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TRIBUNA

Sin cartas en la manga

jueves 19 de julio de 2018, 20:30h

Casi naturalmente aceptamos que un producto es bueno porque así lo afirman a través de campañas publicitarias quienes lo fabrican y venden; con la complicidad, por supuesto, de los bien remunerados medios que divulgan el mensaje entre la gente. En el orden individual, se considera menos el mérito de una trayectoria austera que la fama o la falsificación de la fama, que se sustenta en eso que llamamos promoción (y no está de más agregar que, por lo general, poco cuenta el prestigio ante la fama. Famoso puede ser cualquier botarate o hijo de buen vecino, en tanto que el prestigio es patrimonio del talento y la continuidad de muy pocos).

Nadie duda que la repetición de un nombre o la persistencia de una cara en televisión, le otorga popularidad a un individuo más allá de cualquier forma de seriedad y de sustancia conceptual. Todo está trastocado de tal modo que “da lo mismo un burro que un gran profesor”, como comparara sagazmente en su tango Cambalache el filósofo porteño Enrique Santos Discépolo. Por eso ya pocas cosas nos sorprenden y hemos aceptado resignadamente que hasta la Santa Iglesia Católica haya participado en las escandalosas manipulaciones financieras de la Pdue, que en su momento -deslizan algunos- hasta costó la vida de un Sumo Pontífice, que pretendió poner al descubierto las escabrosas sagas de corrupción cardenalicia. Esos deslices (llamémoslos con un piadoso eufemismo) hoy abarcan el mundo y muy pocos se asombran de tenerlos a la vuelta de la esquina. Y claro, si pasaron en la Iglesia… Con diferencias, pero con idéntico trasfondo, todo parece ser espejo, ceguera o ineptitud planteada por los desafíos de la crisis mundial que nos envuelve. Y acaso es de siempre; Quevedo comentó: Me dices que ves mal el mundo, te digo que ves el mundo.

Empecemos por los Estados Unidos, la primera potencia del planeta. Desde sus inicios como nación, los norteamericanos han sido un pueblo proyectado hacia el futuro. Cumbre del liberalismo económico. Toda su prodigiosa carrera histórica puede verse como una incesante marcha hacia una tierra prometida; fueron siempre el reino o la república democrática del porvenir. Un país que parece no estar hecho de tierra sino de esa sustancia menos etérea que inaprensible, llamada tiempo. Una vez tocado, o alcanzado el objetivo, ese futuro se disipa, para instalarse casi de inmediato un poco más allá. El actual caso extremo de Donald Trump, es una muestra de que la representatividad se establece sobre la base de una alternancia política de dos partidos, con el peso o la contundencia de sociedades anónimas, quizá menos políticas que financieras y militares.

En otro contexto, pasando al continente europeo, si nos atenemos a ciertos hechos puntales, podemos observar que las causas de los conflictos y cierta inmovilidad de estos días son múltiples, pero que las deformaciones nacionalistas son las que más entorpecen las propuestas de unidad. “El Brexit” (abreviatura de dos palabras en inglés, Britain: Gran Bretaña y exit: salida), que significa la salida del Reino Unido de la Unión Europea, han dañado una eficaz unidad de países que en el siglo pasado estuvieron en guerra). Un vistazo a esa situación revela que no es sencillo impulsar buenas ideas en el marco de tales agitaciones. No obstante, el tren no descarriló y sigue andando sobre sus vías.

Sin embargo, tanto o más compleja es la situación en estas orillas del Océano, donde el “populismo” se presenta más exultante que nunca; aún con un Maduro que sobrevive al borde del abismo, al que se unió con su correspondiente prepotencia el nicaragüense Daniel Ortega. En otro marco, Colombia, la Argentina y Chile han elegido gobiernos de centro derecha. Las clases medias urbanas caídas en el pesimismo, se volcaron a ese sistema. Aunque en caso de la Argentina pierden confianza en los políticos que votaron. Tampoco las seduce el regreso al populismo, pero hacen la inevitable comparación: antes había más oportunidades, no pesaban cruelmente las tarifas, se podía consumir. Más arriba en la escala, sectores de clase media alta ensayan una despedida del turismo barato, utilizando los pasajes internacionales que compraron en cuotas con un dólar a 20 pesos, que hoy casi alcanza los 30.

