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La revolución populista: Hitler antes de Hitler

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 20 de septiembre de 2018, 21:16h

Ultraeuropa y ultraderecha hacen imprescindible esta absoluta joya de Thomas Weber: De Adolf a Hitler. La construcción de un nazi (Taurus). Weber es profesor de Historia Europea e Internacional en la Universidad de Aberdeen y dirige el Centre for Global Segurity and Governance. Desde que se doctoró ha dado clases en Harvard, Princeton y distintas universidades de Pensilvania, Chicago y Glasgow. Tiene otros libros, más estudios, muchos artículos, pero un texto que formaría un precioso díptico con el presente: La primera guerra de Hitler (Taurus, 2012). El segundo libro, de alguna manera, lo deja claro en el prólogo, contradice al primero y ambos son objeto de muchos años de investigación, viajes por tres continentes y lectura y purga de otros análisis de firmas igual de lúcidas que la suya. Libro de libros.

De Adolf a Hitler se lee como una novela y no puede ser más coyuntural: “El nacionalsocialismo era el vástago de dos grandes políticas del siglo XIX. Su padre, el nacionalismo, era un movimiento de carácter emancipador, nacido durante la Ilustración, que aspiraba a transformar los estados dinásticos en estados nacionales, y a echar abajo todos los reinos e imperios durante el siglo y medio posterior a la Revolución francesa. Su madre, el socialismo, emergió cuando la industrialización se adueñó de Europa y generó una clase obrera empobrecida durante el proceso; alcanzó la mayoría de edad tras la gran crisis del liberalismo, desencadenada por el colapso de la Bolsa de Viena en 1873”.

Los primeros partidos nacionalsocialistas crecen a partir de la volatilidad económica de fines del XIX y coincide con imperios dinásticos multiétnicos en crisis. Sociedades mutiétnicas, repito, muy parecidas a las actuales, donde comienzan unos señores con altavoz bajo las siglas Partido Nacionalista Checo (1898) o Partido Obrero Alemán (1903). Matiza Weber sobre Adolf: “(…) no fue un hijo de la Primera Guerra Mundial pero sí alcanzó la pubertad durante ese conflicto, y creció públicamente cuando los socialistas de toda Europa se plantearon si debían apoyar o no las acciones bélicas de sus respectivos países, y cuando los políticos que se oponían al capitalismo y al internacionalismo rompieron con los partidos en los que militaban”.

Analiza Weber y nos va contando el Hitler antes de Hitler: raro, insignificante, voluble políticamente, hasta su transformación en el líder carismático, político intransigente, nacionalsocialista firme de convicciones extremistas. Un Hitler anterior a Múnich, capital de Baviera, donde se hace un nombre, todavía no radicalizado durante su adolescencia en la frontera entre Alemania y Austria ni en plena juventud en Viena. Hitler sería Hitler en la Primera Guerra Mundial, durante su participación en la misma, que convierte Alemania en una república. La explicación tradicional es que en el conflicto se hizo ya un líder pero Weber niega la mayor: “Volvió del frente con ideas políticas confusas. Cualesquiera que fueran sus opiniones sobre los judíos por aquel entonces, no las consideró lo suficientemente importantes como para expresarlas. No hay ningún indicio de tensiones entre Hitler y los soldados judíos de su regimiento”. Odiaba a la monarquía de los Habsburgo y soñaba con una Alemania unida pero oscilaba entre ideas colectivistas de izquierda y derecha. La fe máxima era en la nación como punto de partida y, a partir de ahí, odiaba todo capitalismo internacional, socialismo internacional, capitalismo internacional o imperios dinásticos multiétnicos.

En el Regimiento List (1914-1918) no se radicaliza políticamente, no le ensalzan los soldados de primera línea por su valentía ni hazañas, lo tratan con desdén por hallarse a varios kilómetros del frente. No veían sus superiores ningún talento en el anónimo muchachote: “Hitler era el prototipo de alguien hecho para obedecer, no para dar órdenes”. No visitaba bares y burdeles junto a sus compañeros, era solitario, y solo cinco años después, cuando escribe su primer libro Mi lucha, se convierte en héroe absoluto de la manada ardorosa. No fue la guerra, apunta Weber, sino el Múnich posrevolucionario donde absorbe las ideas de uso corriente en la Baviera de posguerra. La derrota alemana en la guerra sería, según Hitler, culpa de los judíos, y su encendida oratoria, la sustitución de Berlín por Múnich, su condición pangermanista (Alemania unida en contra de los regionalismos bávaro, católico y antiprusiano) le harían a todos los ojos ser quien fue.

Todo el texto de Weber es respuesta a una sola pregunta: “¿Cómo es posible que Hitler se transformara, en tan solo un año, en un consumado propagandita del incipiente partido nazi, y que muy poco después llegara a convertirse no solo en el jefe de ese partido sino también en un político hábil e intrigante?”. Pasen y lean. El libro, por momentos, parece hablar de hoy. Un tipo mediocre y vulgar, que llega confundido de una guerra, con cierta inclinación derechista radical pero imprecisa, hasta ser el mayor genocida de la historia. Una revolución de izquierdas, sí, al final de la guerra, que estalla a principios de noviembre, acaba con todas las monarquías alemanas y nos trae, en bandeja de plata, al mismo demonio.

Sus palabras asoladoras abren un túnel negro por el que se llega al presente: “Fuera como fuese, el caso es que decidí convertirme en político tras el estadillo de la revolución socialista”. Ese es el preámbulo de Mi lucha. Un año, en quinientas páginas, que hizo del soldado anónimo, niño rural en Austria, adolescente en Viena, joven en el frente occidental y, finalmente, civil en el Múnich bohemio de cervecerías y bandas de música, de callejuelas y ambiente artístico (el barrio de Schwabing como una suerte de Montmartre parisino) hasta convertirse en el mayor criminal de la Historia. Tremendo. ¿Y si todo vuelve a repetirse? No faltan las condiciones, señores, ni esas revoluciones inocuas (pura izquierda) que luego traen premio. Pasen y lean.

Diego Medrano

Escritor

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