Les diré que hace más de 40 años este que suscribe se quitó el reloj. Soy un tipo raro. La razón la desconozco y advierto que nada que ver tiene con el fallecimiento de Franco. Aunque pudiera ser, no digo que no, pero él falleció por exceso de tiempo y España siguió adelante, eso sí, en numerosos aspectos, y para muchos que ahora quieren hacer con sus restos un cambio de residencia, decir que un buen número de estos encopetados ha vivido a costa de su legado. Y a día de hoy otros siguen sacando rédito gracias al susodicho finado. Pero no es esa la cuestión. Con reloj o sin él debo decir que en todo este tiempo no he llegado tarde a cita alguna. Ya sé que no es meritorio, pero uno desarrolla el plácet de decirlo y ahí queda.
La cosa viene porque el señor Sánchez, don Pedro, usufructuario irregular de la Moncloa, al parecer piensa crear un “grupo de expertos” para analizar el cambio de hora en España. Me voy a ofrecer. Cuarenta años sin llevar encima reloj alguno dice mucho a mi favor. Para comenzar les diré que todo está en la mente y en el estómago. Hace muchos años, don José María Pemán, académico, mitad poeta, mitad monje, destapó su humor gaditano debajo de una sombrilla en medio de la playa de La Caleta. Vestido impecable en día de guardar, su ABC en una mano y en la otra un vistoso reloj de bolsillo, se limitó a dar la hora que le convenía, según le fueran preguntando los bañistas de turno. Por aquél entonces, salvo el anunciador reloj de la Torre de la Catedral, por lo general la gente bajaba a la playa con lo puesto y desprovista de información horaria. No existían los móviles, pero sí el hablar unos con los otros.
Si eran las 13,00 horas el bueno de Pemán, a quienes le preguntaban, les decía ser las 14,00 horas, cuando no las 12,00 del mediodía. Ni que decir tiene que la reacción de los interesados pasaba por irse a comer de inmediato o todo lo contrario. –¡¡Quillo!! Vámonos, que aún tengo que hacer la comida. ¡Hay que ver como se nos ha ido la mañana!-. Y es que lo de las horas es algo muy personal de cada cual.
Hay una hora para cada cosa y para cada persona. Sin ir más lejos tenemos a María Sarmiento. Quien se lo iba a decir a ella al salir al campo a dar culto a sus adentros para que luego se la llevara el viento. Era su hora. El muestrario de ejemplos es amplio “Qué sea una hora corta” como buen deseo al ajeno. Y qué decir cuando el de arriba pasa lista y toca a quien le toca “Le llegó su hora”, dicho por quienes quedan aquí abajo. “Ese tiene las horas contadas” Decir de quienes están seguros de un desenlace próximo. Hoy en día sin hora no eres nadie. Hacienda, Seguridad Social, renovar el DNI o ir al dentista. Por eso digo que la hora es algo muy personal, aunque luego está la que afecta a más de uno. Me refiero a la hora H en cualquiera de sus múltiples versiones. Una bomba atómica, viajar en el Titanic o estar en la vendimia francesa y que caiga sobre la campiña uno de esos meteoritos sin catalogar.
Al señor Sánchez, don Pedro, le diría que para este absurdo juego de la hora es preferible ser coherente; es decir, si lo que parece que nos vayamos a ahorrar entre cambiar o no cambiar el horario se lo van a llevar crudo el grupo de expertos de marras, mejor no tocar nada y que cada cual siga con el proceso tradicional como hasta ahora, o sea, moviendo la manilla grande hacia atrás o hacia adelante los 60 minutos reglamentarios. Total si al día siguiente vamos a continuar igual de despiertos que dormidos. A mí qué me importa la diferencia horaria existente entre Cascarejo de los Montes y la de Sri Lanka. Ya me dirán qué gano yo cada mañana con la kilométrica retención de vehículos en la M-30 de Madrid hasta el nudo de Manoteras pensando que en Bruselas tienen el mismo horario que el mío. A quién diablos le importa si cambiar o no cambiar la hora puede afectar al comportamiento social del cangrejo australiano. En qué hora, Dios mío, en qué hora habrán parido a tanto iluminado que lo único que saben es cobrar la hora del enchufismo a precio de oro. Para eso sí andan listos. Pues yo al menos, y por tantos problemas de primera necesidad como nos afligen, soy más partidario de implantar la hora del cambio que la de esa maniobra de cambiar la hora. Si es posible, a no tardar y como favor personal.