Querido Pablo Iglesias Turrión: no puedes ser vicepresidente del Gobierno. Te lo explican a doble espacio, todo seguido, pero parece que no te enteras. Te lo cuenta la derecha y la izquierda, eliges vivir ajeno a los datos, cuando el periodismo de datos, la política de datos, es el futuro, por encima de aquel otro de clics digitales (el dato salta antes, serían algo así como la rana y el tigre, la rana salta antes y aquí el caso es siempre cotizar la atención). No, no y no, ni vicepresidente ni ministros. Adriana Lastra, con su cazadorita vaquera, te lo explicó muy tranquila: “Un gobierno de Coalición, con ministras y vicepresidentes, exigiría mayoría, que las dos fuerzas en suma llegasen a la mayoría, asunto que no se da”. Necesitáis una tercera fuerza y, en el reparto de ministros y vicepresidentes, claro, por supuesto, puede quedar el futuro Gobierno escabechado con los cortes, lo mejor es no empezar a partir la tarta de primeras.
Sigues erre que erre, coño. Ministros y vicepresidente, que no, Pablo, es imposible. Desde que conociste a Luis María Anson cuentan que te calificas de modo curioso: “El Don Juan de Podemos”. Olé tu taleguilla, manchada de sangre a toro pasado, porque mira que tuviste años para informarte de quién fue el Borbón auténtico. Te levantas pronto para leer, vale, sobre las seis de la mañana, luego los cincuenta kilómetros hasta Madrid desde el casoplón de los cien kilos, que es un rollo, te entiendo, y andas algo pálido, mustio por el calor. ¿La solución? Visita, Pablo, Pablito, Pablete, el Savoy de José Luis Alvite. El maestro de periodistas ya no está con nosotros pero el Savoy, como Macondo, puede visitarse en cualquier momento, si te empeñas, porque las palabras construyen la realidad, al modo de Chomsky: abrir esa puerta siempre será posible, y quedarse, si la dicha es buena, miel sobre hojuelas. ¿Qué hay hoy en el Savoy?
En nuestro amado garito, entrañable lupanar, hay lo que hubo siempre, Pablete. Bajo la boina de humo encontrarás tipos bregados en la vida capaces de afeitarse con el mechero. Orquestas afinadas con una granada de mano que mejoran lo suyo cuando se escucha al fondo la cisterna del retrete. Putas o lumis que, ante el horror de lo parido bajo la barra, no saben si arrojar el bebé o la placenta a la basura. Delincuentes que, por eso de haber perdido mucha vista, en las persecuciones policiales corren en sentido contrario a refugiarse en la comisaria. ¿Qué más? ¿Qué más? Déjame que piense. El Savoy es empaque de tipos duros cuyas manos servirían para encuadernar algún cadáver. Periodistas cirróticos y suicidas hacen gárgaras de orina a la hora de lavarse los dientes. Yonquis varios sobreviven a su propia saliva. Hay pianistas que, tras haberse metido de todo, cuando van al váter es como si measen las llaves del coche. Mucho bourbon, güisqui en copa de balón, bebido antes de que se pudra el vaso. Vírgenes de Murillo, piernas cruzadas y mucho rojo con brocha en los labios, pintadas con espermicida insolente por los taburetes. Niñitas a las que el traje de comunión les queda como un biombo. Tipos de paso con la locura en el rostro y una maleta coja en cada mano.
No hay ministros, Don Juan. Visita, te lo ruego, el Savoy: el chalé de los cien kilos, con garita de seguridad a la puerta, junto al blindaje del Congreso, coche oficial antes o después, te quita barro de las ruedas. En el Savoy encontrarás viejas –todas madres- a las que al amanecer les cacarea algo la vagina pero todavía invitan a los foráneos que traen un mar blanco inocente en la pupila. Encontrarás algún golfo espléndido, criado en los saloncitos de las viviendas sociales, en ese ambiente como si fuera a pasar un autobús para la cárcel de un momento a otro. El único secreto para no cambiar, Pablo, es no perder la calle. La izquierda con pedigrí –bien lo sabes- se hizo de derechas al pisar moqueta y querer pasta larga para gastar. Se perdió por el deseo y no por la necesidad, algo muy complejo de explicar, quisieron ser más ricos cuando ya lo eran pero no lo sabían.
“Informados de todo y sin enterarnos de nada”, dice el sabio Miguel Ángel Aguilar, así vivimos. Entérate, Pablo, no puede haber ministros ni vicepresidente, porque los números no dan, y la única forma de volver a ser el que fuiste es visitar el Savoy sin hora ni guardaespaldas. En estos sitios se ha de llevar el reloj de cuco entre las piernas. Ojalá podamos vernos, brindar por los niños recién llegados, una botella de champán por Errejón, otra por Bescansa, la tercera por Luis Alegre, la cuarta por Monedero, la quinta por Echenique. Los defenestrados serán tragos y nosotros cantaremos hasta el atardecer a ritmo de Hugo Chávez e Irán. Es verano, Pablete, el lugar de todas las posibilidades, y el mejor de todos los posibles, porque en el Savoy no saben lo que es el cierre. Allí te espero.