Dentro de ese arduo panorama queda en duda el fresco, muy reciente caso de México y su electo presidente Andrés Manuel López Obrador, que los diarios del mundo han definido con frivolidad como un triunfo de la “izquierda”, porque para los analistas políticos el populismo latinoamericano es de pura raíz izquierdista, sin las correspondientes variantes y sutilezas, y sin tener en cuenta que en el caso de López Obrador le sirvió la alianza con un partido evangélico de derecha; sin considerar, además, por qué un partido de izquierda y otro de derecha se unieron en su contra.

Tal desaguisado nos lleva a observar el contexto regional y a una lectura de lo que viene sucediendo y sucede todo el tiempo en nuestra América Latina. En realidad, México no “gira a la izquierda”, sino que regresa a la tradición populista, nacionalista y antiliberal del PRI, que ha dominado su historia durante más de sesenta años, y de la que nunca se pudo alejar. Lo que ha sucedido, en todo caso, es que el reformismo liberal-democrático recibió otra derrota y, quizá, muchos se equivoquen con López Obrador como ya lo hicieron en épocas no tan remotas con Fidel Castro, con Hugo Chávez y con los sandinistas.

Una lectura a vuelo de pájaro nos muestra que nuestra región, olvidando el mandato “Bolivariano de la Patria Grande”, nunca va ideológicamente unida en una misma dirección y cada vez se muestra más fragmentada, con un mito político que produce demasiada retórica y pocos hechos concretos. Ahora bien, ¿en qué se basa el mito? Según creo poder demostrarlo, en el pasado común de la conquista, que dejó un mismo mestizaje, una lengua y una religión común (esto es una cultura, para decirlo con una palabra abarcativa). Ese pasado es nuestro incompleto pasado hispano; y su corazón -mal que a muchos les pese- es “la cristiandad”, no tanto entendida como fe, sino precisamente como “hecho cultural”.

No es poco, claro. Aunque si escarbamos algo encontramos que el pasado que sirve de base al futuro -otra vez mal que nos pese- es “el populismo”; unido también a la fragilidad crónica del liberalismo continental, que rabia por despegarse o tomar distancia. Así se explica, también, la fascinación de que todavía goza el populismo latinoamericano en España y en esa parte de Italia que durante tanto tiempo fue España; el delgado hilo que une el Peronismo, Podemos y otros movimientos es la muestra del botón.

Vemos entonces que desde Perón hasta Maduro o Evo Morales, pasando por Castro y Chávez, todos utilizan un casi idéntico relato donde la palabra “pueblo” refleja la tradición confesional y autoritaria de la “Contrarreforma”, que viene de la conquista. Por lo tanto, el populismo no es, en el mundo hispano y latino nada “progresista”; ya que la tradición secular y liberal, sin duda lo es mucho más.

Si nos extendemos, encontramos que toda la enumeración de los errores de la política contemporánea parece desembocar en esa salvedad. Cada conflicto, además, está magnificado por los medios de comunicación; también por las pasiones nacionalistas, que revelan viejos vicios ancestrales y fallas inherentes a las democracias con una debilidad intrínseca. Es verdad que el mundo, manejado por líderes mediocres, viene sufriendo grandes descalabros. Son batallas perdidas ante la decadencia. Los poderíos hegemónicos de los Estados Unidos, Rusia y China, menos en lo ideológico que en lo económico, condicionan la supervivencia del resto de los países de América Latina, y en parte también la de todos los países.

Cada resurgir debería empezar por la unidad de los pueblos. Europa lo hizo y dio el ejemplo. Esperemos que persista y sobreviva al embate de la confrontación general de las potencias, y a ciertos pintorescos nacionalismos como el catalán. Por estos lares se improvisó un Mercosur que aún está en veremos.

El filósofo Emanuel Kant esperaba la llegada de un Newton de la política y de la historia. “Se trata de descubrir en la aparente azarosidad y contingencia de las acciones de los hombres a lo largo del tiempo un hilo conductor, una finalidad, un camino…”, reclamaba esperanzado. Melancólicamente debemos aceptar que ese Newton no ha nacido aún y acaso es imposible que aparezca alguna vez sobre la faz de la tierra. Las decepciones de la política y de la historia siempre han sido dolorosas; por supuesto más dolorosas que las de la ciencia. Ante tales perspectivas, muchos hombres de acción se refugian en el escepticismo; otros buscan la fe o los remotos cultos del Oriente, un resignado substituto de las ilusiones perdidas.

Acaso el renacimiento de un riguroso espíritu crítico pueda ofrecernos un poco de luz en la abrumante oscuridad de nuestra historia presente.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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