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TRIBUNA

Las dos caras de una misma moneda

sábado 10 de agosto de 2019, 19:39h

El dilatado vocabulario y la exuberancia verbal, junto al tratamiento psicológico de los personajes y la acumulación de voces técnicas, hicieron que la gente encontrara en William Shakespeare una suerte de polímata o demiurgo muy cercano a Aristóteles o a Plinio. Esencialmente poeta (se rescataron de él ciento cincuenta y cuatros sonetos de los cuales cuarenta y ocho fueron traducidos con maestría por Manuel Mujica Lainez), a Shakespeare lo movía el estímulo de las tablas y el objetivo de la mayoría de sus dramas era una crítica al poder; es decir, mostrar las despiadadas intolerancias del manejo político, que en todas las épocas ha sido sibilino y se centra en el propio interés. Rotunda forma que los antropólogos, anteponiendo siglos de por medio, atribuyen a una peculiaridad ancestral proveniente del homo sapiens; aunque también podemos incluir al hombre de cromagnon. En toda manada de lobos hay una jerarquía, muy parecida a la tribu humana, que fue estudiada por Lévy Strauss en su enfoque estructuralista de las ciencias sociales. Existe, además, la comprobada teoría de que el hombre ha sido desde siempre “un lobo para el hombre” (el homo homini lupus, tratado de un modo burlesco por Plauto en sus piezas).

Ahora bien, si hay siempre una intención de dominio en la camada de lobos y de hombres, ¿dónde reside entonces la peculiar característica de este poder como tal? El genio de Shakespeare puso al descubierto ese lado oscuro de la naturaleza humana, tan propensa a la desmesura. Los atávicos instintos, la ambición y la hipocresía, hicieron por su parte lo suyo, marcando la diferencia y relación del hombre respecto del lobo. Así lo veía también, casi desde un mismo enfoque, hace más de dos mil quinientos años Sófocles en su Antígona, que consideraba “imposible conocer el alma, los sentimientos y el pensamiento de ningún hombre hasta que no se haya visto en la aplicación de las leyes y en el ejercicio del poder”.

Como nada es nuevo bajo el sol y la naturaleza humana es la misma en aquellos tiempos que en estos, el fastidioso asunto encaja en la decadente situación por la que atraviesa la Argentina, una nación cada vez más defraudada por su dirigencia política, que en su afán personalista de poder descuida o poco tiene en cuenta cualquier principio ético o moral. Sorprende, por consiguiente, la permanente descalificación que los adherentes de cada bando utilizan para hablar de sus contrincantes; una forma de cuasi terrorismo verbal llano, sin ningún talento ni sarcasmo, que vulgarmente anuncia el pánico ante el posible triunfo del opositor que, por su misma condición, se manifiesta como un enemigo acérrimo.

Hay así una oposición que denuncia, acaso de manera exagerada, que si los que gobiernan son reelegidos van a implementar ahora el plan de exterminio que impulsara en sus fatídicos días la dictadura militar de la década del 70’. No faltan argumentos para elaborar esta teoría, pues el propio presidente, de un modo exaltado, acentúa en sus discursos que si ganan ellos “se seguirá haciendo lo mismo que ya se hizo, pero más rápido”. A esta amenaza, el oficialismo agrega el fantasma de que si vuelven los otros van a llevarnos a la situación de Venezuela. Ambos grupos, con la respectiva vehemencia atribuyen al otro “la mentira y el odio” como inmovilidad de cambio. Muchos justifican que en política vale cualquier ofensa u oprobio; lo cual no es cierto.

De esta manera, como en los dramas de Shakespeare, la contienda que se ha establecido se caracteriza, de manera unánime en el miedo al otro; una actitud de pánico mucho más intensa que la confianza en cualquier propuesta propia. No caben dudas de que atravesamos una verdadera decadencia con un corsi e recorsi (un eterno retorno), o una idéntica película que venimos viendo desde hace décadas. En este caso ni el ingeniero Mauricio Macri ni la doctora Cristina Kirchner, justifican la comprensión que todavía le dedican los ciudadanos de a pie, convocados a votar este domingo bajo una proclama menos explicable en la amenaza y la calumnia, pero menos aún en la fe de propuestas claras que saquen al país de la pobreza, con índices del 34 por ciento y del derrumbe económico al que la precipitaron ambos contendientes.

Lo más penoso es que hay demasiada gente que por desgracia parece no contar para la dirigencia política y que, al margen de la visible polarización que han instaurado, sufre ante la destrucción del empleo, la altísima inflación y la caída de todos los índices económicos. Se ha llegado así a lo que podemos definir como un exceso de pasión de ambas partes, con carencia casi absoluta de razón e indiferencia. Todo comparable a dos hinchadas de barrabravas de fútbol que defienden a ultranza y enceguecidos los colores de sus equipos. En este sendero transitan los argentinos que deben optar entre dos fracasos con la resignación de los que asumen la agonía de una ilusión ante la enfermedad que parece incurable.

