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La hoguera abrasadora de Laura Castañón

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 04 de junio de 2019, 20:07h

Asistí, en silla de pista, al debut de Laura Castañón (Mieres, 1961) en Alfaguara: Dejar las cosas en sus días (2013). Surgía, y así lo dije entonces, una escritora nueva, heredera del Boom Latinoamericano, Vargas Llosa y García Márquez, párrafo largo e hipotaxis, subordinación, la única obsesión de Sánchez Ferlosio durante toda su vida, junto a una adjetivación deslumbrante y ese fuego como el clásico de la Literatura, con mayúsculas, en todo tiempo y lugar, ajeno a moda actual de novelas enteras de oraciones simples, cuatrocientas o quinientas páginas escritas con el teléfono móvil a la hora del retrete. Castañón venía y viene de un mundo lujoso, verbal y sintáctico, en orfebrería solar, en milagrería lunar, donde la palabra repta, crece dentro, como la mejor hierba invasiva, cosquilleante y curiosa (“La literatura, esa hiedra íntima”, dijo Rimbaud). Seguí a Castañón en su siguiente entrega en Destino: La noche que no paró de llover (2017) y llega ahora, en la misma editorial, un friso que comparte guiños y puertas secretas con las anteriores: Todos los naufragios. ¿Su poética? La del cesto de cerezas: “Hay mucho, siempre lo he dicho, de cesto de cerezas cuando empiezo a escribir. Tirar de una cereza que trae consigo inevitablemente muchas que aparecen enredadas y que suponen una tentación invencible”.

Laura Castañón, en panorámica, es una escritora de sagas familiares (el filón inagotable de la familia, con sus deudos y deberes, con sus esplendores y miserias), por un lado, y siempre de un friso histórico destilado hasta la última gota (justicias e injusticias del tiempo exacto que nos ha tocado en suertes). Todos los naufragios, aparte de la historia de los Santaclara, Gregorio y Onel mediante, es la vida en blanco y negro de la llegada de los primeros cinematógrafos a una ciudad de provincias (Gijón), del progreso de salir o no adelante a través del esfuerzo personal, tiempos de progreso y razón, lucha e ideología obrera, los primeros Ateneos en eso de llevar la Cultura a las masas, el exilio (cubano, indiano) y cuanto suponía regresar con las alforjas llenas solo para los tuyos, familiares y vecinos. Leyendas vivas del movimiento anarquista y los conflictos sociales (Rosario Acuña, Buenaventura Durruti, etc), furias y fervores de la Revolución del 34, Guerra Civil y el peso de las botas militares, Iglesia y amores y amistades fronterizas, naufragios premeditados, industrialización a primeros del XX de aldeas en completo desconcierto (Nozaleda), profecías llamadas a repetirse, la vida que va en serio y lealtades en el vértigo mismo de la confusión o su contrario.

Todas las prosas de Laura Castañón tratan de una vida mejor, que es posible, en el marco de un hervidero donde juzgar es siempre la peor condena. Recomiendo adentrarse en la historia para, por ejemplo, ver cómo el Anarquismo, en mayúsculas, como movimiento político y vital, es siempre otro se mire desde los ojos de la Guardia Civil/Policía o desde el pueblo llano harto de canalladas justificadas. Figuraciones familiares (convulso el triángulo Onel, Gregorio y Merceditas) y heridas o ausencias que no cierran. Indianos, a los que la vida sonríe, pero que cuando chupan el último habano, bajo el porche de toda su fortuna, sienten regresar de golpe, a granel, todos los conflictos no resueltos a los que el recuerdo sigue poniendo apellidos. Conseguidas monedas y billetes es ahora otro el recuento, otros sueños son hoy pesadillas, examen inclemente del tiempo a navaja y sin bálsamo. Los vapores del alcohol encienden pasiones tampoco resueltas al subir a un andén determinado. Castañón habla de pasiones, eternas e inolvidables, por mucho que te adecenten la chaqueta o cepillen con mucho protocolo el abrigo de piel de camello. Su novelística es muda permanente, cambio eufórico, todo lo que hacemos y no por una vida mejor, movimiento por tanto, pero también eso fijo e inamovible, inmutable, de quiénes somos debido a nuestros orígenes, cuanto es inmutable por consanguíneo y vive adentro, a veces dormido, fiera siempre al despertar de golpe.

