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¿Sube o baja la escalera Manuel Jabois?

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 24 de mayo de 2019, 20:23h

El chiste es de sobra conocido: nunca sabemos si un gallego sube o baja la escalera. Si le preguntamos, contestará con otra pregunta y así hasta el infinito. Un mago del periodismo –José Luis Alvite-, que siempre escribió desde Galicia, tenía una variante, la de contestar con una sola palabra a cualquier interrogante: “¿Cómo es la noche de Santiago, Alvite?”, cuestionaba el periodista. “Negra”, respondía el maestro, sin inmutarse ni palidecer. Alvite hizo mucho lirismo de retrete –gracias a Anson y Joaquín Vila desde La Razón- y, siempre áspero y sentimental, periodismo en el filo de navaja de la poesía, le dieron pocos premios, ningún reconocimiento y pocas alas.

Manuel Jabois (Pontevedra, 1978) es ejemplo de columnista de éxito: le fichó Pedro Jota cuentan que por un libro (Irse a Madrid) y sus crónicas en el Diario de Pontevedra. Desde El Mundo –también con la bruma espesa y diáfana de la leyenda- pasó a El País por fichaje directo de Juan Luis Cebrián, hechizado y embelesado con sus letras de molde. Alterna hasta la fecha ficción e investigación periodística (Manu, Nos vemos en esta vida o en la otra) y su esencia de gallego eterno no ha sido hasta la fecha corrompida por las mieles del éxito: muchas de sus columnas recuerdan sus tiempos en Diario de Pontevedra, presume de su provincia o periferia, y en esa nobleza de saber de dónde viene también está el oro de contarnos adónde va. Llega ahora un libro raro, leído en ocho o diez horas del tirón: Malaherba (Alfaguara). Veamos si subo yo ahora la escalera.

Pajas adolescentes entre infantes del mismo sexo, confusiones y efusiones sexuales, morreos apestosos, pijos que acaban peor que todos cuando se proponen ser delincuentes, baile de tetas crecidas en el sexo contrario, exhibición de pichas a las horas del bozo, el oficio puro de ser padre cuando éste consiste en la mentira. El friso del niño, Mr. Tamburino o Tambu, Sr. Pandereta por influencia de Bob Dylan, es notable, lírico, en todo ese descubrimiento de la edad adulta por parte de un chaval con los ojos bien abiertos. Las poluciones nocturnas, el pis fresco en la noche; la definición propia de eso mismo, adultos, conocida desde la lealtad: “Las personas son lo que dicen”. Acuerdos y desacuerdos con el mundo, las tres o cuatro conversaciones que todos recordamos con nuestros padres, el desear o no que a nuestros semejantes les vaya mal, lo mucho que se mira a la gente antes de saber si es guapa o fea, frases dignas de bares de malos: “Todas las familias mienten mientras beben para no matarse”.

Manuel Jabois me recuerda a otro Manuel, Vilas, del mismo medio y escritura parecida, al último Ray Loriga, en plena sencillez y facilidad, ajeno cualquier esteticismo dorado. Hay narración, verdad, familia y biografía, pero no encuentro por ninguna parte brillo del lenguaje, diccionario, frufrú léxico, prosa rocosa, protagonismo de la forma, palabreo duro y paladeo, estilo de oro. A los tres anteriores yo pondría enfrente a Julio Valdeón, Montero Glez y Juan Manuel de Prada, en edades parecidas, la palabra siempre bífida y lujosa, alta y buena joyería verbal. La duda se planteó el último Nobel –Cela- en mil y una lecturas: “¿Dónde el español sonoro y de muy rancios y nobles ecos, cada vez, por desgracia, más olvidados y desamparados?”. Eso digo yo: “¿Dónde el limpio, castizo, singular y sonoro castellano?”.

No sé si Jabois baja o sube la escalera, en definitiva: descubrimiento de la soledad, el hallazgo mismo de la independencia ligada a la supervivencia, la religión desde el delirio al contemplar una talla en una iglesia (“¿Por qué Jesús no tiene un clavo en la polla?”). Paso páginas, me gusta el libro, Pontevedra y sus aldeas, casas que huelen a hogar con la Nocilla y los primeros juguetes desmontables, miedo al padre que se acerca a hacerte cosquillas, el gallego mismo como idioma de marcianos por sus entonaciones, niños cuya risa alegra las plantas y otros con cada ojo de un color diferente, clicks de Playmobil y mariconadas, descubrimientos de la sexualidad entre cómplices, que no se sabe nunca si pueden ir a más. Me gusta el libro pero esto es pura mecanografía, escritura de móvil o email, facilidad. Los Goncourt lo dijeron: la literatura debe ser una facilidad innata, de acuerdo, pero una dificultad adquirida, aquí lo segundo no lo veo.

