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TRIBUNA

Política y hastío

viernes 02 de noviembre de 2018, 20:07h
La historia está llena indudablemente de tiempos de oscuridad y desesperación: hambrunas, miseria y desolación, guerras cruentas y epidemias masivas, abundancia de desolladores, depravados y dominadores que han extendido un doloroso manto de ceniza sobre la existencia. La percepción de la tragedia, su incontestable reconocimiento, unido a la convicción de una posibilidad de transformación de ese horizonte aciago por mano propia, permitieron siempre sobreponerse al caos. Hubo, por supuesto, casos de desesperación que condujeron a la destrucción de sí mismo: suicidios, falsos sacrificios y simples abandonos.

Rara vez se ha visto una atmósfera colectiva de angustia y búsqueda ansiosa de evasión, un entorno de hastío universal como el que domina la cotidianeidad de grandes contingentes de población entregados al consumo individual, lúdico-libidinal y de masas de nuestros días. La propagación del nihilismo activo, la demolición de las últimas barreras opuestas a su avance, la expansión de un desierto higiénico y luminoso, con la forma esterilizada de una pulida estancia comercial, la completa difusión de la técnica sobre la vida, ha desposeído al presente de aquella consciente percepción de la tragedia y, al mismo tiempo, de la menor esperanza de una posible acción real del individuo sobre la misma. La historia ha resultado en una dinámica impersonal, casi objetiva, cuyo curso trasciende la voluntad de los individuos y les conduce, al margen de su intención, en la dirección inalterable de un nuevo grado de desolador bienestar social. Quien menos resiste a esa dinámica es el que se presenta como opositor iluminado y crítico radical del sistema, el activista, el revolucionario militante de un mañana liberado de dominación, el clarividente ácrata cuyo magisterio anhela la aburrida juventud del nuevo orden colectivo. El signo de esta atmósfera de desolación generalizada es un tedio insoportable, vivimos bajo el peso del gran aburrimiento.

Este hastío lánguido e inapetente se esconde tras nuestra actual debilidad y nuestro cansancio, uno de cuyos efectos es una impotencia especulativa que explica la indiferencia ante la pugna ideológica como ante la lucha en general. Nos falta fuerza para el combate del pensamiento y nos entregamos dócilmente al propagandista o al retórico, porque la batalla filosófica requiere de una vitalidad que no poseemos. Nuestra confusión es signo del mismo tedio que ha tomado todas las dimensiones de nuestra vida. Sólo lo que está vivo puede oponerse y remontar el curso de la corriente, lo inerte es arrastrado insensiblemente a ese mar que, como escribió el poeta, es el morir.

No será fácil vencer este marasmo de indiferencia, que puede ir acompañado de una inquietud sin objeto. Semejante victoria no puede resultar de una reforma anecdótica, como la reintroducción de la materia de filosofía en el núcleo del sistema educativo, ni de reformas políticas mayores como la que afectase a nuestra constitución, tampoco podría proceder de una transformación profunda de esa actividad política que nunca como hoy mereció el nombre que le otorgó Montseny: “la charca pestilente”. La raíz de una mutación capaz de esa victoria no está a nuestro alcance: se encuentra en una auténtica conversión (metanoia). Pero en el tiempo de la íntegra secularización nadie aguarda ya lo que Houellebecq llamara una “mutación metafísica”: “En cuanto se produce una mutación metafísica se desarrolla sin encontrar resistencia hasta sus últimas consecuencias. Barre sin prestarles atención sistemas económicos y políticos, juicios estéticos, jerarquías sociales. No hay fuerza humana que pueda interrumpir su curso…”

La fuente de semejante transformación no hay que buscarla en el estado, ni en la oposición política, ni en el sistema económico. No hay que buscarla en la ya consumida substancia histórica, ni siquiera en la arruinada condición humana. Si se quiere sobrepujar el hastío irrespirable hay que buscar en el propio pecho: “Aquí está la caverna ante la que se agolpan los demonios. Aquí está cada uno…en lucha inmediata y soberana y con su victoria se cambia el mundo. Si él es aquí más fuerte, entonces retrocederá ante sí la Nada” (E. Jünger)

Cuando el mundo asfixia toda esperanza, pongo ante mí esas palabras.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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