Lecturas románticas, mitomanías de Flaubert, folletines de Rafael Pérez y Perez, tés y calmas en dorados cafés de antaño (Dindurra), burguesía en las mejores furias industriales paseando su orgullo por las calles principales (Corrida), penaltis que llegan en forma de embarazos no deseados y ese mundo de la honra, del honor, de las peores certezas, sí, cuando realidad y deseo van por sendas contrarias. El mundo de Castañón es muy físico, mucha imagen, y violento, y palizas y arrebatos con la foto fija del relámpago inesperado. No es una escritora cursi y conoce, por su formación histórica, cada una de las rebanadas de la pena, cortadas a lonchas sobre el mantel a cuadros del pobre. Me gustan sus frisos en clases sociales, su arquitectura de personajes donde el progreso moral no es personal y viceversa, sus ecuaciones en mixtura sabrosa y picantona, donde ningún muro visible separa a la persona de su prójimo. Sus palabras, en Gijón o en el Trópico, están repletas de la turbamulta de calles llenas de risa donde la vida, lenta, late en torrente por las venas, supura por las heridas, pide a gritos lo que debe ser vivido. Su canto, junto a la farola siempre encendida, advierte del deber de salvarse, personal y públicamente, caídas las máscaras por un ejercicio de construcción propia, sin engañarse. ¿Novela de tesis? En absoluto. El espejo en el camino de Stendhal, magistrales crónicas, todo muy físico en el rodillo de las letras de imprenta (pavo trufado y gallina en gelatina, pastel de capón y lechón relleno, lengua a la escarlata y jamón dulce, botellas de Clicquot y Piper Americain, Pommery, Cordon Rouge, Moet Chandon… dorados festines de Casa Rato). Su mundo es el de las lupas: lo pequeño en Castañón es grande, y así narra por escenas, donde todo lo grande es en realidad muy pequeño, lo suficiente para que seas alguien y no una piltrafa.

¿Lo más suculento? El gran mundo de los atracos, de los primeros locos siempre escurridizos a la sombra de Durruti (Milio, El Gatu), de los sindicatos ilegales y verdugos oficiales (el de la Audiencia de Barcelona) pasados a cuchillo por ellos. Ese ideario Internacional Comunista donde el anarquismo radical tropieza y todo es perfume a legalidad o ilegalidad, a tolerancia o repudio, a clandestinidad o ideología manifiesta. A ardor revolucionario enfrentado al poder, sí, y una Solidaridad Obrera o Sindicato Metalúrgico, tan en la linde del peligro y de los estudios universitarios, ese futuro del triunfo bajo interrogantes como palios. Tiempo de camaleones, el de la narrativa de Laura Castañón, vida y memoria, naufragios preñados de muerte y refugios donde es preciso dar marcha atrás para corregirse. Espejismos de otro tiempo a orillas del presente, donde las mejores huidas no tienen sitio y todos los fantasmas contagian alguna enfermedad letal. Laura Castañón sabe de qué va eso de la vida, su selección natural es prosa bella, rica, meditada, masticada, nutricia, y en sus crestas el viaje es reflexión, y la redención separa lo normal de lo extraordinario, y la culpa entonces, antes y después, es el único vector a tenerse en cuenta. Lo dicho: auténtico milagro éste de una escritora que escribe con todo el cuerpo, ajena a telegramas narrativos, en la fiesta de un idioma fulminante tan cercano a la leyenda, orla y palco del ayer. Sus libros son grandes porque, en plena borrachera de palabras, son convivencia pura y, bajo la resaca limpia de ésta, algo más importante, búsqueda de concordia y acuerdo, ajena siempre a rencor o resentimiento. La misma pulsión que en García Márquez: el hombre contra su destino.

Diego Medrano

Escritor

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