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Meditación del retrete

Joaquín Siabra Fraile
viernes 01 de agosto de 2008, 22:07h
El caso del retrete es un ejemplo de cómo la tecnología llega a hacerse transparente a la manera de una segunda naturaleza. No todo va a ser silicio y electricidad.

En su inmediatez, el retrete se reduce a una taza en la que asentarse y una palanca que permita el desagüe. Épocas hubo (y lugares hay) en que el ser humano tenía que convivir con sus excrementos. La fosa séptica, el estercolero o incluso el propio huerto eran soluciones precarias que obligaban a un trato directo con la caquita de cada cual. Lo que tenía por resultado, sin embargo, una cierta responsabilidad hacia ella, porque se era consciente de las consecuencias de ciertos actos. Pero sobre el pudoroso agacharse sobre el agujero en la tierra se ha ido imponiendo, en prodigiosa globalización, el sutil tirar de la cadena. Merced al cual, como por arte de magia, tanto el pipí como el popó desaparecen con un rugido de aguas. ¿Dónde? Ni lo sabemos, ni nos importa, en tanto efectivamente desaparezcan para siempre sumidos -suponemos- por entre un laberinto de tuberías y canales. Pero es en esta inmediatez del retrete, precisamente, donde reside su íntima falsedad. Porque el retrete, que tan fiel amigo de las humanas posaderas se aparenta, oculta sus dos perniciosos efectos, la irresponsabilidad y la ingratitud, en el propio esplendor de su utilidad.

En efecto, irresponsabilidad. Porque, por poner un caso, el campesino ateniense del siglo V a. de C. que tenía que habérselas con su caquita, adquiría de inmediato un compromiso con ella si no quería acabar bajo una montaña de inmundicia. Por el contrario su contemporáneo, el ciudadano ateniense del siglo V a. de C. tenía que hacer frente no sólo a su caquita, sino a la de todos sus vecinos. Y si hay algo que un ser humano no puede sufrir, como es sabido, es olerle el trasero a su semejante (la teoría marxista de la oposición entre la ciudad y el campo se revela aquí dramáticamente materialista). La solución para gestionar tan ingente producción ciudadana pasa siempre (hasta que se logre un hipotético desintegrador de materia) por alejar el excremento de la ciudad. Y desde el momento en que no sufre las consecuencias del suyo, el ciudadano tributador de impuestos se olvida de él. Un olvido éste que deja en pololos al heideggeriano sobre el Ser.

Pero, en efecto también, ingratitud. Porque un retrete perfectamente funcional requiere de dos condiciones: una red de alcantarillado público, y una red de suministro de agua corriente a todas las viviendas. Es decir: precisamente la Ciudad, esta vez no como productor de excrementos sino como el conjunto de leyes, instituciones y procedimientos que aseguran el funcionamiento de esas dos redes. La construcción, gestión y mantenimiento de las cuales afectan a la totalidad de la población. Toda la infraestructura, todo el humano trabajo requerido en el proceso por el que el excremento desaparece de nuestra presencia es resumido, obviado y finalmente ocultado por la acción de tirar la cadena. Un retrete es más que un retrete: es una de las formas tecnológicas concretas que toma esa abstracta realidad llamada Estado. Y sin embargo, provincianos del pensamiento por la costumbre, del retrete exigimos como si nos lo debiera que funcione correctamente. Y sólo cuando un corte de agua, una rotura de cañería o una gotera ajena nos impide su uso deja entreverse entre los azulejos del baño la complejidad del asunto, porque ciertos atascos en la taza nos vuelven muy pensativos.

Irresponsabilidad con respecto a eso que llaman medio ambiente (antes conocido como Naturaleza), ingratitud hacia la civilización. He aquí, en brevísimo resumen, la dialéctica del retrete.

Otro día hablamos de los zapatos.
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