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Amelia Valcárcel: feroz en el laberinto sentimental

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 07 de septiembre de 2018, 20:22h

Antes Amelia Valcárcel (miembro del Consejo de Estado, Catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED, vicepresidenta del Real Patronato del Museo del Prado) era mucho más personaje y máscara: uñas vampiras, ojeras hasta los talones, puritos de los llamados señoritas, erudición que trituraba e intimidaba, pasión absoluta por la Ilustración francesa y dominio radioactivo de los Románticos del pensamiento (Nietzsche, Hegel, Schopenhauer). Siempre fue su escritura: desafío, reto, luz, indagación ajena a grupos (salvo el feminismo y la escuela de Valencia; Carmen Alborch, Celia Amorós, etc), humor y, algo decisivo, prospectiva (a la manera de Rousseau): textos que aspiraban a hacerse realidad, cobrar vida, quemar mundos e inaugurar otros donde vivir en libertad y apasionadamente fuese la norma.

El último libro de Amelia Valcárcel compila veinte años de trabajo, codo con codo con Carlos Castilla del Pino, psiquiatra y académico de la Española en su Seminario de Antropología de la Conducta: Ensayos sobre el bien y el mal (Saltadera). El libro es breve como un puñetazo, intenso como el mejor beso de amor y directo, con escasos meandros, muy al grano y no menos contemporáneo. Castilla del Pino desarrolló en sus libros (Teoría de los sentimientos, El delirio: un error necesario, La obscenidad, La envidia, La intimidad, etc) una curiosa teoría de la intimidad: “Las actuaciones humanas son representaciones de un yo. Unas las consideramos reales, porque tienen lugar ante y con el yo de los otros, es decir, en la interacción; otras son imaginarias, y las llamamos virtuales, porque el yo se imagina que hace con y ante otro (u otros) yo, también imaginado (otra forma, aunque imaginaria, fantástica de interacción). Las consideradas en una estimación superficial como reales no lo son en su integridad: el yo con el que interactuamos está ahí, como un cuerpo, aunque con quien nos relacionamos es con el yo que imaginamos, del cual ese cuerpo es solo el vehículo, el medio de su expresión (y/o verbal)”. El yo actor, el yo en interacciones empíricas e imaginarias, el yo que imagina y los yoes imaginados: lírico y perverso.

La cumbre misma de todo el camino de Castilla del Pino, manadero de un sinfín de prosas: “Si las actuaciones humanas son representaciones de un yo, se puede afirmar, más precisamente, que para cada actuación/representación se construye un yo. Dado que podemos llevar a cabo muy varias actuaciones todos poseemos múltiples yoes. Llamo sujeto al órgano que construye el yo para cada actuación, o recupera o restaura un yo, previamente construido, para usarlo, modificarlo, en la actuación de ahora”. Tremendo. Puro Karl Jaspers cuando habla de la experiencia (la vivencia) y la unidad del yo (Das Erlebnis der Einheit des Ich). Moraleja: el yo puede construirse, el sujeto vigila y controla el yo, el sujeto repara el yo en el curso de cada actuación y, si así lo precisa, lo transforma mientas actúa, de forma que se ajuste a la situación que se le ofrece y logre el máximo éxito posible para el sujeto. El yo, como instrumento del sujeto, elemento indispensable para cada actuación.

Amelia Valcárcel avisa en el prólogo al profano: “Este es un libro de ensayos sobre el bien y el mal. Sobre mentiras, tentaciones, obscenidades, envidia, violencia, postverdad e hipocresía. Por lo tanto sobre verdad, voluntad, libertad, decoro, generosidad, confianza y buen trato. Son indagaciones peculiares. Las cosas viles no pueden ser motivo de contemplación, avisaron los grandes griegos. Ya no estamos de acuerdo. La moral y la ética exigen hacerlo”. Valcárcel filosofa con el martillo, indaga en las categorías de las pasiones, esclarece y enciende razones, busca aquello que pretendía Nietzsche y por lo que empezó a enloquecer, una historia mínima del amor, la codicia, la envidia, la conciencia, la crueldad y la compasión. Historia del derecho frente a la historia de la penalidad.

Valcárcel no emplea la oscuridad a modo de coartada, no se confundan, su prosa es cristalina, su mensaje directo, su poética supera cualquier miedo o reserva: “Las pasiones difícilmente se ajustan a razón, pero no son irracionales; forman parte, por el contrario, de la trama misma de la racionalidad, y su expulsión no ha hecho otra cosa que engañarnos, a veces piadosa, a veces dolorosamente, sobre nosotros mismos. Las pasiones no deben ser despreciadas, sucede que operan sin mayores permisos. Hay que osar el estudio desapasionado de lo que la gente hace. Esa es una parte bastante significativa de los saberes vinculados a la moral. Y en ese hacer hay que poner orden en el sentido cognitivo. Ya Hobbes dejó dicho que no solo de la razón se vive. El sentimiento es dueño de nuestra libertad y solo a medias nuestro. El sentido moral es social. Y cambia con nosotros”.

Lean el libro en la amalgama Castilla del Pino/Amelia Valcárcel, cóctel demoledor. El yo en sus actuaciones supurante por una teoría de la acción, que al mismo tiempo sea teoría de la decisión. Todo apasionante. Lean, a título de despedida, lo escrito acerca de la obscenidad: “Lo obsceno es aquello que, teniendo plena razón de ser, debe llevarse a cabo privadamente. Esto quiere decir que la obscenidad, como la santidad, está vinculada a cierta dosis de secreto, de secreto pactado. Sin embargo, debe distinguirse claramente obscenidad de privacidad porque en muchos puntos confluyen. Por el momento, constatamos que no toda privacidad es obscena, aunque toda obscenidad es privada; es decir, lo obsceno es una aparición, una irrupción en la escena de lo público de cierto género de cosas privadas. Lo obsceno es lo que no debe ser público porque es la publicidad lo que lo convierte en obsceno”. Amelia Valcárcel también fue una aparición muchos años, igual de obscena: uñas salvajes, voz temblona, humo negro, pupilas al final del túnel, genialidad de oro para los atrevidos, martillo inclemente para indecisos, pusilánimes y otras aves de rapiña. ¡Corran a las santas librerías!

Diego Medrano

Escritor

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