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TRIBUNA

Manifiesto de la nueva generación cínica

lunes 20 de agosto de 2018, 20:08h

Decíamos el otro día que existe hoy por hoy una nueva manifestación crítica y mordaz que está viniendo a denominarse la nueva generación cínica. Dábamos como aperitivo hace una semana unos apuntes sobre dicha actitud y sus consecuentes derivaciones en relación a lo que se propone y dispone. Quien hubiere leído lo anteriormente escrito más o menos sabrá de lo que estamos tratando. Para reactivar este modelo que queda abierto para todo aquel que quiere integrarse en él o por el contrario denostarlo o mucho más allá tomarlo como ridículo o fuera de lugar que lo diga ahora o que calle para siempre.

Apuntábamos, por resumir cómodamente, que en estos tiempos en donde ya semeja imposible escapar de la nomenclatura o de la singladura de este electro-shock que es la compleja alienación del mundo global en sus vertientes políticas, económicas, sociales, culturales se hace inevitable una expendeduría de kilógramos o de radios de luz que cotejen un singular espacio en donde cualquiera de nosotros pueda moverse desde su afán de por lo menos intentar situarse como algo a tener en cuenta.

Hablábamos en la anterior ciudad de este manifiesto que casi se hace inevitable hacer uso de la mordacidad, de la burla, del alejamiento del estoicismo como autocomplacencia, para abordar la crítica budista de las distintas problemáticas desde la jactancia o la puesta en práctica de esas características que nos vienen de la antigüedad y que tienen que ver con el cinismo. El cinismo, que nace en la doctrina socrática, pero que debe su primer aviso como sistema a Antístenes y en seguida a Diógenes de Sínope, no permanece ni se cierra en la polis ateniense, sino que se alarga en la expansión del tiempo hasta llegar a nuestros días. Gente como Rabelais, Shakespeare, Chaucer, Marc Twain, Swift y tantos otros adoptaron este medio ambiente como plataforma a la hora de ejercer sus foros de libertad y de cruelísima actividad contra todo orden establecido que creara en sí mismo un muro de contención en el que se produjera tras él las más terribles formas de convivencia entre el hombre y el poder.

La generación cínica se dirige contra todo poder amparado en la autoridad y en la rigidez de las normas, en la imposición y sobre todo ante la amputación como pene inservible de la libertad. La libertad, dijo José Martí, cuesta muy cara y es necesario o resignarse a vivir sin ella o comprarla a su precio. La generación cínica posee ese precio incalculable con que hacendar lo libre y lo personal hasta reconvertirlo en nuestras propias posesiones. Si uno no posee su propia libertad más vale que se arroje al fondo de los volcanes, como hizo Lucrecio. Thomas Paine comentó que quienes esperan cosechar las bondades de la libertad deben soportar la fatiga de defenderla. Es esta fatiga la que nos corresponde a nosotros mecanografiar con toda la ira que nos sea posible hasta refundirla en algo verdadero y ya definitivo. Un hombre no es tal si antes no ha sabido entender lo que es él mismo frente a todo lo que le rodea. No podemos vivir a expensas de admitir lo que alguien, algunos, algo procesan nuestras circunstancias sin contar con nosotros. No dejaré aquí impresa la famosa cita de Ortega, pero Ortega tenía razón: desgraciadamente tenemos que convivir entre nosotros y este nosotros se puede hacer insoportable si no existe una nacionalización de lo humano demasiado humano que pervive dentro de cada sí. La humanidad ha perdido todo orden de regeneración. Por ello se hace imprescindible empezar desde los inicios. ¿Cuáles fueron esos inicios? Intentemos aclararlos:

El hombre rechazó toda idea de divinidad –propongamos a Tales de Mileto como hacedor de esa primera negación a la hora de hablar del agua como origen de la vida- con la intención de relatar un humanismo más próximo a la verdad como tal que no al nervosismo de lo etéreo como oftalmología de todo lo visible, audible, tocable, hecho en su completud. Esa idea de divinidad como ocurrencia a la hora de sostener todo lo nacido, expandido y muerto retorna a imponerse en estos tiempos de nuevos planes de manipulación hasta llegar a un punto insostenible. Las élites que nos gobiernan no nos dejan sostenernos por nosotros mismos, sino que nos atan a las crueles cuerdas como títeres dentro del pentagrama del nuevo orden mundial.

