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Yo soy mi propio buitre

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 28 de junio de 2018, 20:45h

Su Madrid fue una ciudad de pensiones, de coleccionar clavos que recogía por el suelo, de poco dinero en el bolsillo, de viajes a Cádiz para ver el mar y tomarse un café. Carlos Edmundo de Ory compartía pensión con Ignacio Aldecoa: cierta mañana entra Aldecoa en la habitación de Ory y se lo encuentra desnudo, boca arriba, posición de monstruo o sapo, lamiéndose las rodillas como si fueran pasteles. “¿Qué haces Carlos?”, le pregunta en la extrañeza o deriva del viento ajeno. “Las rodillas saben a sal. A la sal de mi Cádiz natal, que es entero mío”, contesta el fantasma. De vez en cuando ocurre el milagro, esporádicamente el relámpago blanco e imprevisto da lugar a toda una riqueza magnífica de metales pesados, por fin en español la primera y única hasta la fecha biografía pormenorizada, mágica y exhaustiva de Carlos Edmundo de Ory a cargo de otro poeta, José Manuel García Gil: Prender con keroseno el pasado Premio Antonio Dominguez Ortiz, Fundación José Manuel Lara). Lo dijo Ory: “Tengo gusto en presentarme en cueros”.

Raro, eléctrico, luminoso, bohemio hacia dentro, puro mundo interior: Ory murió en Francia sin ningún premio nacional reseñable, sin noticia en periódicos o telediarios, anónimo y salvaje, como había vivido siempre. Fue el Ginsberg español, junto con otro Carlos, Oroza, poetas de oralidad, dicción y de un camino o euforia fonética que solo ha seguido Pere Gimferrer, pese a que sabemos sus pistas clásicas: primero los sonidos, luego el ritmo, finalmente las palabras (fue la senda de Maiakovski, en su poética, a quien no leyó la más sabia acémila española). Ory fue raro, lector incansable de Novalis y Nerval, barroco en vena, torrencial y rotundo a lo Whitman por épocas, siempre en la locura hispanoamericana de Vallejo. Orgullo y marginalidad, fiesta permanente del lenguaje, dandy en la España de peluca y tomate, música de lobo sin más compañía que el fuego de los mecanoscritos por encima de lo vivido. Cela le tachó en el Café Gijón, sin despeinarse ni desabotonarse un solo ojal del chaleco, su primera novela, le afectó mucho y no escribió una línea de narrativa más, salvo su Diario, publicado en tres tomos por una diputación andaluza hace algunos años.

El postismo fue Ory, Chicharro y Sernesi: misión de sombra en el Madrid de la posguerra española, vanguardia de risa y pitillos fumados a pachas, riqueza de charcos y vagabundaje nocturno, vocación sublime de espectros y pulgas o garrapatas en el colchón hundido de tanto follar. Eugenio d´Ors apoyó a los tres jóvenes vampiros desde el primer momento. Escribir debía ser un destino y no cualquier meta, la vocación debía pedir aventura; rebeldía y extravagancia contendrían el aroma floral y menestral a eterna juventud. Merece la pena volver atrás para leer el ensayo de Gimferrer que no ha envejecido un ápice: Tres heterodoxos españoles: Juan Larrea, Leopoldo María Panero y Carlos Edmundo de Ory. Gloria Fuertes también sería postista: estaba llamado a ser el más potente de todos los movimientos literarios, el posterior a todos los “ismos” que en el mundo han sido, y tal vez lo logró, aunque lamentablemente de ello solo se enterase Jaume Pont en su libro insuperable y mágico El postismo: un movimiento estético-literario de vanguardia (1987). Muchos sufrieron la pasión por Ory, el virus para el que no existía vacuna ni duelo: Caballero Bonald, Roberto Bolaño, Francisco Bejarano, Benítez Reyes, Alberti, etc. Fue finalista un año al premio Cervantes, pero al no trepar en absoluto por la cucaña con la profesionalidad y maestría de otros, acabó la apuesta en nada. Ory, hipersensible y niño eterno, en permanente desarraigo interior: “He vivido siempre como un animal romántico sin conocer el sentimiento de patria, el sentimiento de familia ni el sentimiento de profesión”. Surrealista radical, sin merma alguna de ingenio, seguro de su vida literaria y no dispuesto, ni en el amor ni en la amistad, a hacer concesiones viles. El último animal romántico, por supuesto. Vida en el peligro, pese a lo frío de la pensión y los muertos sentados a la mesa del café, donde la deriva es siempre otra fiesta.

Sus sombreros, sus pañuelos o bastones, lo minucioso de sus despachos donde todos los folios están archivados y hay un mimo insuperable hacia lo que uno hace y no por fuerza ni inercia se contamina de los demás. Ory es un Baudelaire rotundo cuando, al sesgo, sin esforzase mucho, escribe debajo de alguna ruina sobre el escritorio: “Los años. Qué animales extraños”. Poeta de la vigilia a quien ésta dota de otra defensa frente a las ofensas despreciables de la vida: “Despierto siempre despierto”. Poeta del calambre, del arañazo y su electricidad. Juan Eduardo Zúñiga lo dijo de un modo travieso: “Un poeta que no se parece a nadie. Nadie se peina como él”. Al fondo de la habitación, en la penumbra húmeda y cruel, sin sitio para la cama y con todos los libros apuntándole a uno, Ory escribe: “Mi cuarto es el Cáucaso y yo soy mi propio buitre”.

El hallazgo imprevisto siempre es Ory talismán y motivo de más vida, como la piedra al caer en el centro del estanque, ondas y más ondas concéntricas, vocación expansiva y riqueza multiplicada. Al nacer su hija se presenta frente al espejo de modo inmaculado: “Mi hija es una hoja de nieve/ desde los pies a la cabeza/ En Delfos se me dijo por la Pitia/ que iba a ser mío un blondo bebé/ y no un cachorro como engendro oscuro/ Pues yo no soy ni perro ni elefante/ sino animal con alas y sueño/ animal que espera el mañana/ y lava el mundo con la luna/ que me cayó en la mano”. Ory, de cuerpo entero, por fin en español, con toda dignidad. Cuánto bienestar. Yo también soy mi propio buitre: lo de fuera, sea lo que sea, me es ajeno.

Diego Medrano

Escritor

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