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TRIBUNA

Pantomima electoral

jueves 25 de abril de 2019, 19:52h

Hemos asistido a una pantomima en dos actos con pretensiones de debate. Ninguna oposición dialógica, ningún ejercicio de argumentación y contra argumentación. En su lugar, un afectado pugilato de gestos y actitudes propias de los peores cómicos. Los antagonistas fueron, una vez más, torpes actores de la industria publicitaria. Resulta ridículo ver el trascenio de tan desolador espectáculo. Cada “púgil” empolvado y acicalado por nutridos equipos de maquillaje y caracterización, recibiendo las recomendaciones de sus coaches – otro horrísono vocablo emplastado en nuestra lengua por efecto de Realities y Talent Shows… –.

Me arrastraría a una melancolía definitiva asumir, como pretenden especialistas de la demoscopia, que esos debates tienen un valor determinante para la muchedumbre de votantes indecisos. Quiero pensar que los españoles contemplaron ese paso a cuatro con una ligera sonrisa, previendo la eficacia que ese material ha de tener en manos de auténticos cómicos y humoristas. De hecho, una burla masiva con valor de catarsis, se difundió por las redes sociales al ritmo en que los actores ejecutaban sus desgarbados guiones. Como en el circo, el gesto severo del payaso desata la hilaridad del público. Sucede así cuando el payaso domina su técnica, pero si carece de ese dominio – como en el caso de nuestros principiantes – bajo la risa emerge el rubor de la vergüenza ajena.

Afirman los taurinos que no hay quinto malo, pero la Junta Electoral no debe ser del mismo criterio. La ausencia del quinto elemento contribuyó a devaluar la escena y acaso favoreció al ausente, disculpen un término cuyas reminiscencias honrarán al excluido por esa Junta de criterios variables. Las tecnologías de la información y el espectáculo se ven hoy desbordadas por el rumor masivo y desordenado de las llamadas redes sociales, donde la presencia de Vox resulta difícil de contener y donde su exclusión injustificable acaso cumpla efectos contrarios a los propuestos, de tal suerte que el quinto elemento pudiera ascender posiciones el próximo domingo.

Las elecciones de este mes de abril se quieren elevar a la categoría de ocasión histórica, sin embargo, parece que habrá un ajustado equilibrio entre ambos frentes: el Frente de Izquierdas Independentistas y el Frente de Derechas Constitucionalistas, con un PSOE al que su líder tenaz – con esa tenacidad que llamamos contumacia – ha vuelto irreconocible. Otros piensan que simplemente está desenmascarando el rostro, hasta ahora oculto, del partido. Sea como fuere ninguno de los bloques estará dotado para la transformación profunda de nuestra estructura política y cualquiera de los frentes habrá de contar con la acción directa del independentismo frente al que las respuestas – sean más o menos contundentes – han de medir cuidadosamente sus consecuencias: más o menos como hasta hoy. En la pantomima ha brillado por su ausencia toda idea relativa a la constitución histórica de España, oscurecida por apelaciones vacuas a la constitución de papel de 1978 y por impugnaciones de la misma en nombre de un fundamentalismo democrático aterrador. A este respecto, exactamente como hasta hoy.

Desde luego no hay existencia sin resistencia y en el terreno de la historia son la norma la guerra y la discordia. Pero en ocasiones se encuentran especialmente en vilo la unidad e identidad de las formas históricas. Si nos encontramos hoy en una situación semejante no podemos decir, sin embargo, que el kairós se abra el próximo 28 de abril. Venimos viviendo en su seno desde hace años y el episodio electoral no pasa de ser un fenómeno más, no especialmente significativo, del lapso indeterminado en que España viene poniendo en juego el sentido de su existencia histórica.

Por eso es terrible, aunque esperado (más terrible por esperado), que en la pantomima nadie esgrimiera alguna determinación relativa a lo que signifique ser español. Pese a que unos dicen defender un patriotismo de hospitales, centros educativos y rentas básicas de inserción… presentándonos una presunta “patria social”; pero, si no es la nación política el sujeto de la atención, España podría confundirse con una agencia al servicio de la Sociedad de Naciones a la que todo hombre podría acogerse. Y no se olvide que ni la sociedad de naciones es una nación, ni una nación puede ser una nación de naciones. Los demás actores se limitaron a mentar una ciudadanía que se resuelve en la suma abstracta de individuos portadores de documento nacional de identidad, presentándonos una presunta “patria administrativa”. No en vano nos hablaban ayer de un cierto “patriotismo constitucional”. ¿No sucederá que el ausente lo sea porque arriesga alguna determinación – valga lo que valga – de lo que España significa?

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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