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DOS CRIMINALES

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 04 de agosto de 2008, 20:29h
Casi se podrían haber cruzado por el camino. Con una diferencia de muy pocos días, cada uno de esos dos criminales, más parecidos de lo que pudiera pensarse, hacía un viaje muy distinto a sendos y muy diferentes destinos. Uno de ellos, el serbio-bosnio, era conducido a la fuerza ante el tribunal que debe juzgarle como inspirador del genocidio más terrible que ha presenciado el mundo desde los jemeres rojos y Europa desde el nazismo. El otro, el vasco, se trasladaba, libre y con sus amigos, hasta una de las ciudades más bellas de España, después de haber logrado que los 3000 años de prisión que le impuso un tribunal por sus veinticinco asesinatos y otras fechorías quedaran reducidos a poco más de veinte años. Y ello gracias al garantismo buenista de un sistema penal y penitenciario, más preocupado por los derechos de los criminales que por los de las víctimas y los de los ciudadanos en general. A ninguno de los dos, ni al genocida ni al asesino en serie, se les ha oído una sola palabra de arrepentimiento ni la más exigua petición de perdón. En plena lógica, por supuesto, con su peculiar manera de pensar, con sus respectivas ideologías, lejanas, quizás en el espacio, pero no en las neuronas Ideologías tan próximas entre sí que pueden considerarse como dos versiones de una misma visión del mundo: la que se nutre de un mismo nacionalismo excluyente, radical y asesino.

Ni en el uno ni en el otro se percibe el menor atisbo de culpabilidad, porque se sienten absolutamente justificados, legitimados, para asesinar a uno, a veinticinco o a muchos miles y a producir dolor y sufrimiento a muchos más. El número no importa o quizás sí: a mayor número de muertes más mérito porque se elimina a más enemigos y así de despeja el camino para llegar cuanto antes a ese futuro anhelado y sonriente, a esa patria inventada y al fin conseguida en la que nadie discrepe, todos piensen de la misma manera y, si es necesario, todos desfilen al paso de la oca. Nunca han conversado entre sí –supongo- estos dos criminales, pero uno y otro son adictos de la “limpieza étnica”; su sueño añorado es que en su tierra –para la que reclaman un exclusivo derecho de propiedad- no quede nadie que no sea “de los suyos”. Una peculiar limpieza étnica porque su proyecto criminal incluye también el asesinato de aquellos miembros de su propio pueblo, serbios o vascos, que no compartan la vesania nacionalista. Cualquier aberración es válida porque la hacen en nombre y al servicio de su “causa nacional”, que no sólo les absuelve de todos los horrores, sino que les convierte en héroes, merecedores de loas y honores por parte de quienes forman parte activa de su mafiosa bandería o la apoyan desde fuera, con entusiasmo o con un repugnante despliegue de hipocresía.

Ciertamente no están solos estos dos criminales. Se sienten acompañados y perciben la solidaridad y hasta una cierta adhesión inquebrantable de muchos más. Muchos más, representados por todos esos que se han echado a las calles de Belgrado para protestar por la entrega del genocida o los que se han reunido en San Sebastián para dar la bienvenida al asesino en serie. Ninguno de ellos, ni los que se han manifestado en las calles (reprimidos por la policía serbia y casi protegidos por la vasca) ni los que, cobarde o hipócritamente se han quedado en sus madrigueras, particulares u oficiales, sienten el menor atisbo de vergüenza. Esos criminales son héroes que se merecen lo mejor. Son todo un ejemplo. Pero, a partir de aquí, hay una profunda diferencia entre los dos casos. Serbia casi acaba de salir de una dictadura y está haciendo esfuerzos estimables `para acercarse a Europa y hasta ha encajado como ha podido la independencia -en nombre de otro nacionalismo no menos violento y bajo la protección de las grandes potencias- de una de sus provincias. El genocida estaba reclamado por el Tribunal Penal Internacional creado ad hoc en La Haya, desde 1996 y el actual gobierno serbio venciendo enormes resistencias ha acabado por entregarle. La entrega del genocida es una muestra de que el Estado de Derecho se va consolidando en Serbia. Por el contrario, todo lo que ha ocurrido en torno al asesino en serie, todo lo que ha ocurrido y ocurre en esa parte de España que es el País Vasco, con la connivencia del gobierno regional y, en ocasiones también con la del gobierno central, demuestra, por el contrario, que el Estado de Derecho se está allí deteriorando gravemente. Aunque ¿ha existido allí alguna vez Estado de Derecho? Casi sin solución de continuidad se ha pasado del estado de excepción impuesto por el franquismo al que ha establecido el nacionalismo excluyente en sus diferentes variantes. Pero todo vale en nombre de la sacrosanta causa nacional.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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