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TRIBUNA

Doctora Vincent

Juan José Vijuesca
miércoles 06 de marzo de 2019, 20:24h

Hay personas dedicadas y destinadas a nosotros sin conocer de ellas otra filiación que su vocación profesional y humana. Me refiero a la doctora Elisabeth Vincent Hamelin. A decir de ella, nació en Camboya, además en Phnom Penh, la capital que fuera bautizada en su día como “La perla de Asia”. Curioso pero viene a nacer en una parte del mundo en donde el budismo mahayana trae causa de esa filosofía que busca la iluminación completa para el beneficio de todos los seres. Y es que todo fluye y nada es por simple casualidad. Tuve un maestro Zen que basaba su sabiduría en la búsqueda interior sin necesidad de ir más lejos. Con él aprendí que la distancia entre el Yo y lo que no se alcanza, es la humildad misma. Por esa razón la sencillez de actos en algunos desorienta a otros cuya arrogancia les envilece.

Al igual que mi maestro Zen hizo en lo metafísico, la doctora Vincent lo hace aproximando las distancias entre el Yo y la estructura material del cuerpo humano. Su condición de médico y cirujana le permite acceder a la dispensa de nuestro interior para tomar contacto con el misterio de la vida. Ahí es cuando la relación médico-paciente cruza ese umbral en donde la vida y la muerte intimidan mirándose de frente. Justo ahí, y para siempre, se establece el vínculo indisoluble de amor que desprende esta doctora con su humildad de actos.

Es más que probable que en China los credos asemejen a esta eminente doctora con la diosa Guan Yin o Quan Am (versión vietnamita), una deidad venerada por su misericordia hacia quienes pudiendo ser budas, dilatan su entrada en ese estado perfecto para quedarse en este mundo y ayudar a los que sufren. Para la doctora Vincent la perseverancia reside en el temor a los errores que ella misma confiesa. Su franquicia es la de proteger a sus pacientes y a los suyos sin privación alguna que la impida el desempeño de su ejercicio. Es la simbiosis perfecta. La unión profesional con la propia materia en plenitud. Así pues, nada se le puede negar a esta mujer cuando su alma se expande alrededor del conocimiento. La ciencia, que suele ser bastante discreta con sus avances, solo se ve alterada cuando una titánide como lo es esta mujer se apropia de los tiempos más pusilánimes para crear escuela y convertirse en la influencer más admirada en su especialidad.

Quien tutea al destino como ella lo hace guarda estrecha relación con su inmortal legado. Como persona y como profesional su bata blanca la identifica dentro y fuera de cualquier semejanza. Ella no va de Catwoman, no necesita de doble identidad. Es por todo y para todos una sola persona, una sola vocación, un servicio al semejante. Es su particular cruzada, y no creo equivocarme porque estas honorables personas transitan como seres intemporales de la guarda, se instalan en ese Yo particular y lo hacen para siempre. Es ella y su no menos ejemplarizante equipo de trabajo como son los doctores Jesús Martínez Sarmiento; Jesús M. Díaz González y Ángel Ruiz Sanz.

Se podrá alterar el genoma de la justicia divina, ya saben, nuestra pertenencia solo depende de la estrecha relación entre el cuerpo y el espíritu que nos acompaña como pareja de baile hasta que un día, cuando unas manecillas imaginarias hayan orbitado sobre nuestros latidos, la vida nos devuelva al seno de lo arcano. De igual manera se podrán ponderar o minimizar nuestras obras por humildad de actos, pero la única razón que el ser humano tiene para justificar su tránsito natural, desde el instante mismo de nacer hasta que nos convertimos en materia para formar parte de un mundo nuevo, obedece a una sola riqueza: Amar. Ese es el único legado que se nos concede a nuestra llegada a este mundo y la única pertenencia inmaterial que nos acompañará allá donde vayamos. El resto, son las personas de bien que nos allanan el camino de la vida.

Confieso que este artículo se me ha pasado volando. Me sabe a poco, pero los límites de mi editorial marcan el espacio vital. Seguiré y seguiremos, querida y admirada doctora. Los Tauro tenemos fama de ser muy perseverantes e incluso algo pesados. Es el precio de la fama que usted atesora. Mi esposa y yo, con cariño y admiración.

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