Melancólico presente con borroso mañana, siempre resignados a los menos malos que ya se mezclan en su misma tinta con los peores. Eso sí, una salida coherente y beneficiosa para todos, ni siquiera se vislumbra. Se diluye una tercera vía posible, y al parecer se seguirá siempre con los de siempre, ya que por alguno hay que decidirse, en especial cuando el interés electoral se potencializa por sobre todo y cuando el interés especulativo destruye día a día a la endeble sustentabilidad del devaluado país atado con alambres.

Un capitalismo serio exige dirigentes capacitados y una burguesía industrial que brinde trabajo y reanime un mercado interno; por el contrario, cuando se imponen los traficantes de la intermediación, con el juego de intereses especulativos y la fuga de capitales, se desprotege a los que producen y se concluye ocupando el deplorable lugar de la colonia.

Este domingo en las PASO (primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias) se dará la repetición de la ilusoria batalla por el presente y la esperanza, o si se sigue en el pasado, tan acomodaticio y común a dirigentes políticos oficialistas u opositores. Algunos sostienen que Macri no carece de un cierto talento, ya que habiendo dañado tanto a la sociedad sigue siendo todavía una opción electoral. Otros piensan que tuvo que ser muy torpe para que luego de más de tres años de gobierno, terminará devolviéndole el poder a la doctora Kirchner, que después de la derrota del 2015 se había retirado a cuarteles de invierno, sin ninguna posibilidad política en el futuro, que no fuera la frecuentación de audiencias en los Tribunales por hechos de corrupción en su gobierno.

Casi no es necesario recordar que el ingeniero Macri, con sus juveniles huestes de estrategas que lo manejan, debió recurrir a un esmerado oportunista para que lo acompañe como vicepresidente y, a su vez, la impetuosa doctora a un tibio candidato a presidente que fue recrudecidamente crítico de su gestión. Birlibirloque o vulgar timo en la dimensión de una crisis casi arrasadora, pero quizá insuficiente para el escepticismo reinante. Macri deberá mostrar que lo de Pichetto, su compañero de fórmula, es un cambio real y no una mera justificación de sus errores políticos; tema enojoso y arduo. En tanto Alberto Fernández, debe convencer que su camino está más cerca del peronismo de los gobernadores y los sindicalistas, que doblegado a la demencia de algunos sectores de la pretendida zurda telúrica, cuya ocupación principal es espantar votantes. Lo cierto es que Cristina Kirchner no es tan de izquierda con riesgos de convertirnos en Venezuela, mientras que Macri, poco de casi nada, terminó siendo un empresario pro financista, contrario al industrialismo, que difícilmente le ayude a consolidar su mediocre propuesta política en el sector del cual proviene.

Los más empeñosos y todavía devotos de la Patria, creemos que es imprescindible recuperar un rumbo como nación. Algo que no es tarea de economistas, encuestadores o asesores extranjeros de imagen, sino de confianza en una forma de unidad. Mientras esto no se haga, seguirá en alza la deleznable pobreza que cada día es más miseria. Necesitamos convocarnos en un encuentro con trabajadores, sectores políticos y sindicales, con los pocos empresarios nacionales productivos que sobreviven, unidos al sector agropecuario, al de sindicalistas y gobernadores, y gestar juntos un nuevo proyecto de sociedad. Pero claro, aún no resulta fácil soñar con un diálogo entre el ingeniero y el profesor. Sólo queda la esperanza de que aquel que gane convoque al derrotado, el mismo candidato o quien fuera que pueda representar al sector. No podemos continuar con esta brutal caída porque se nos termina el país.

Habrá que encontrar una síntesis, algún sendero de políticas comunes. Con el miedo al otro no se saca adelante un país ni se construye una democracia; aunque el miedo al otro sea mucho más intenso que la fe en la propia propuesta. Atravesamos una verdadera decadencia y somos los ciudadanos de a pie quienes pedimos una explicación. Ni la doctora Kirchner ni el ingeniero Macri ni el profesor Fernández justifican que les sigamos depositando confianza. ¿Pero hay otro camino? Quizá lo fundamental es salir del odio y entrar en razón.

Vuelvo al inmortal Shakespeare. El rey Lear, ya muy viejo, con la idea de poder vivir tranquilo sus últimos días, decidió dejar el trono a sus tres hijas; pero se dará cuenta pronto que tentadas por el poder, las chicas lo abandonan y cada cual hace la suya; sólo algunos fieles seguirán acompañándolo. El reflexivo Macbeth, por su parte, en otra de las famosas obras del genio de Stratford-upon-Avon, viendo cumplida la profecía de las brujas, empieza a ambicionar el trono y escribe una carta a su esposa explicándole sus propósitos. Al leerla, Lady Macbeth concibe la macabra idea de asesinar a Duncan para lograr que su marido llegue a ser rey. De improviso se presenta Macbeth en el castillo, así como se difunde la noticia de que Duncan va a pasar allí la noche. Lady Macbeth le expone sus planes. Macbeth duda, pero su esposa le inculca cizañas, estimulando su ambición. El resultado es que todo concluye en un espantoso drama. Será acaso un paradigma de nuestro destino como país, representado por dos caras de una misma moneda. Ojalá esta elección preliminar sirvan para decantar una vía de entendimiento.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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