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Eduardo Infante y la plaza pública responsable

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 06 de septiembre de 2019, 20:03h
Actualizado el: 09/06/2019 20:09h

Dice de sí mismo en la solapa de su primer libro: “Eduardo Infante enseña Filosofía en bachillerato con métodos nada convencionales: explica a Aristóteles paseando por el parque, invita a practicar el cinismo en las calles comerciales de la ciudad de Gijón y reta a sus alumnos en Twitter. Quince generaciones llevan ya su marca. Su perro se llama Nietzsche”. Infante no busca aprobados o sobresalientes en su materia sino formar ciudadanos para la vida y a pie de obra. Su ensayo, cuatrocientas páginas, a la venta a partir del 26 de septiembre en toda España, tiene la arrogancia de los valientes, aquellos que con altas dosis de ironía y humor evitan ser engañados, pensamiento en la hoguera de la vida: Filosofía en la calle (Ariel).

Tiene el mismo concepto del pensamiento que Gilles Deleuze: “La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. (…) En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo y afirmativo. Hacer hombres libres, es decir, hombres que no confundan los fines de la cultura con el provecho del Estado, la moral o la religión”. Reivindica el legado de Carlos García Gual: “La filosofía no fue solo una disciplina escolar, sino también un arte de vivir, una ascética para la felicidad en tiempos revueltos”. Cada capítulo se contempla como ejercicio práctico, como Filoreto para la vida cotidiana, siempre como fin la plaza pública virtual, siempre la formación del ciudadano activo ajeno a dogal, docilidad o mansedumbre, despierto y a disposición de sus semejantes, responsable y lúcido. Siempre la calle como escenario.

Lo explica en las palabras liminares: “Hoy nuestros teléfonos móviles pueden convertirse en el megáfono que en 1972 sacó la filosofía a la calle tras escaparse por las ventanas de las aulas de la Universidad de París. Este libro es una ventana para salir de nuevo a las calles a hacer filosofía. Está escrito para la chica que me rescato un día de la caverna y para todos aquellos que deseen pensar la vida y vivir su pensamiento”. Su material es inflamable: explica los cuernos o infidelidades por medio de Kant, las mentiras en intimidad por medio de Katherine Anscombe, explica la rebeldía y autoridad por medio de Tomás de Aquino, Thoreau y Hobbes, con el ejemplo y no de lo exigido por los padres en momentos dados, la desobediencia justa y divertida, explica a la pareja por Stuart Mill y Levinas, la pareja siempre libre como el poema de García Calvo (Libre te quiero), explica el “bullying” desde Hannah, Arendt, Hegel o Maquiavelo, etc. Infante habla desde el susurro, desde la sugerencia, y ése es su veneno.

Todo el libro es una caja de sorpresas donde el lector vive activo y la vida (¿Cómo se supera una ruptura sentimental? ¿Cuál es el placer de las drogas? ¿Debe ser un hombre feminista? ¿Cómo se afronta la muerte de un ser querido? ¿Sirve para algo rezar?) no brilla escindida ni separada del texto. Propone ejercicios, mete en situaciones, transformar el presente desde la calle es siempre objetivo lúdico, el cine vive tan presente como el resto de las artes: “Arkangel, el segundo episodio de la cuarta temporada de Black Mirror, nos lanza la siguiente pregunta: ¿qué ocurriría si trasladáramos el control parental de nuestros dispositivos a la vida real?”. Por medio de una serie, donde se implantan a los hijos un dispositivo o chip para rastrearlos, Infante explica los límites del avance de ciencia y técnica.

El heroísmo de Eduardo Infante es el de haber buscado una filosofía útil, valiosa, donde la práctica del conocimiento es siempre herramienta a la hora de tomar un vino con tu pareja al caer la tarde o en los mayores aprietos. Cuando le preguntaban a Gilles Deleuze para qué servía la Filosofía lo tenía claro: “No es sirvienta de nadie. No sirve ni al Estado ni a la Iglesia. No sirve a ningún poder establecido ni acepta más autoridad que la de la propia razón”. Infante tiene claro que la Filosofía, en último término, sirve para detestar la estupidez, poner en duda todo lo establecido, vivir sin mordaza ni antifaces, ser responsables y agentes en cuanto nos pasa. Las trampas de copiar o no en un examen, el suicidio como solución, las drogas desde Epicuro o Escohotado, el feminismo desde Descartes o Foucault, la libertad desde Sartre o Spinoza, el debate de género (“¿Por qué en tus libros de texto no hay mujeres, homosexuales o inmigrantes?”) desde Vattimo, Hegel y Fukuyama, el amor desde Marco Aurelio o Nietzsche.

Eduardo Infante quiere otro mundo y, por medio de sus juegos secretos, convierte en pensadores a chicos con la nariz pegada a la pantalla y abulia y lasitud –falta de voluntad, en definitiva- por todo el cuerpo como la peor enfermedad. Ciudadanos despiertos en busca de una sociedad más justa, más culta, más libre, mejor. Ganas por la vida en el mejor alimento posible: las dudas, las preguntas, las respuestas, la construcción de una identidad. La fortaleza es el saber y el peor engaño implica abandonarse. Todo Infante tiene algo de susto permanente, de vida contraria a la Wikipedia, que entusiasma y evita el siempre y eterno chantaje del cansancio. Lectores con ganas de comerse el mundo a los que, por ejemplo, se les explica la importancia de votar desde Weill, Gramsci, Platón o Russell. Otros profesores se limitan a llegar al aula, sentarse de espaldas a los alumnos atrás del todo y limitarse a dictar palabras para nadie. El coraje de Eduardo Infante es salvar el rebaño por medio del compromiso individual. La lucha, a cada paso, sin agotamiento. La palabra encendida desde el McDonald´s de la esquina a cualquier éxito sonoro. Ciudadanos alerta por no vivir mudos ni ciegos ni sordos.

Diego Medrano

Escritor

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