“Aquí tendrás una no política ni aun económica,
sino una razón de estado de ti mismo”.
Gracián, El héroe, 1637
Una marquesina municipal de Barcelona, una de esas para anuncios y planos de metro, amaneció este verano con un cartel pirata como guiño al Jefe del Estado. La composición presentaba una soga amarilla con el nudo del ahorcado sobre la siguiente cita en catalán: “Si vivimos, vivimos para pisar las cabezas de los reyes. Shakespeare”.
La frase corresponde a la Primera parte de Enrique IV (Acto V- Escena II). Y la jalea en el campamento de los rebeldes la recreación de Percy “Hotspur”, El Temerario, durante la secuencia en la que estos resuelven hacer la guerra contra el Rey a todo trance.
Me pregunto qué traducción catalana de este drama histórico, estrenado en 1598, habrán consultado los anónimos autores del cartelillo. ¿La de Sandaran Bacaria, de 1907? ¿La de Salvador Oliva, de 1985? Supongo que gente tan refinada, que sueña con pisar cabezas citando a Shakespeare, habrá buscado la más clásica. Me refiero a la que publicó en la Ciudad Condal el literato Josep Maria de Sagarra en 1947: Enric IV, Edicions Calíope; tomo de una serie clandestina para bibliófilo, reeditada parcialmente en Alpha a finales de los años 50.
Sagarra volvió a Barcelona en 1940 porque pudo huir de los anarquistas en 1936. Menos suerte tuvo su paisano y también catalanista Alfonso Par Tusquets, asesinado ese año por hordas semejantes. Filólogo experto en la recepción española de Shakespeare, del que fue biógrafo y traductor al catalán y al castellano, Par Tusquets no llegó a saborear el Enric IV de Sagarra. Aunque sí degustó a fondo la primera traducción española de esta obra. La que dio a imprenta José Somoza y Muñoz, el solitario de Gredos, en 1832. Rubricada por este en las cárceles de Fernando VII, en 1828, su pionera y libérrima versión siempre hizo las delicias Par:
“Somoza fue la primera voz que escuchamos sobre Shakespeare durante el período romántico. Este erudito caballero ostenta el mérito de haber ponderado a los españoles las cualidades cómicas de Shakespeare, desconocidas a la sazón en los pueblos latinos” (Shakespeare en la literatura española, Biblioteca Balmes, Barcelona 1935).
Tomo esta cita del estudio “José Somoza, traductor” (2006), firmado por la investigadora de la Universidad Pompeu Fabra Amparo Hurtado Díaz. Excelente aproximación al heterodoxo abulense de Piedrahíta. Cuya apropiación pícara y tabernaria del drama inglés, que tituló El perdonavidas o el capitán Juan Fastaff, coincide más con la interpretación tragicómica que le atribuye a esta pieza el crítico Harold Bloom, autorizado shakespeariólogo, que con el belicoso furor impreso en la citada marquesina. “Todavía nos sorprende hoy el rigor y la conciencia de profesional del traductor que fue José Somoza”, concluye Hurtado Díaz.
Sería interesante contrastar a fondo esta visión somoziana de Enrique IV, con la de otro enamorado de Ávila. Allí rodó su Falstaff o Campanadas a medianoche (1965) y se llamaba Orson Welles: "Si pudiera elegir un lugar donde vivir sería España y en concreto Ávila. El clima es horrible, muy cálido en verano, muy frío en invierno. Es un lugar extraño y trágico. No sé por qué siento algo muy especial", dijo una vez el cineasta.
Luego Welles falleció en California y sus cenizas todavía reposan en una finca malagueña del torero Antonio Ordóñez. En cuanto las otras versiones castellanas de Enrique IV, a parte de la de Antonio-Prometeo Moya (2003), muy accesible es la que hizo en Buenos Aires, en 1900, el escritor y político porteño Miguel Cané. Se lee bien. Y viene, como la de Somoza, con su prólogo y sus notas. Ahí nos informa Cané, por ejemplo, del tipo humano que representa Percy de las espuelas calientes (hot-spur); el impulsivo, exaltado y frenético Percy:
“Hotspur es el hombre de la naturaleza, el struggler primitivo; su alta cuna (…) apenas ha modificado en la superficie su ruda y brusca organización. No tiene sentidos para todo lo que es ornato del espíritu humano, ni la cultura significa nada para él. Encuentra más placer en oír ladrar a su perra favorita que en las más delicadas armonías (…) No cree más que en el deleite supremo de los grandes golpes, la sangre a raudales, el recio golpear de las armaduras, el bélico relinchar de los caballos de guerra, el clarín que anuncia la batalla. La combatividad, ensanchándose hasta atrofiar, aniquilar todas las otras facultades (…)
“Soberbia figura de guerrero como estatuario alguno concibió jamás”, Hostpur es el emblema de la mala “rauxa”. Un bucéfalo político. Lo que se dice un tarugo. Y para la Cataluña de hoy, antes que su lacónico patear de cabezas me quedo con la reflexión que le hace al rey Enrique el conde de Warwick en la Segunda parte de la obra (Acto III - Escena I):
“En la historia siempre encontramos algún acontecimiento que representa el estado de los tiempos extinguidos; observándolo, un hombre puede predecir, casi sin errar, los principales azares de las cosas, que aún no han venido a la vida y que, en su germen y débil comienzo, yacen atesorados. Esas cosas son el huevo y la progenie del porvenir”.
Un pensamiento más amueblado, este de Warwick. Más difícil de consignar en una marquesina publicitaria. Y es que no hay que confundir la llaneza de los clásicos. Como advertía Cané en su prólogo a Enrique IV: Los dramas históricos de Shakespeare, especialmente los que se refieren a los anales de Inglaterra, tienen forzosamente un número más reducido de lectores, por la preparación indispensable que exigen, que sus tragedias de mera fantasía o las comedias de imaginación.
Lectores a los que resultaría ocioso explicar por qué Shakespeare, en el Epílogo de su drama, se despide del respetable con la siguiente cortesía: “Doblo la rodilla ante vosotros, pero, a la verdad, para rogar por la reina”.