El comunismo nunca admitió la discrepancia. Y por estricta obediencia a Moscú, tampoco la disidencia. La prueba fue Andrés Nin, líder del POUM, secuestrado por esbirros soviéticos durante la Guerra Civil, torturado y asesinado. El comunismo del siglo XXI, simula ser más civilizado y aburguesado, admitiendo la diversidad de sensibilidades. La prueba es el hereje Errejón, alejado de la mansedumbre del rebaño de Iglesias como emprendedor político al socaire de la dilatada experiencia de Carmena. El PSOE muestra también sus discrepancias. Veremos si se tornan en disidencia. Fernández Vara reivindica la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña, al mismo tiempo que el Gobierno, por boca de su “portacoz”, Celaá, manifiesta que aplicar el 155 es inconstitucional. Quien ya se ha equivocado con los números, también yerra con las palabras y, por supuesto, con las ideas. Celaá, como intérprete supremo de la Carta Magna, logra la cuadratura del círculo al decir que la Constitución es inconstitucional. Es como decir que Jesucristo era ateo. Discrepancias con posibles disidencias se adivinan también en las derechas. Si Casado logra que el PP se sacuda ese pusilánime complejo ante la hegemonía cultural de la izquierda imprimiendo a su discurso un tono más conservador y menos políticamente correcto, quizás algunos enfilen la puerta de salida. Movimientos cismáticos también se barruntan en Ciudadanos. Si para desmarcarse de VOX, Rivera sale de casa en busca de caladeros socialdemócratas, podría perder la llave para volver y quedará extraviado.
Desde el golpe de Estado protagonizado por el separatismo catalán nada es como antes. Aquella bandera de lo social, izada y aireada durante la crisis económica, primero por el Movimiento 15-M, y luego por Podemos, ha sido arriada. En su lugar, se ha levantado una nueva bandera que preside el panorama político: lo nacional. Recientemente, se ha alzado otra: la de la libertad, frente a los ataques de la izquierda liberticida. Hoy la unidad de España y el derecho a pensar diferente preocupan a millones de españoles, situados al lado de su Rey y de la Constitución. Aquellos partidos, que ataquen a la nación y a la libertad, o se pongan de perfil a la hora de su defensa, recibirán una merecido castigo electoral.
En el mar son visibles las mareas al gestarse en la superficie. No ocurre así con las corrientes marinas que actúan en las profundidades. Se está produciendo un corrimiento invisible de prioridades y preferencias en la sociedad. Muchos españoles están hartándose de políticos que solo se ocupan de intereses partidistas o de cómo mantenerse en su cargo, olvidando el interés general y el Bien común. Muchos ciudadanos no toleran esa izquierda que se cree ungida de legitimidad para expedir certificados de demócratas y que luego toma la calle cuando no está en el poder. Que sepan los políticos que aquellos que no sacrifiquen sus aspiraciones personales o de partido en aras de una ambición nacional, como la lograda en la Transición con la reconciliación entre españoles, se los llevará la corriente.