay que hablar a la gente de lo que necesita. De tú a tú”. Todo estupendo, todo maravilloso, pegar la oreja a la tierra y olvidarnos de protocolos. Yo, si estuviese ahí, le votaría, es siempre bueno para la tierra un político que cree en Europa y en el arco atlántico, pero solo hay un pequeño problema, sus cien años. Si la entrevista es muy de mañana los ojillos le lloran, el pelito blanco (poco) se le pone con forma de interrogante y dan ganas de ponerle un poco más de sopita junto al vasito de agua tibia. Si es por la tarde, se nos duerme Margallo, da un colorcito amarillo, es preciso llevar focos de estadio de fútbol y sombrillas para que coja carisma. Si es una hora intermedia, y no ponemos rótulo, el tono monocorde recuerda a sombras de sotana, a homilía sin final ni quiebro alguno, donde el propio orador tiende a dormir todo lo que no ha podido en las horas anteriores, a veces hasta el ronronear insólito y apagavelas.

No veo a nadie en todo el desfile que me seduzca y sigo con mi helado, haciendo tiempo, porque suele llegar al final, en toda alfombra roja que se precie, una señora de visón con un calvo al lado que resulta el alma de la fiesta. Llegar tarde –se decía mucho antes- es llegar primero: sales en todos los medios y algunos te sacan como estrella por eso de sacar la foto después de algunas cañas y no saber quién coño eres tú. Alguien está por venir, sin saberlo, y por eso conviene ir sacándole brillo a la guitarra para cantar lo de Margallo o poemas muy rojos, por Goytisolo y Paco Ibáñez, entre que nos definimos y no. Lo picante está en las zalamerías de amor y besuqueo Soraya/Cospe en el hemiciclo de las leonas traviesas y remiradas. Ahí está lo gordo. Antes se miraban y no se tocaban, pero ahora meten el morro, y se dicen cosas al oído, Cospe sentada y Soraya que pasa por allí, entre que los fotógrafos, en manada, se ponen morados con los flashes y los demás, el rebaño, la grey indefinida, ríe por primera vez hacia fuera, como si ya tuviera la oreja pegada donde hay que tenerla, que es en el runrún del periodismo y lo que allí cuece, si hay favorito en las gradas o comienza a siluetearse. No podemos alzar mucho el gallo –diría Galdós- porque igual todos se despedazan entre todos y la alfombra queda como queso gruyere para otra vuelta de los gallegos tranquilos (Feijoo, Mariano) desde las gloriosas tabernas de gallofa (Santa Pola o Lugo) de la más tierna infancia. ¿Quién será el primero en caer a tierra con las alas rotas? Margallo no, por favor, que tiene que cantar primero con la oreja pegada a la bota de vino, en plan Manolo Escobar, por España y sus rumbosas, resueltas, gloriosas castañuelas chirigoteras.

Diego Medrano

Escritor

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