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MENÚ DE POBRE

Galopa, sin jinete ni montura, el jaco

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 07 de agosto de 2018, 20:03h

Ellos, con chaleco de pluma de oca repleto de tesoros en bolsillos interiores, mientras sudan la gorda, venden paquetitos de jamón Navidul a los jubilados. Ellas, con un bikini bajo sus camisolas holgadas como manteles de mesa camilla, aprietan y apresan en el mismo toda clase de latas grandes, albóndigas y callos, junto a alguna botella de champán o güisqui y chocolate del bueno, caro, que eso siempre tiene salida. Galopa, sin jinete ni montura, con los ojos inyectados en sangre, perdido pero siempre el mismo, el caballo, el potro, el burro, el jaco, el trote, el bacalao, la nieve, el polvo, la hero, la grifa, la canela fina. Las callejuelas de los barrios castizos vuelven a ser pegajosas, los dientes desaparecen de las bocas como por arte de magia, las miradas perdidas dan cuenta del buco. El yonqui, el pinchota, el heroinómano, el picota, vuelve a estar junto a la farola y bosteza fuego.

¿Trota la bestia solo por abajo? No, señores, las capas privilegiadas también tienen su jeringuilla junto al cadáver. Tom Petty, Philip Seymour Hoffman, Prince, Carrie Fisher. Lo contaba Melissa Burns en un artículo a principios de año: “Cada día más famosos, conocidos en todo el mundo e incluso ídolos para muchos, se están convirtiendo en víctimas de la adicción a los opiáceos. Aunque muchas de ellas son drogas prescritas por un profesional, también la heroína, la droga más adictiva del mundo, entraría en este grupo de opiáceos. En la última década, hemos perdido a grandes estrellas debido a los medicamentos que habían ingerido como nunca antes había sucedido”. Por arriba, el monstruo llega en forma de depresión y aliado con las anfetaminas o la cocaína (el clásico “speed ball”: cocaína y heroína) pero por abajo es la desesperación, el fin de todos los subsidios sociales, el no haber trabajo, la puta calle, la falta de ramas a las que agarrarse en la caída por el precipicio. Gente guapa, sí, hace unos meses Demi Lovato (25 años) hospitalizada en Los Ángeles por sobredosis de heroína.

Los clásicos piensan que el caballo no vuelve porque nunca se fue. Una novedad que no había en los 70: gente preparada, titulada con dos y tres carreras, ante la estafa del presente, sacan la jeringuilla por la broca del pozo para saludar. Vuelven las venas de acero para el maltrato, la delgadez extrema, títeres al sol negro de la adicción, narices metálicas para el chino (heroína fumada) que con el tiempo da lugar al cinturón bien amarrado y al pico (heroína inyectada) que entra en el organismo con la furia de un dragón. Cebrián, contábamos ayer, decía que el periodismo está zombi pero la calle enseña a otros muchos peores. Las cundas de la calle Embajadores, coches destartalados en busca de la dama blanca, van a Villaverde alto, Parla, Getafe… 35.000 estadounidenses fallecieron el año pasado, en la era Trump, por el consumo de heroína y ello les ha llevado ya a un plan de emergencia nacional. Desde las cúpulas del sistema americano, el director de la Oficina de Política Nacional para el Control de Drogas, Gil Kerlikowske, lo ha explicado del modo siguiente: “El auge del consumo de esta droga es un reemplazo de los analgésicos con receta como el IxyContin o Vicodin, que cuestan unos 140 dólares en Estados Unidos mientras que una dosis de heroína se puede conseguir en las calles por 10”. El repunte silencioso, la vuelta del bicho, todavía no aparece en todas las encuestas, me explica un tesinando de los de Navidul en la plaza Tirso de Molina: “La heroína ya no viene solo de Afganistán, como pasaba antes, sino también de Marruecos, por eso es más barata que nunca. La primera, con la que se financian los talibanes, sale por Pakistán e Irán, llega hasta Turquía, puerta de entrada a Europa, viaja a Holanda, y desde allí llega a España, por Navarra y Cataluña, donde se vende a quince euros el gramo. La nueva ruta africana, es la latinoamericana, desde Bolivia y Colombia, en barco hasta Cabo Verde, de ahí al Sáhara, sube en caravanas al norte de Marruecos y a la cordillera rifeña de Alhucemas, sigue en motos de agua y barcas con motor vía Melilla hasta Málaga. Es la más barata, la de peor calidad, el gramo se encuentra a menos de tres euros en Carabanchel y Villaverde (Madrid) y se suele vender a 8 euros”.

El Raval (Barcelona) está repleto de narcopisos: 60 contabilizados. Las buenas familias, la chusma, los intelectuales, punkis de piercings y tatuajes, todos vuelven a pasar por el mostrador. La Cañada Real (Madrid) está considerado el mayor mercado de drogas en Europa. Las ganancias son 24.000 millones de euros en todo el mundo cada año. El 76 % de los consumidores de alto riesgo se concentran en cinco países, según la Unión Europea, y España se sitúa en segundo lugar, detrás de Alemania y por delante de Francia, Italia y Reino Unido. El Observatorio Europeo sobre Drogas dice que mueren cada día en tal territorio 23 personas por heroína. La adicción anda suelta, vuelven los playeros sucios, los vaqueros rotos, los cuerpos maquillados a hachazos, las sonrisas diabólicas, ese grito en mitad de la noche que corta el aire de la calle y hace a los perros meterse debajo de los coches y a las farolas doblarse. Los vampiros están aquí porque nunca se fueron. Todo serán más cicatrices, más postillas, algún ojo suelto junto a la alcantarilla todavía dando vueltas sobre sí como la peor peonza de madera.

Diego Medrano

Escritor

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