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TRIBUNA

El secuestro de la moral

lunes 11 de febrero de 2019, 20:08h

Como tantas otras organizaciones internacionales e instituciones nacionales, muchos de los medios de comunicación en español fueron secuestrados (a veces voluntariamente) por la “narrativa” de organizaciones palestinas radicales (como el BDS; que a su vez las financiaban); convirtiéndose así en el “avala” del “relato” palestino y, consecuentemente, sancionando como “verdades” sus máximas y estableciendo la “corrección moral” sobre el asunto.

Y como todo lo que funciona, fue imitado por aquellos que, en definitiva, comparten como objetivo la imposición absoluta de sus programas o caprichos político-ideológicos. Así, organizaciones “antiglobalización”, “antioccidentales y anticapitalistas, y populistas en general - precisamente aquellas que atacan a Israel por defecto y se unen a las iniciativas palestinas de demonización – replicaron la maniobra que, en definitiva, pretende el secuestro de la moral: es decir, el intento de imponer, no ya un conjunto de valores, sino una cosmovisión totalizadora (que censura y juzga) que justifique y, a ser posible, garantice, en el caso palestino, la eliminación de Israel del mapa, y en el de los populistas, su asalto al poder – en su defecto, al control de la información, del “relato”. Mientras la mayoría queda cautiva del oprobio y la estigmatización con que se delimita su expresión.

El incidente en los recientes Premios Goya fueron un testimonio patente de este rapto que desvirtúa la esencia de aquello de lo que se apropia. De manera que la fiesta del cine se convertía en el grotesco espectáculo del antisemitismo – autorizado por un peregrina recompensa, y ampliamente transmitido por la televisión.

Pero esto no era nuevo. Se mostraba sin tapujos, se festejaba a sí mismo casi como en una revancha (de qué, contra quién). Mucho antes, lo que se mostró a sí mismo en la ceremonia de los mencionados galardones, campeaba a sus anchas en no pocos ayuntamientos que habían sido transformados en plataformas para ejecutar una suerte de diplomacia paralela y fraudulenta (saltándose olímpicamente la posición exterior del gobierno central) diseñada para atacar obsesivamente a Israel mediante mociones ilegales para boicotear (discriminación con ese rancio tufo a 1933).

Este mecanismo funesto operó en un sentido único, y con un único señalado, durante muchos años. Y una gran mayoría de medios, muy al contrario de siquiera hacer oídos sordos ante el fenómeno, amplificaban su mensaje para llenar páginas y espacios, toda vez que “confirmaban” sus propios sesgos contra el estado de Israel. Parecía un negocio redondo.

Parecía… Porque en la realidad social los compartimentos estancos no existen. Y así, esas prácticas fueron trasvasándose al quehacer y a la cobertura de otros ámbitos más cercanos. Muchísimo más cercanos. Y el intento de una parte minoritaria de catalanes de separarse de España puso en evidencia este procedimiento que anteponía el “activismo” del “informador” por sobre el profesionalismo: la fabricación sobre la información, precisamente. Aquella forma de sesgar, de construir o adherir a “narrativas” victimistas, de inventar o de no corroborar los hechos que “validaran” el guion de las organizaciones palestinas; así como los prejuicios personales, acreditados por el hábito permitido, se convirtieron en herramientas de probada utilidad que comenzaron a utilizarse sin más, como algo estándar.

A tal punto, que varios periodistas alzaron su voz ante esta parcialidad - que se sirve, sobre todo, y necesariamente, de burdas fabricaciones, de escandalosas omisiones, de peregrinas y ofensivas comparaciones. Sobre todo, ante aquella que provenía de medios extranjeros que se hacían, y se hacen, eco del asunto.

Pero esta protesta, más que poner resaltar esto que se viene señalando en este texto, testimoniaba algo bien distinto: la hipocresía de quien sólo ve (y grita) parcialidad cuando esta no le sirve. Y el cinismo de quienes, en sus propios medios, la venían practicando en el marco de la cobertura del conflicto árabe-israelí. El llamado de atención, pues, no resultaba ser producto de la preocupación por la profesión, por sus valores.

De pronto, para algunos era la hora de hablar del calamitoso estado de parte de la profesión, que había decidido – y, en algunos casos, seguido, por temor al ostracismo - ejecutar una praxis que debilitaba al periodismo como el aluminosis la estructura de un edificio: oculta sólo para quien no quiere ver, para quien estima que esa degradación manifiesta (con sus fisuras y manchas iniciales) es beneficiosa o inocua para sus intereses.

Es este es un problema que ni por asomo es específico de la prensa en español. En inglés, las cosas no van mejor. La ideología también ha suplantado allí a las prácticas periodísticas; y el provecho inmediato, a la deontología.

Por suerte en los hospitales aún prima el conocimiento a la hora de sanar. Sólo espero no haberlo dicho demasiado alto… porque todo ámbito parece servir a los propósitos del credo de este “activismo”.

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