Malaherba como sinónimo de “mala hierba”, plantas o flora en un lugar indeseado, lo que suele ser el paso de la infancia a la adolescencia y de ésta a la edad adulta. Chicos que vuelan por las copas de los árboles creyéndose espías, la vida como videojuego, porros y novios, pitillos y navajazos letales (la tragedia siempre esperada en este tipo de narraciones), sueño y realidad a la que obedece de algún modo la cita inicial del frontispicio: “Contigo nunca sabía si sentirme veterinario o carnicero” (Xacobe Casas). Un tipo de literatura del orgullo (Vilas, Jabois), del hacerse o no hombre, del arrepentirse y seguir viviendo, en la que echo de menos más literatura, más adjetivación, más metralla léxica, menos narración formal y redacción a cuerpo de letra 18. ¿Son los tiempos? Ni idea. ¿Se piden libros fáciles? Tampoco lo sé. Lo dijo Machado: “Qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también”. Yo creo que es un inmenso error, hay que propiciar que el lector suba y no al revés, como en este país se subió durante los ochenta gracias al Boom Latinoaméricano: Onetti, Vargas Llosa, García Márquez, Carlos Fuentes, etc.

El libro se lo dedica a su madre, lo presumimos autobiográfico pero igual no lo es, hay la dialéctica de la pena frente al odio, la prohibición de la intuición, los años inevitables de comparar lo tuyo con lo de todo tu entorno (picha incluida). Parece surgir una literatura de la verdad, de la sinceridad, ajena al maquillaje. Es culpa mía: yo preciso la ventolera del verbo, cuanto más encendida y porno mejor, hoguera abrasadora donde la filología es cruzar el límite, volver a las palabras locas y hacer que vuelen. Esto, lo contrario, parece una autopsia o la salmodia de un juicio. Ya desde Marsé se lucha contra la llamada “prosa sonajero” (Umbral y todo el barroco español) y surge una figura que dice no ser escritor sino narrador. Parece de risa todo esto. Prefiero no meterme ahí porque quien no iguale en importancia la forma al contenido es que desconoce el paño y estamos hablando con una acémila. El qué dices, y el cómo lo dices, desde las tablillas egipcias o sumerias, van de la mano sin poder venderse por separado.

Las pajas de Jabois son divertidas, sí, y sus conclusiones finales dignas de orla y Aula Magna universitaria: “Nos gustaba estar juntos y, cuando estábamos solos, jugábamos como todo el mundo. Se acercó más a mí para que Fósforo no oyese, y repitió: “¿Entonces si no somos maricones, qué somos?”. “Novios”, le dije. Parpadeó muy rápido, y se quedó tranquilo”. Malaherba de Jabois, tiempo de hacer los deberes juntos y jugar con las pichas, con ruido al fondo de EGB, dandismo de provincias, aldeanas con ubres y no mamas, el cáncer en nuestros mayores y, eso, todas las sábanas mojadas debido a la pasteurizada que sale, súbita y manantial, del agujerito en la camita, chorretón de lefa u orina por el que se forman las primeras estalactitas en el techo diario y celestial de afeitarse a diario.

¿Lo más noble? La lucha, conjunta, pero también personal, contra los abusones de turno (el tiempo el más importante, la época tocada en suertes, la herencia recibida de propios y ajenos). Seguiré leyendo a Jabois, aunque no soporte las novelas de niños, porque tiene verdad, aunque si tuviese un poco más de mentira igual le daban más premios. La verdad desnuda, temblorosa en su desnudez, helada en su nerviosismo, precisa del albornoz tosco de la mentira donde el lenguaje lo inventa todo, incluso, en el decir de Machado, la verdad misma. ¿No quedan lectores a los que les gusta que les mientan? No lo creo, eso siempre da más gustirrinín que la gimnasia menestral ajena a haber conocido hembra (o varón). Buenas noches, Princesa (Noel Soto).

Diego Medrano

Escritor

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