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TRIBUNA

Crónica de una amistad

miércoles 05 de septiembre de 2018, 20:11h

Si yo escribiera, después de los doce años de agonía ética que sufrió la Argentina durante el gobierno kirchnerista, que ahora vivimos una epopeya, causaría la risa de muchos y alguien me haría notar, certeramente, que las epopeyas ocurren en la aurora de los pueblos, no en su crepúsculo, y que mal puede competir el ingeniero Mauricio Macri, simple contemporáneo nuestro y actual presidente (apenas demoledor de la demolida Cristina Fernández, su antecesora), con el prócer Domingo Faustino Sarmiento, por ejemplo. Quizá ese mismo alguien me asestaría los nombres monumentales de otros próceres argentinos de incorruptible moral, como Manuel Belgrano, José de San Martín o Mariano Moreno. Pero anclemos aquí. Ya estamos hartos de la cuasi grotesca realidad argentina y sus demasiadas generaciones de dirigentes corruptos, atravesada hoy por los “cuadernos gate”, los compulsivos aumentos del dólar, el melancólico apoyo del Fondo Monetario Internacional y, como si esto fuera poco, los descalabros de nuestro mundo moderno que nos acosan desde los medios de información a tiempo completo. A veces produce náuseas una realidad tan mediocre.

Prefiero, por consiguiente, tomar un camino más grato, no menos atractivo que conmovedor. Dedicaré estos párrafos a la historia de una amistad, cuyos protagonistas fueron un español y un argentino. Empezaré por contarles que el español era oriundo de Orihuela, esa ciudad o pueblo grande de la provincia de Alicante, en la comarca de la Vega Baja. El argentino era de Buenos Aires, de un barrio de la extendida capital sudamericana. Se llevaban muy pocos años de diferencia. Miguel Hernández y Raúl González Tuñón, que de ellos se trata, se conocieron en 1935, en un agasajo al pintor de la “Escuela de Vallecas”, Hernando Viñes, en la Hostería Cervantes de Madrid. Eran los revulsivos años de la II República y Miguel Hernández estaba integrado al grupo de artistas que frecuentaban el subsuelo del Palacio de Correos, en el Paseo de La Castellana y Cibeles, donde funcionaba una cervecería a la que concurría la flor y nata de los poetas del ’27; entre lo que vale citar los ilustres nombres de Federico García Lorca, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Emilio Prados, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, León Felipe, Luis Cernuda, y a los que se agregaba cada tanto, cuando su actividad diplomática se lo permitía, el chileno Pablo Neruda.

Ese grupo bullicioso e iconoclasta, no demoró en incorporar a Raúl González Tuñón (bien argentino y porteño, pero con antepasados ibéricos, pues era hijo de inmigrantes asturianos y nieto de un minero socialista, también de Asturias), que había llegado a España como corresponsal de un diario de su ciudad.

Ya González Tuñón había escrito, en 1934, conmocionado por la represión a los mineros asturianos en huelga, unos poemas que incorporará a su libro La Rosa Blindada, publicado en su regreso a Buenos Aires, hacia 1936, en cuyo prólogo a la segunda edición vuelca los recuerdos de ese “inolvidable año de 1935”. Demás está decir que a González Tuñón y a Hernández los unirá el mismo ideario político en defensa de la República y en rechazo del fascismo, ambos se integrarán al Partido Comunista, a cuya estrategia política responderán durante los años de la Guerra Civil y ambos sellarán su compromiso con una literatura de inspiración política, que intentaba resolver el dilema arte-sociedad. A esta colección de exaltaciones épicas y heroicas, dedicadas a la Revolución de Asturias corresponden entre otros poemas: “La libertaria”, “El pequeño cementerio fusilado” y “La muerte acompañada”.

El libro, de marcada ideología comunista, González Tuñón se lo dedica a Miguel Hernández al que propone:

No cantes ni cante jondo

ni copla de romancero

canta La Internacional

que es canto de nuestro tiempo…

Ambos, idealistas y luchadores de causas sociales, estaban unidos por un mismo amor a la poesía y el arte. Miguel, católico militante por esos días, era el asombrado testigo de las discusiones de Raúl González Tuñón con Pablo Neruda, quien en su revista Caballo verde para la poesía había publicado sus versos, a pesar de que el chileno sonreía con cierta sorna ante el tono de su lírica, “demasiado sentimental para mi gusto”, según me confesó en una conversación que tuvimos en su casa de Valparaíso. También el joven poeta de Orihuela estuvo entre el público que acudió en setiembre de 1935 a El Ateneo de Madrid, al recital organizado por León Felipe, donde Raúl González Tuñón leyó sus conmovedores poemas inspirados en la insurrección minera de Asturias.

De esos días de discusiones fervorosas, en los que Miguel sufre una crisis ideológica que lo lleva casi renegar del catolicismo, recordaba Raúl: “Ese querido amigo y camarada, precoz autor de dramáticos sonetos de técnica perfecta, de brillante retórica, que a su llegada de Orihuela habíase vinculado al grupo católico de Cruz y Raya, comprendió definitivamente aquella noche, en el Ateneo, donde yo recité mis versos, por qué la poesía deviene en un arma... Y cuando en 1937 volví a España, lo encontré convertido en comisario político de una brigada. En ese encuentro nos leyó varios de sus poemas, también distintos, de Viento del Pueblo. Por ese entonces Miguel nos escuchaba atentamente cuando discutíamos con nuestros amigos en “La casa de las flores”, de Pablo Neruda, o en la Cervecería del Correo, acerca de la doble función de la poesía en épocas de ruptura, de transición, en épocas revolucionarias. Un día el admirado Miguel se puso resueltamente de nuestra parte. Ya que él sabía, como buen humanista y poeta, que estábamos en medio de la tempestad”.

Estos reveladores recuerdos del poeta argentino sobre el poeta español, escritos muchos años después de la muerte de Miguel Hernández, nos da pie para confirmar la influencia que uno ejerció sobre el otro, en una toma de posición estética y política con respecto al arte, al que el argentino concebía siempre, como revolucionario y, por ende, humanista.

Cuando en diciembre de 1935, Raúl emprende su regreso a la Argentina, con la misión de fundar en Buenos Aires la Sección Hispanoamericana de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, en la despedida que se le brinda en la Taberna de Pascual, Miguel Hernández sorprende al amigo que parte, leyéndole un memorable soneto, cuya copia tengo enmarcada en mi oficina, obsequio de un argentino, devoto del poeta de Orihuela:

Raúl, si el cielo azul se constelara

sobre sus cinco cielos de raúles,

a la revolución sus cinco azules

como cinco banderas entregara.

Hombres como tú eres pido para

amontonar la muerte de gandules,

cuando tú como el rayo gesticules

y como el rayo des la cara.

Enarbolado estás como el martillo

enarbolado truenas y protestas

enarbolado te alzas a diario,

y a los obreros de metal sencillo

invitas a estampar en turbias testas

relámpagos de fuego sanguinario.

El conmovedor Miguel Hernández, ilustre hijo de Orihuela, muy joven aún, con apenas 31 años, fue víctima de ese desenfreno que vivió la Madre Patria entre 1936 y 1939, y el bueno de Raúl González Tuñón, convencido de sus ideales de justicia social, se apagó en su ciudad natal en 1974. Ambos siguen vivos en sus inmortales poemas.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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