Por tanto, la nueva generación cínica que –desde lo previsto aquí en España- como decimos permanece abierta a quien quiera formar parte de ella, expone:

1.- Que se acabaron las medias tintas, la performance de los medios de comunicación, sobre todo en lo referente a la televisión y a los salvapatrias que aparecen en ella a sueldo para ejercer como voces perrunos y con bragas de charcuteras e imponer como régimen de autoridad la opinión, las noticias sesgadas, los partidismos, etc. El cinismo se aleja de estos politólogos que funcionan como Sindicato del Crimen –cosa que nos recuerda a otros tiempos- que manifiestan cual voceros sin bozal lo que es verdad de lo que no lo es cuando desde el cinismo todos sabemos que toda verdad no existe, sino sus matices, sus reinos de taifas, sus patologías pseudofilosóficas. Por tanto, desde el cinismo entendemos que no hemos de hacer caso cuando oímos o leemos términos tan fuera de la actual corriente de sensatez y de conciliación como “golpe de Estado”, “separación de los tres poderes”, “partidos políticos que apoyan al terrorismo”, “patria o muerte”, “políticos presos” cuando hasta internacionalmente se está diciendo que en este país lo que hay –lo cual es vergonzante- verdaderos “presos políticos” o toda esta serie de gilipolleces que los más incautos –tras beberse dos cazallas- se atreven a decir o a escribir. El cinismo quiere dejar fuera de todo ámbito la insensatez, las voces calientes, el adiestramiento, el chantaje económico a cambio de una postura política o intelectual y toda esta ristra de ajos que todos bien conocemos.

2.- Que se acabaron los extremos y los extremismos, que ya no soportamos más esta rehollada política nacional en que, cuando las cosas parecen haberse calmado algo, sobreabunda –lo cual no es nuevo- esa oposición que más que oposición es baraja de taberna mal encarada que continúa pensando que la ciudadanía es fregable, arrastrable, piezas de dominó con que ganar siempre la siesta del bar de la tarde. Hasta el hartazgo estamos de esta pugna por la pugna misma, de este enfrentamiento por el mero acto de los gladiadores cansinos, de este ir a la contra cuando se ve a todas luces que los que opositan dicen por decir, pero en ningún momento acuerdan el hablar con el hablar desde el consenso y desde la construcción nacional que a la ciudadanía tanto nos afecta. Los políticos españoles –cuando semeja que el mar algo está en calma- sacan sus rayos y tormentas para volver hacer volcar la nave de la política que no es otra cosa que la nave de los locos. Esta locura de la política debe combatirse desde la nueva generación cínica siempre desde el apoliticismo o, mejor dicho, desde el apartidismo, esto es, sin ningún tipo de vinculación de voto o de gestión del mismo en favor de algo, alguien o el locus amoenus. El mal político, aquel al que se le note demasiado el decir por decir, el viajar en AVE por viajar, el recorrerse todos los medios de comunicación con tal de joder la marrana, jodido saldrá desde nuestra actitud cínica, la cual debe utilizarse para escaldar los anos de todos aquellos que van de bocazas, de registradores de la posverdad o de la misma mentira así a palo seco.

3- La nueva generación cínica, finalmente, siempre aportará taquígrafos y luz desde el consumo de opinión bien a través de los medios tradicionales bien a través de las nuevas tecnologías pero nunca desde el exabrupto o la cita de Twitter grosera y pichafloja. El cínico debe considerarse de cuerpo entero y dictar sus verdades –que seguramente no serán compartidas por otros- con datos y consumo de comediografía, pues no hay nada más potente para destronar al enemigo que una certera metáfora lujosa y sarcástica en medio de la nuca. Siempre el cínico se defenderá desde el estilo y la precisión del debate opinable. Jamás lo dará todo por bueno, sino que dejará las ventanas abiertas para que el calenturiento debate político, social, económico, cultural de este país se enfríe o por lo menos tome la fresca en los atardeceres gloriosos de esta nueva regeneración filosófica, intelectual, literaria, lírica que nace hoy como generación pero que mañana mismo puede periclitar por falta de apoyos.

El cínico es aquel o aquella que lee la libertad sin miedo ser operado de cirrosis o de fimosis –que es lo mismo-.

El cínico es aquel o aquella que ante la gran verborrea nacional ofrece una solución con una frase corta o un bocata a lo Jorge Luis Forges.

El cínico es aquel o aquella que sabe que desde el cinismo se puede destapar todo delito de corrupción, basta con dejar al perro suelto fuera del jardín de la casa privada.

El cínico es aquel o aquella que contesta con una pregunta ante una pregunta y que nunca da respuestas, sino que obliga al que pregunta que él mismo sea el encargado de responderse –que para eso es mayor de edad-.

El cínico es aquel o aquella que nunca levanta la voz, en todo caso el carnívoro cuchillo –pero siempre de mentirijillas-.

El cínico es aquel o aquella que es capaz de derrocar a todo un Estado con una representación teatral. No sería la primera vez que esto ocurre en este país.

El cínico es aquel o aquella que ha estudiado y se ha creado una amplia sabiduría en el fabuloso Libro Gordo de Petete –última edición, 2018-.

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