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Fiesta nacional: ¿Quién tiene la bandera más grande?

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 12 de octubre de 2018, 19:42h

La fractura por la mitad del independentismo tiene su lado pragmático, inmediato, veloz como el hambre o las imperiosas ganas de mejora: Torra y Puigdemont no sirven, han tensado la cuerda hasta romperla, solo queda volver atrás, eliminarlos y emprender nueva ruta. La consigna se la pasan unos a otros, entre murmuraciones y delaciones, en el fragor acuoso de la ira y la traición fría. Torra pretendía un atajo (el ultimátum) y tanto ERC como PDeCAT lo ven como deslealtad, algo que quiso hacer sin contar con ellos, y el mayor obstáculo imaginable para conseguir el logro supremo, la secesión. Quiso ir por libre, no desveló sus cartas y eso no es jugar limpio.

ERC, PDeCAT y CUP rechazan órdagos, amenazas al Gobierno desde la Generalitat, un “separatismo de plazos” ya muy viejuno y que nada aportó en otras fechas, su camino es otro: el de la estrategia conjunta, no las medallas a las que aspira un héroe en solitario. La clave de la traición de Torra la ha explicado por lo menudo el portavoz de ERC en el Parlament: “Nosotros no prometemos humo, prometemos hechos. Menos gesticulaciones y menos atajos. Quien promete atajos es un ingenuo o nos está engañando”. Ahí está, en las palabras de Sergi Sabriá, el dardo en la diana, la madre absoluta del cordero sacrificial, el dedo suave del gatillo, el altavoz de todas las suspicacias. La desconfianza es siempre un virus, entra en el cuerpo y no sale, no existe el volver a fiarse después de su inoculación: Torra ha perdido toda confianza. La transgresión tampoco tiene retorno: se cruza la línea y no existe la vida como era antes de dar el paso, es una quimera, pura ilusión.

No quieren los independentistas política de pulso al Gobierno, además del segundo cabreo con Junts per Catalunya, quienes se niegan a sustituir a los diputados suspendidos por el Tribunal Supremo, lo que invalida de algún modo la sala, obliga a Roger Torrent a desobedecer si permite que Puigdemont no delegue sus funciones en otro parlamentario. A todo lo anterior y a toda velocidad, ahora quieren salvarse (Torra/Puigdemont), y optan por el segundo órdago, los presos políticos, ellos mismos, como mercancía de cambio para apoyar los presupuestos de Iglesias y Sánchez. Tremendo. Gabriel Rufián, el muchacho de las camisetas cansadas y la barba corta como navaja, lo dijo con temperatura de clásico en el ardor de sus prosas convulsas: “Los ultimátum los carga el diablo”.

¿Y los ausentes? Oriol Junqueras, mientras espera sentencia del Supremo, es nuevo objeto de murmuraciones: “Si le meten veinte años, ¿qué hacemos con Torra y Puigdemont? ¿Le seguimos poniendo champán frío en la mesa espléndida de la nada?”. Huy, la cosa se pone seria, cuando empieza a haber mártires y gente en el exilio del dinero prestado que vive de maravilla. Huy, Torra no es creíble y todavía amenaza a la CUP, que quiere pasarle por encima, pero elige morir matando: “Este pueblo ganará la independencia con ustedes o contra ustedes. Saltará la barrera hacia la república y hoy ustedes son la barrera”. ¿Y la barrera del pobre Oriol, eh, guapetón, a lo mejor un incauto, en comparación con vuestra vida deluxe, coche oficial y demás prebendas, mansiones en el exilio y lujo que no se paga a escote? Cuidadito, porque la condena a Oriol, os va a pasar factura.

En mitad del escenario anteriormente descrito nos encontramos ayer con la reprobación al Rey, Jefe del Estado, por parte del parlamento de la Generalidad. Torra está detrás, la provocación no puede ser más monstruosa, el desafío es a cuerpo entero. El delito no es política: el delito está fuera de la Ley y no se puede combatir con armas políticas sino con la debida autoridad gubernamental. ¿Hasta cuándo, a qué precio, va a tragar Sánchez por un puñado de votos? ¿Cómo no le van a llamar okupa no solo en el desfile de las Fuerzas Armadas sino por la calle mismo? Torra es impune, reta y vence, amilana y presume. El espectáculo, a nivel internacional, es la mofa pública de todos los ejecutivos del planeta. Jamás se ha visto un insurrecto, de tamaño calibre, manteniendo a raya al mismísimo Presidente del Gobierno. ¿Cómo Arabia Saudí no nos va a vetar en la inauguración del AVE a la Meca? Todo el mundo está que brama.

No hay otro peligro que el de la realidad frontal: la palmaria impunidad. Pablo Casado dio con la fórmula: moción de censura. Ciudadanos no quiere. Podemos tampoco. PSOE pide moderación. Sospechamos una realidad, ERC y PDeCAT votarían sí. Torra juega a dos barajas, y a muchas más, con tal de salvar el pellejo. La senda Puigdemont fue un craso error, solo queda hacer borrón y cuenta nueva. Los Comités de Defensa de la República están desorientados, irán este domingo a la celebración de la Sociedad Civil Catalana en el Hotel Tryp Apolo de Barcelona, a la Plaza Sant Jaume, pero es la inercia de la gallina con la cabeza cortada que sigue caminando unos metros hasta verse desplomada, por fallo del organismo. Ciudadanos no tienen perdón: la moción de censura limpiaría hojarasca, traería luz nueva, renovaría celdas con huéspedes estupendos. Incluso Sánchez se quita dos asignaturas pendientes de un golpe (Torra/Puigdemont) en espera de otro interlocutor en iguales preces.

Está bien jugar a ver qué bandera colgamos de los balcones y medirlas en competiciones festivas pero lo más serio coincide con lo más urgente: ir metiendo a gente en la cárcel. Es lícito, legítimo, buscar cauces legales para la independencia, pero los ilegales deben ser saldados con autoridad, sin titubeos o temblores. Torra y Puigdemont son peligrosos por una sola razón: no tiene nada que perder y, peor aún, no pueden retroceder a una casilla anterior. Hago mío el rumor como pez abisal en todas las bocas de los pasillos marinos de la rebeldía acorralada: “Si le caen veinte años a Junqueras, ¿qué?”. Torra –estamos convencidos- puede hacer las maletas y seguir la senda de su maestro –Guardia Civil distraída y demás atrezzo-. Inmovilizarlos a tiempo –moción de censura mediante- es cortar el grifo de la intoxicación y un dialogo ya viciado, muerto, sin crecimiento posible, inútil.

Diego Medrano

Escritor

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