Permitan que les confiese que estoy hecho un lío con esta nueva ley sobre el control horario laboral. Todos son interrogantes y como la costumbre hace ley en este país, una vez más se prioriza el desorden cuando se arbitran normas de obligado cumplimiento. Lo digo porque es muy nuestro lo de aprobar leyes a golpe de impulsos. Aquí antes del sentido común se crea una Dirección General, en este caso digo yo que será la Dirección General de Horarios, eso sí, bien nutrida a base de amiguismos y enchufismos con sueldos desorbitados. A partir de ahí se pone una ventanilla con un funcionario para recibir formularios y quejas por escrito. Lo demás ya se irá diluyendo por propia inercia.
Lo de tener que fichar a mí me afecta y mucho. Supongo que lo mismo será para cientos de miles de la misma quinta. Veamos. Por un lado los que siendo abuelos ejercemos de especialistas en horarios de diferente etimología. Primero están los nietos con sus regladas entradas y salidas de colegios o guarderías. Segundo, la vigilancia de obras, canales y puertos que ejercemos a diario para el buen gobierno de lo público e incluso de lo privado. No es tarea fácil, se lo aseguro. Los de nuestra generación pasamos horas apostados sobre las vallas en sintonía con nuestra amplitud de miras. Da igual zanjas del Canal de Isabel II, el soterramiento de una autovía que el seguimiento de la Operación Chamartín llegado el caso, y eso, créanme, tiene su horario de llegada a obra y su posterior salida. Todo esto funciona como un reloj suizo y nunca tuvimos necesidad de fichar. Cabe decir que hasta el día de hoy no conozco a ningún miembro de este colectivo sospechoso de irresponsabilidad con nuestra diversidad de funciones.
La nueva normativa del Ministerio de Magdalena Valerio ha puesto la venda antes de saber aplicar los mecanismos de registro de horas de los empleados. Al gobierno le da igual que en una actividad profesional o empresarial se trabaje por objetivos como si se trabaja a destajo. Tabla rasa para todos y registro de horas en cumplimiento de la ley. Me parece bien que se persiga la explotación laboral allá donde el egoísmo de una patronal trate a sus empleados como si éstos fueran remeros del Volga; o sea, más horas de lo contratado con idéntico salario. De igual manera me gusta la medida siempre que los funcionarios adictos al escaqueo cumplan con el riguroso horario y además les sea de aplicación la tabla de rendimientos para un mayor lucimiento en su quehacer diario.
Nada tengo sobre el funcionariado de piadosa productividad, pero uno es contribuyente por devoción mariana y es sabedor de horas de desayuno en grupos de a seis en departamentos de cinco. Lo sé, la hora de la cita siempre es orientativa. Pero es que cuando llega el momento de ser atendido la próstata te ha perdido el respeto por completo. También sé de aquellos o aquellas que firman hoy por ti, mañana por mí y llegado el jueves aparecen instalados en un plácido fin de semana de cuatro días.
Por eso aconsejo a sus Señorías la conveniencia de saber arbitrar antes de decretar. Está bien por aquello de acabar con las mafias y la tiranía de ciertos patronos, pero hacer fichar a todos por igual viene a ser algo parecido a un Real Decreto estableciendo la obligatoriedad para que sus Señorías hagan lo propio en sus puestos de trabajo. En el Congreso de los Diputados hay días en que ni están todos los que son, ni son todos los que están.
Para los que somos autónomos del ocio deberían excluirnos de esta ley por las razones ya expuestas. Entramos y salimos a demanda según exigencias del guion. Queda dicho que por un lado, nuestros horarios están marcados por el Ministerio de Educación y Cultura respecto a la docencia de nuestros nietos; mientras que por el lado del asome en vallas lo tenemos regulado por el de Obras Públicas y Urbanismo.
Debo sugerir a la ministra en funciones, señora Valero, la necesidad de unificar criterios entre los diferentes ministerios implicados, porque esto es un sinvivir. Nuestro colectivo, aunque seamos una especie en extinción, resulta que tenemos una perspectiva más ajustada al sentido común. No me pregunten el por qué. Quizás lo sea por aquello de poner orden en los intereses generales. Dicho queda.