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En Valencia de Don Juan al raso

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 20 de agosto de 2019, 20:15h

No soy nada sin vosotros, queridos lectores, y tantos mensajes y flores húmedas por las redes sociales –quede claro- no puedo recibir. Estoy aquí, en el León profundo, austero y tan próximo a Delibes y Gamoneda, jamás cazurro, en linde exacta con Pedro Cuartango –Burgos y limítrofes- que no sé ahora por dónde andan desde El Comunista de Agustín Figueroa, los lunes, junto a Chueca. Aquí, al pairo, al raso, en Valencia de Don Juan –siempre con mayúscula- vi a al último bohemio del periodismo español, Faustino Fernández Álvarez –en La Razón de Vila y Anson- junto a José Oneto, Pepe Oneto, siempre detrás de Anson, con el impulso de los Lara, que tenía que ser el chico director de la cosa, y jamás le recibió, así es Luis María, el sable por delante con cuidado de que no te caiga en la jeta, ningún titubeo en el movimiento, moro y radical, seguro y certero, siempre obrero, ni flequillo ni hora antes y después del helado.

Parpadeaba en Valencia de Don Juan –junto al vino de la tierra, el Prieto Picudo ascendente a la gloria-, siempre resacoso, y aparecía en orgías muy suyas Aznar, Álvarez Cascos, ahora Cherines (la asturiana) que sigue retando a Casado y lo tolera, a ver cuándo la fulmina a la manera antigua, como las gallinas, donde sigue el espectro corriendo sin cabeza, el hacha frescas y brilante. Lo que os decía, queridos lectores, por allí había viejos periodistas de la vida y la barba, la botella de güisqui y la voluntad, el insomnio y la gloria, sacaban de ahí el porvenir. La Razón –bajo Vila y Anson- tenía aquellos bohemios en el martirologio explícito de la pluma: Faustino Fernández Álvarez, antes, en lo ya dicho, y José Luis Alvite, del que nadie se acuerda, sin el flequillo de la pasta gansa como Oneto, solo enfrentados al folio y ningún mamoneo/baboseo socialista. Vi a muchos políticos ebrios en mi tierra leonesa –la de Azorín y el nacimiento exacto de Paco Umbral, según Ana Caballé, en la Calle Maravillas de Valladolid, después Valladolid y todo ese horror- pero esta tierra recia me liga a la austeridad y toda la Generación del 98 –también en mayúsculas- sin ningún flequillo de Pepe Oneto, vaya por Dios, ajeno a la dirección de La Razón, en tiempos de Vila y Anson.

Era, tierra castellana, austeridad, mucho más, eso ajeno invisible a todas las miles cuando todo Cristo se creía millonario en este país: el 98 tenía claro que no había un duro, los demás lo olvidaron. Me baño en la piscina, pido otro vino de la tierra, no salgo por las noches, leo hasta la madrugada como hace Graciano García (viejo periodista, inventor de la Fundación Princesa de Asturias, antes de dejar el Bacardí y aquellas cosas tan locas). ¿España sin Castilla? El personal, al sesgo, fue y va de “sobrado”, la agricultura enseña a guardar la cosecha, a medir los tiempos, a no ser arrogante, “paciencia y barajar” dijo Cela hasta que se murió, tan castellano y Nobel (“guarda para cuando no tengas”, te dicen en cualquier barra). ¿Cuál es la España actual? Envejecimiento, despoblación, pocas oportunidades para el flequillo loco/a de Oneto, cero contratos blindados, el brindis págatelo tú, guapo, o no lo pidas, que es lo más barato, no sé para qué te andas con estas milongas a lo Julio Iglesias.

Fausto, Faustino Fernández Álvarez, construyó desde Valencia de Don Juan todo su mundo, mucha escritura, algo de güisqui, la paz de la palabra y la poesía entera, el maestro absoluto en unir dos palabras que jamás estuvieron juntas, la orden de Valle Inclán y Cela, jamás una fisura en esa voluntad. ¿Sonríe la belleza desde Valencia de Don Juan? Los campos de Castilla –desde Machado o Azorín- te dicen, te advierten de la humildad deliciosa. ¿Seguís queriendo más? No, la crisis dijo no más. Vi a Cándido –periodista de la sorpresa, jamás en podio alguno- por Valencia de Don Juan; vi a Cela y a Delibes, vi a Gamoneda y a todos los de León con su dureza obrera –Julio Llamazares, José María Merino, Luis Mateo Díez y su hijo subnormal o por ahí- junto a mis viejos y nuevos amigos: Rafa Saravia en lo mejor del Club Leteo, Paul Auster y más arriba con sus premios, Mircea Carteruscu, mil más que no lee ni el vecino solitario.

León, sí, Valencia de Don Juan, la sobriedad/austeridad siempre en débito con respecto a España: ya no hay nuevos ricos, toca currar sin jubilación al horizonte; toca ser feliz con menos, envejecimiento y despoblación donde mires. Decía Álvaro Pombo: “Salgo en mi barrio madrileño, Argüelles, y solo veo jubilados”. Castilla es la esencia española: el mar va por dentro, el amarillo externo te enseña algo del infierno, existe la escritura diaria de periodistas tan honrados como Faustino Fernández Álvarez que jamás pidieron al presente promesa alguna. Mi tío César Marcos me regala una empanada –que jamás me regaló nada-, discuto con mi madre –muchas menos fuerzas que antaño, 41 tacos marca el DNI- y con mi mujer, Lucía, sigo al sol negro de nuestra bohemia sin ingresos tan divertida con toalla limpia. Mis primos tienen hijos: Álvaro (dos) y Rodrigo (uno) y más (que no conozco). Lo cantaba Nacho Vegas (faldones completos en El País): “Puede uno no saber adónde va pero no de dónde viene”. Bebo vino, me cuentan mentiras respecto a la presentación que quieren que haga de Miguel Ángel Aguilar en Asturias, siento la misma España: falta sobriedad, pensamiento, arrogancia de viejos o nuevos ricos. Solo me tratan bien los camareros, en horario diurno, y en esta Castilla recia –la de Faustino Fernández Álvarez, cuyos últimos artículos en El Comercio eran gloria bendita, o Azorín o Umanuno o tantos y tantos- me hago espiritual –a la manera del espectro José Bergamín- sin perder ni un quilo, ni un gramo malo. Pobre de mí, ay.

Diego Medrano

Escritor

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