La vida, que se manifiesta en esa misteriosa chispa de interrupción de la eternidad y la nada, es una entidad cuyo fin último, aunque fracasado individualmente, parece ser la propia persistencia, de ahí que todo ser vivo, el ser humano también, tenga grabado en su esencia, indeleblemente, que, no se sabe por que, ni para que, se existe para existir y seguir creando vida.
Y para el cumplimiento y cuidado de ese mandato posee o es poseído por los instintos de reproducción, alimentación y defensa, “impulsos naturales, interiores e irracionales, que provocan acciones o sentimientos sin que se tenga conciencia de la razón a la que obedecen”. Y solamente algunos individuos, en rarísimas ocasiones, son capaces de anteponer, a ellos, heroicamente, motivos morales adquiridos. También otros animales. Sorprendente comportamiento que parece apuntar a una misteriosa querencia mas elevada.
Pero bajando a la tierra. Para su nutrición, el ser humano, desde sus albores, se ha conducido exactamente igual que los demás animales, se ha alimentado comiendose a los otros seres vivos. Y ha comido y come de todo, menos de lo que suexperiencia le ha descubierto como perjudicial. Ha sido y sigue siendo, como los demás carnívoros, un animal carroñero que no desprecia devorar a otros seres que conservan, durante el acto de ser comidos, su forma y componentes, sangre, nervios, piel, músculos y huesos. Su evolución, en este sentido, ha sido escasa.
Los tiempos y situaciones de penuria, que son la historia de la humanidad, han aguzado su ingenio para manipular todo lo comestible, descubriendo técnicas de conservación y mejorando sabores y texturas, para que todos aquellos alimentos, que nos puedan aportar nutrientes, estén en condiciones de ser consumidos durante mucho tiempo y con el máximo placer. Es la ciencia de la gastronomía, que ha logrado hacer una fiesta de cada comida y que no haya fiesta sin su comida.
Pero ahora asistimos, como en tantas cosas, a una evolución acelerada de esta ciencia, que parece llevarnos a consumir los nutrientes que nos son necesarios con una apariencia que habrá perdido, totalmente, la referencia a aquellos seres vivos de los que proceden. Digo acelerada pues gran parte de ellos los consumimos, ya, así.
La avanzadilla de la alta gastronomía tira de esta tendencia y nos ofrece celebradas conquistas de los talentosos chefs que nos ponen en los platos atractivas creaciones, en colores y texturas, de manjares que ocultan su procedencia. No faltan, ante esto, las quejas de los anclados en los atavismos carroñeros de hurgar entre los huesos y espinas que se quejan, precisamente, de que “no saben lo que están comiendo”.
Parte de la industria alimenticia parece dispuesta a aprovechar esta querencia por aferrarse al pasado y se ha metido en los laboratorios a producir alimentos que, aunque partiendo de nutrientes saludables, guarden, todavía, esa apariencia de ser “naturales”: La famosa hamburguesa de laboratorio. Y aun parece que algunos vayan en sentido contrario, si observamos como lo artesanal y lo casero conservan y hasta aumentan su enorme prestigio.
Pero amigos, yo creo que el futuro no va por ahí y la tendencia parece ser clara, aunque la humanidad se comporte, en esto, como en tantas cosas, como un buque de enorme tonelaje, que necesita mucho tiempo y espacio para materializar las ordenes de maniobra que recibe del puente de mando desde donde el rumbo está, ya, fijado.
Parece absurdo que cuando ya se conocen, científicamente, los nutrientes que debemos consumir y sus cantidades para tener una vida sana y duradera, nos comportemos como ciegos sin lazarillo y hagamos lo contrario de lo que nuestra salud necesita atendiendo recomendaciones de cualquiera. Quizá, todavía, pase mucho tiempo en estas incertidumbres; pero acabaremos comiendo como astronautas, comida preparada higiénicamente, industrialmente, y solo aquello que la ciencia dietética nos recomiende como sano y con aportes necesarios para nuestra salud y ateniéndonos a las cantidades y calorías recomendadas.
Y, amigos, habrá que buscar la diversión en otra parte.