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TRIBUNA

El juego de los abalorios

domingo 04 de agosto de 2019, 19:31h

Entre las demasiadas cosas que le debo a Jorge Luis Borges, está El juego de los abalorios de Herman Hesse, una novela ambientada en el futuro; digamos en el siglo XXV o XXVI (dos mil años después de la existencia de Benito de Nursia, el monje cristiano iniciador de la vida monástica, fundador de la “orden de los benedictinos” y de la “Santa Regla”, considerado patrón de Europa y patriarca del monacato occidental, que sirviera de inspiración para muchas otras comunidades religiosas, acaso como sucede con la imaginada por Hesse, menos práctica que ideal). Aclaremos, además, que abalorios es una preciosa y antiquísima palabra de la lengua castellana, que viene del sanscrito vaidurya y luego pasó al griego como beryllos, cuyo significado es brillo o billauri; es decir, el brillo que reluce a través de un cristal. Desde el siglo XV abalorios abarca el generoso repertorio de adornos de las mujeres y forma parte del codiciado reino de las joyas y las fantasías; esto que nuestro tiempo llama bisutería.

Decía que gracias a Borges tuve la fortuna de acceder a esta apócrifa biografía de José Knecht, el “magister ludi” que encarna esta metáfora a medio camino entre la utopía y la distopía que, a fin de cuentas, fue la premonición que Hermann Hesse realizó sobre un porvenir del planeta que, mal que nos pese ahora, abrumados de tecnología y cibernética, es en cierto modo nuestro presente.

Knecht, el personaje de la novela de Hesse es el antagonista del hombre típico y triunfante de nuestro tiempo; es alguien que renuncia a su personalidad, a la ambición y a los bienes materiales. Su libertad individual disminuye en la medida en que se agranda su autoridad, ya que ésta, más que licencias y derechos, involucra responsabilidades y deberes. En esa “provincia pedagógica” que Hesse llama Castalia y que habitan los integrantes de una Orden cuasi monástica dedicados a toda suerte de estudios, no existen lazos de familia, ni honores, ni bienes materiales. Se busca la perfección del espíritu y del alma en el estudio y la meditación, no tanto en beneficio propio como por vocación y en bien del mundo exterior que, en su afán de “vivir una vida, de progreso y de comodidades”, ha dejado de prestar atención a los problemas fundamentales de la existencia; a tal punto que si el pensamiento carece de pureza y ya no se venera el espíritu, todos los mecanismos de la vida material se tambalean y la autoridad, o la lógica, como la matemática sin principios éticos de los mercaderes, marchará hacia el caos. Penetrar en ese cosmos de Castalia, en ese fabuloso territorio donde la razón recupera el sentido de la existencia, fue uno de los viajes imaginarios más memorables que yo haya realizado en mi vida. Algo similar, me confesó Borges, le había sucedido a él cuando lo leyó en Madrid, en la década de 1920, a sugerencias de don Rafael Cansinos-Asséns, que mentaba como su maestro.

En esta obra de Hermann Hesse, nos encontramos, además, con el anhelo del propio autor en la busca de una manera de integrar el todo en un simple algo de perfección o aproximación al ideal de una sociedad; en esta ocasión se brinda a través de un juego en el que caben los conocimientos científicos, culturales, musicales y de todo tipo ya que todo puede ser traducido al lenguaje de esta recreación. En cierto modo se recupera la idea de que todo es un juego que los hombres jugamos con la seriedad con que juegan los niños. La novela, que está situada temporalmente en el lejanísimo año 2.400 se desarrolla, como ya he señalado, en la utópica Castalia, la gran fuente del conocimiento y la cuna del mentado juego, en la que solo se entra por selección; algo que se lleva a cabo mediante un meticuloso seguimiento de todos los niños para descubrir a aquellos talentos excepcionales que merecen dicho honor.

Castalia, no obstante, se está reacomodando todo el tiempo en su elitista y ficticio mundo y supone un gasto cuantioso para el Estado, lo que lleva al protagonista de la obra a reflexionar sobre la legitimidad de dicho lugar, así como de sus normas y a contrastar su experiencia con gente del “mundo real”, especialmente con aquellos que acuden como oyentes a la utópica ciudad que, sin embargo, tienen vida y presencia fuera de allí, entre los cuales encontrará su verdadero contrapunto, algo que le marcará de por vida y que estará siempre ligado a su destino.

La lectura de El juego de los abalorios me llevó inevitablemente a establecer una relación con la Argentina, mi empeñado país del eterno retorno, siempre para mal, por supuesto; también a reflexionar con Borges sobre un camino de desencuentros y falta de orden, sin derrotero común, donde la decadencia se ha instalado y parece eterna. ¡Qué bien nos vendría un idealista con el sentido común de José Knecht, el “magister ludi” de la novela de Hermann Hesse! Sobre todo en estos tiempos y en esta patria de la “distopía o la cacotopía”, términos antónimos de “utopía”, que significan más bien -y en definitiva- una pésima forma de “utopía negativa”, donde la realidad transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad ideal, representando ahora una sociedad hipotética; en nuestro caso con dirigentes indeseables y mediocres.

Por aquella época tradujimos con Borges, a pedido del artista plástico Pablo Edelstein, muchos poemas de Hermann Hesse, que fueron publicados en una edición especial con ilustraciones de Pablo. La traducción y la lectura de El juego de los abalorios fue mi deleite durante un saludable largo tiempo. “Es un libro para leer en el invierno”, recuerdo haber sido advertido por Borges cuando me obsequió aquel magnífico volumen que enriquecía su selecta biblioteca (que, como se jactó alguna vez el general San Martín, no pasaba de los trescientos ejemplares rigurosamente escogidos). Pues bien, siguiendo su consejo, yo abordé las páginas del precioso libro en un lluvioso invierno porteño y quedé atrapado por su lectura a la que, día a día, encaminaba mis ojos durante las quietas semanas que invertí. Era la época en la que colaboraba con el incomparable y prodigioso Borges y recuerdo también que cada mañana le hacía un comentario de mi lectura del día anterior; en ocasiones, el poeta me pedía que le leyera algún capítulo y abonado con su sabio parecer mi interés y deslumbramiento por El juego de los abalorios iba en aumento.

Han pasado más de cuarenta años y todavía releo cada tanto algunas páginas de la novela que me hace sentir parte de aquella profecía de Hermann Hesse y de su alter ego el “magister ludi” José Knecht. También del no menos formidable utopista Jorge Luis Borges.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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