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MENÚ DE POBRE

Baila pero no duermas con tu enemigo

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 24 de julio de 2018, 19:46h

El tajo, seco y rápido, cercena la cabeza o el órgano tumefacto. Un ensayo ahora, de cien páginas o por ahí, escrito a portátil rápido lleno de arena y algo de ron, podría hacerse sobre la unidad. Hace años lo decía Rosa Regás: “La transgresión no tiene retorno; cruzas la línea y no es posible volver”. Hay otra transgresión sin retorno en la rebeldía, en la disidencia, en el otro canto que es afluente y no lleva la dirección del río principal. Todos nuestros partidos tienen bicefalia y el tajo, tantas veces visible u obvio, no consigue los efectos esperados. PSOE (pedristas y susanistas), PODEMOS (errejonistas y pablistas), PP (casadistas y sorayistas), IU (garzonistas y llamazaristas), etc. Algunos bailan pero lo más ingenuos hasta duermen con su enemigo, y he ahí el principio del transfuguismo. No puedo medrar en mi partido, mi partido toca techo o desaparece, y me paso a otro con mejores augurios, posibilidades de futuro y cuenta corriente. ¿Cuándo Toni Cantó nos hará una tesis doctoral sobre el tema? ¿Cuándo antiguos militantes del PP, hoy en CIUDADANOS, nos cantarán una ranchera sobre tales vientos? ¿Cuándo viejos socialistas de siempre, hoy en PODEMOS, nos marcarán las huellas de esa huida privilegiada de las lentejas nuevas y el corazón en un puño cerrado? La travesía del desierto, tipo Sánchez Dragó, del maoísmo a la derechona, es muy antigua y aburrida. Esto es más nuevo, porque es nadar en la misma agua pero en distintos mares, mucho más interesante, no hay cambio de ideología y sí de frecuencia modulada. Vizcaíno Casas hizo una arenga vieja sobre los viajes a lo Dragó aunque al revés (De camisa vieja a chaqueta nueva: crónica de una evolución ideológica) pero Sebastián Moreno lo hizo mucho más reciente y bien (Camaleones, desmemoriados y conversos: virtuosos de los cambios de ideas y de chaqueta en la izquierda española) que, como todas las joyas buenas, acaban enterradas en la España hiperpublicada y megaeditada, sin lectores y todos apretando botones en las pantallitas como zombies, ajenos a la ilustración de la buena página dorada.

A la unidad canta Marx (“¡Proletarios de todos los países, uníos!”), canta María Zambrano (“El que obtiene la unidad, lo obtiene todo!”), canta Simón Bolívar (“¡Unión o la anarquía os devorará!”) y hasta San Agustín (“La religión une a los hombres en Dios”), Vicente Ferrer (“La acción une a los hombres mientras las ideologías suelen separarlos”) o Ratinzger (“La síntesis entre catolicidad y unidad es una sinfonía, no es uniformidad”). El eslabón, dentro de la amistad, a veces se rompe, y no es posible la continuidad. ¿Bailamos o dormimos con nuestro enemigo? Los segundos se entregan, hasta que les ponen la cruz encima y la caja de pino debajo; los primeros disimulan a ratos, pero mantienen otra vida fuera del hogar común. La integración absoluta, una vez separados en la discordia, es quizás la quimera más literaria de todas las posibles. Tal vez la política, en panorámica, sin siglas, solo se componga de dos bandos: aliados y rivales. Puede alguien de otro partido (lo vimos con el expresidente Zapatero y Soraya Sáenz de Santamaría) ser tu aliado pero el peligro siempre está en el rival. John Adams crecía en poner a raya al rival: “La esencia de un gobierno libre consiste en poner un freno eficaz a todas las rivalidades”. James Matthew Barrie creía en una honestidad rival, por decirlo de algún modo: “Jamás atribuyas a un rival actos más ruines que los tuyos”. Rafael Nadal, raqueta en mano, no distinguía entre los mismos: “Mi peor rival es el próximo”. A Soraya Sáenz de Santamaría –como ha denunciado Raúl del Pozo- se le atribuyeron actos más ruines que a los propios, sin hacer caso a Matthew Barrie, “porque tenía el poder de la calle”. El camino es arduo e interminable, ya digo, porque el rival es más fácil que caiga en converso de otro equipo a que se integre muy formalito él y palmero de todo cuanto se le ponga por delante y de primer plato.

Las animadversiones veladas siguen aquí, más adentro en la espesura, ojos entre ojos a lo largo de un mar infinito de sombras. En público abrazos y comparsas, en el régimen de los grupos de “whatsapps” privados y entre afines, puñaladas y confesiones. Los peores, cautos pero no indecisos. ¿Qué hacer cuando los enemigos están dentro? La cirugía es el fracaso de la medicina, todos los sabemos: se corta, se amputa, se taja el miembro enfermo que puede contagiar al resto. La política, ese arte frío del cuchillo siempre entre los dientes, nos traerá nuevas sorpresas por estos parajes antes mencionados. Para muchos es lo nauseabundo, lo sucio y pestilente del propio arte; para otros, una juguetería de las rosas y sus espinas, otra manera de ser joven en las picardías, maldades y pellizcos de monjas o adolescentes. ¿Lo mejor? No ponerse a tiro. Bailar, sí, pero no dormir.

Diego Medrano

Escritor

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