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El ascensor social: aquí no sube y solo baja

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 18 de octubre de 2018, 20:09h

Meriendo, a la manera de Luis María Anson, un sándwich corriente de jamón y queso con un batido de chocolate, Cacaolat. Lo hago en un figón de mala muerte, donde puedo seguir pensando en mi bohemia dorada (Lope, Cervantes, Quevedo, a hostias los tres y en constante producción) mientras, al sesgo, observo el disturbio de dos mesas más allá. Ella parece colombiana, pantalones vaqueros muy ajustados, botas camperas, blusa sucia o muy usada en horrible color fucsia. Él es americano, resulta difícil precisar su origen, y chapurrea el español a la manera clásica, por tramos como un guiri, ciertos ribetes ingleses, pero muy americanote y machote. Se besan mientras discuten, sobándose, amartelados y anónimos, lenguas pegajosas por el alcohol y los adjetivos bravos. Mezclan resaca y fiesta; brilla o se desvanece el sudor en sus cabellos como lápida o losa que llega a desdibujarlos y tornarlos inverosímiles, ajados, decadentes, caducos.

El: “No saben la suerte que tienen los españoles. Ni puta idea. En mi país, con un cáncer, o pones sesenta mil euros encima de la mesa o te mueres en la puta calle. Eso de que te coja la Sanidad Pública y no te suelte hasta que estés sano, cueste lo que cueste el tratamiento, hilvanando unos procesos con otros, en mi país de ni de broma, nos ha jodido. Sesenta mil euros, por lo bajo”. Ella: “Estos españoles son gilipollas. En mi tierra eso de estar en una terraza hasta las cuatro de la mañana tomando cervezas, sin que te pase nada, es un sueño. En el momento que menos lo esperas, llega un todoterreno, se bajan cuatro maromos y te fríen a tiros. Te pueden dejar, aparte de sin blanca, descalzo o desnudo en la acera, sino muerto”. En esto interviene un hombre de mediana edad, chino, desde una esquina de la barra, mientras juega a la tragaperras y se sube las gafas en la distancia: “Pero aquí en España no hay movilidad social. El ascensor social ni sube ni baja, no como en las grandes economías avanzadas, en desarrollo. El ascensor social desde la clase baja a la alta es a larguísimo plazo!”.

Cuando todo parecía en calma interviene el camarero: “¡Usted no tiene ni puta idea! Aquí se necesitan cuatro generaciones para salir de la pobreza, frente a las seis de Francia o Alemania, lo publicó el otro día la OCDE. El ascensor se puede quedar muy parado, si analizamos la vida laboral de un individuo en un cómputo global, pero el plazo es más corto que en Europa”. El chino deja de jugar y aumenta su irascibilidad: “No sé qué me cuentas”. El camarero sale de la barra y prosigue a escasos centímetros con la diatriba: “Un individuo que nazca en un escalón social bajo, puede que desarrolle toda su vida laboral en él sin saltar al siguiente, sobre todo si está en el más bajo. Pero ese estancamiento no está vinculado a las condiciones familiares en que nace, como ocurre en otros países, los que te he dicho. El lastre se explica por el desempleo enquistado, las altas tasas de abandono escolar y la temporalidad de los contratos”. El chino sonríe y pide otro café.

Interviene, poniéndose en pie, el americano: “¿Dices que lleva cuatro generaciones aquí salir de la pobreza y que eso es una bicoca? En Finlandia y Noruega, se tardan tres. En Brasil y Sudáfrica, nueve. Y en Colombia, once. Pero no te enteras, Carapijo, porque eso no quiere decir nada: lo que importa, las posibilidades de mejora dentro de una misma generación, a lo largo de la vida laboral de una persona, no pueden estar más mermadas. España, Finlandia, Holanda y Suecia, según esa OCDE que nombras, son los países con menor movilidad de ingresos en breve periodo de tiempo de Europa. La mitad de la población, en el caso de España entre 2011 y 2014, sobre individuos entre 18 y 65 años, permanecen atascados en el mismo escalón salarial. Más grave todavía: en España crece en los extremos, los más pobres y los más ricos se mueven menos de sus grupos. ¡Un desastre!”.

Interviene el camarero: “Conozco perfectamente ese fenómeno. Es conocido como suelo pegajoso. Los del quintil más bajo de la escala social no pueden ascender debido al desempleo de larga duración, cuando lo lógico sería que cada cuatro años subiesen. Respecto a los desempleados que consiguen un trabajo tampoco suben en la escala de ingresos, debido a los contratos a corto plazo”. Interviene la muchacha colombiana: “Por eso es decisivo tener padres con una mejor educación e ingresos para progresar. La movilidad social de la que habláis influye en la productividad económica y en la calidad de vida. También mina la cohesión social, personas de ingresos medios y bajos se relacionan menos. Sociológicamente votan menos también, intervienen menos en la participación democrática, debido a su desengaño. Y así se refuerzan los populismos. Pero yo tengo la salida, ponme otra birra”.

La mucha habla y su mirada viaja por el par de interlocutores descritos, pero también se fija en mí, sin ira: “Uno, se refuerza el apoyo a los desempleados mejorando los servicios públicos de empleo. Dos, se evita el abandono escolar. Y tres, se lucha contra la pobreza infantil impulsando el acceso al empleo de calidad de sus progenitores”. Todos callan durante unos minutos. El chino interviene: “Si los edificios no fueran tan altos, los coches transitasen a velocidad excesiva y no hubiese tanta gente, los ascensores no serían decisivos”. El camarero interviene: “En ningún otro lugar del mundo como en el ascensor las caras de las personas que no se conocen asumen una expresión tan bobalicona y estúpida”. El americano pone el punto y final: “De lo que nadie habla es de subir por las escaleras”. Yo, entusiasmado, digo algo por no parecer sueco, holandés o alemán: “Claro, como hacían Lope, Cervantes y Quevedo”. La muchacha, eufórica, levanta la mano y avisa que estoy invitado. Añade: “¡Tú sí que sabes, estudiante! Estos son unos pesados. La única tinta que conocen es la embotellada. ¿El Romancero gitano era de Lope o Quevedo?”.

Diego Medrano

Escritor

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