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TRIBUNA

Oradores extravagantes

Juan A. Hernández Les
sábado 01 de diciembre de 2018, 19:11h

Leí hace un tiempo un magnífico artículo de Raúl del Pozo en el que se decía que este país está enfermo de odio, y esa patología se ha trasladado al Congreso pero no solo, de modo que el parlamentarismo agresivo y fanático se ha extendido a las tertulias de radio y televisión; circula la demagogia a granel, un teatro de variedades entre lo absurdo y el pánico. Mientras del Pozo hablaba de un Hyde Park con oradores extravagantes, uno piensa en que las palabras no son sólo un instrumento de comunicación, sino que son la expresión por excelencia, confieren la plenitud, son reveladoras; no son dichas solo como una potencia de las cuerdas bucales, sino que vienen de más adentro, de una fuerza creadora interior. El lenguaje retórico aparece colmado de valores simbólicos, de sentidos múltiples. Cuidado, este odio se ha trasladado a la televisión, de modo que hace unos días pudimos ver a unos entrevistadores sectarios ensañándose con Rivera tan falaz como incomprensiblemente.

En los Parlamentos nuestros Orbanejas de turno, nuestros escupidores, aburren a los muertos, pues no se convierte uno en orador por decisión propia, por hablar en la televisión, ir a la oficina, o asistir a las clases de los rétores, sino por haber pasado previamente por la Academia. Sin filosofía no es posible aprender a realizar elocuencia alguna, discurso, plática, u oración. Una vez obtenida, el orador todavía no está hecho, pero ayuda como ayuda el escenario al histrión. Estos nuevos túzaros fueron a la Universidad, e incluso algunos permanecen en ella, como si no consiguieran acabarla, pero ella no está en ellos, ni probablemente nunca lo estará; quod natura non dat, Salmantica non praestat.

Es verdad, sin la disciplina del estudio, del esfuerzo y de la voluntad, no podríamos distinguir el género y la apariencia de cada cosa, y si no eres capaz de distinguir un minuto de silencio de mil palabras subliminales es que, entonces, todo en ti ha sido y es silencio. Nuestro orador perfecto debería aprender de aquello que sostenía Isócrates, autor de una batería de discursos, en su Panatenaico, que él no escribía para el certamen de los juicios, sino para el placer de las orejas. Alguno hay entre los nuestros que ora sine labora para la tortura de los oídos, como si el modo no importara, y una idea pudiera ser transmitida sin elocuencia ni alocución, labrador de palabras lo llamaría Sócrates en Fedro.

Tres cosas, decía Cicerón, ha de ver el orador perfecto: qué diga, en qué lugar diga cada cosa, y de qué modo ha de decirse totalmente lo que es óptimo en cada una, pero en algo diversamente de cómo suele decirse al transmitirse el arte, ese arte presencial del que habla Bonnefoy en sus obras. Eso de tratar las cosas como si carecieran de imágenes, como algo que se alejaría de la metáfora, es de una complejidad extraordinaria. En este sentido un texto, una cosa dicha con gusto, posee una significancia, alude sin que lo presintamos, a lo que Barthes denominó el estremecimiento.

La acción vendría a ser una cierta elocuencia del cuerpo puesto que consta de voz y movimiento. Las mutaciones de la voz tantas son cuantas las de los ánimos, los cuales máximamente son conmovidos por la voz. El problema, como ya denunciara Demóstenes no es que por la deformidad del actuar algunos sean incapaces de hablar, sino que la elocuencia sea nula sin la acción, y que la acción sin elocuencia se convierta en una labranza inútil.

Así, uno recomendaría al orador del Congreso que hablara usando los espacios que existen fuera del estrado, de los papeles que lee sin perdón, desplazándose por toda el aula como hacían los viejos senadores romanos, o entre algunos maestros -pocos- en el aula al enseñar: movimientos sin abusar, erguido y excelso, el paso raro y no tan largo, que no haya ninguna blandura de las cervices, ningunas argucias de los dedos, no convirtiéndose en número los artejos, moderándose él mismo en el tronco entero, y con viril flexión de los costados. Me temo que nuestro hombre del minuto subliminal está dejando despeñarse por los artejos por su número, qué imagen tan desdeñable. Necesita algo más que un foniatra.

Pero Cicerón se muestra especialmente incisivo cuando se refiere a los políticos, a la obligación que tienen de conocer el derecho civil, pues ¿qué hay más vergonzoso que aceptar la defensa de causas legales y civiles desconociendo las leyes y el derecho civil? Conozca también la sucesión de los hechos y la historia del pasado, sobre todo de nuestra ciudad (de nuestro país), pero también de los pueblos dominantes, y de los reyes ilustres. Esto podríamos dictárselo especialmente a algunos agoreros, que pueblan las bancadas de una manera siniestra, pues desconocer la Historia es permanecer siempre en el estatus de un niño: ¿qué es la vida de un hombre si desconoce la vida de sus antepasados mediante el recuerdo de los hechos antiguos, que entre nosotros llaman memoria histórica y que en realidad debería llamarse la venganza histórica? Si queremos expresar lo inefable no podemos aceptar que la lengua con la que hablamos nos vaya a proporcionar lo que deseamos. Las palabras dichas sin nada, para nada sirven. Un buen discurso lo cubriría todo, tocaría la plenitud del lenguaje. ¿Nos hallamos ante una pandilla de psicópatas?

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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