Las calles han ardido en Cataluña, y así lo reflejan los diarios en sus portadas. Pero por dentro, y al margen de la deriva violenta que ha tomado el procés, la sentencia del juez Marchena y los magistrados del Supremo da mucho que pensar a los que siguen haciendo que la prensa de papel, frente a otros medios noticiosos, sea algo digno de comentar.
La cuestión de que todo lo acaecido en las fechas de la proclamación de una república catalana tras un referéndum y unas leyes de desconexión fuera una ‘mera ensoñación’ novelesca parece un asunto para que discutan de nuevo Arcadi Espada y Javier Cercas, que acaba de ganar el Planeta.
Arcadi Espada manifiesta en su columna Sed de Lex, que ha seguido el juicio del procés día a día, cierta decepción. “La sentencia establece que el Proceso fue una ficción, que nunca tomaron por nada más que un sueño sus propios promotores”, escribe.
A partir de aquí, Espada establece el hilo de razonamiento de los magistrados del Supremo: “Los procesados aprobaron unas leyes de desconexión constitucional, celebraron un referéndum de autodeterminación y proclamaron la independencia de la República catalana porque su intención era presionar al Gobierno de Rajoy para negociar unas leyes de desconexión constitucional, celebrar un referéndum de autodeterminación y proclamar la independencia de la República catalana”.
Por ir ya a la prensa de este miércoles, El Mundo titula que “Arde Cataluña después de alentar Torra las protestas”, y exige al Gobierno que ataje la revuelta en su editorial.
“Acertó Marchena”, afirma Luis María Anson, que se muestra satisfecho con la sentencia, desde un punto de vista práctico: “Si la sentencia del Tribunal Supremo hubiera condenado por rebelión, la probabilidad de que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos la casara habría sido muy alta”, dice, y por tanto, “el descrédito de la Justicia española hubiera alcanzado cotas apabullantes y se habría proporcionado a los secesionistas un arma formidable”.
En La Razón escribe David del Cura la sentencia “ha tenido la virtud de dejar insatisfechos a los exaltados de uno y otro bando”.
José María Marco afirma en estas páginas que antes de la sentencia no creía que los acusados hubieran ejercido la violencia, pero que tras conocerla ha cambiado de opinión. Hace un repaso por las violencias no necesariamente físicas o evidentes a las que se han enfrentado los ciudadanos de Cataluña. “No serán argumentos jurídicos, pero no hablar de violencia me parece ahora clamorosamente falso”.
Todo ello en el pasado. En el presente: “El Gobierno denuncia a grupos violentos coordinados en Cataluña”, puede leerse en El País.
Los columnistas de este diario dan vueltas al asunto de la violencia. Manuel Jabois constata la increíble paradoja de que los dirigentes del Govern jaleen a los manifestantes y a la policía autonómica: “Esta situación, la de los jóvenes heridos por la causa que les convoca, se explica por la relación promiscua del Govern con la verdad, de la que se ha dado cuenta con detalle en la sentencia: se les condena por hacer todo lo que dijeron que iban a hacer, y se les salva de penas más duras por haber mentido un poco, pero suficiente”. Por cierto que, como la sentencia ha gustado a los juristas y no a los tertulianos propone un ‘Masterjuez’ en la televisión pública, con la fórmula Masterchef, donde aprender los rudimentos del oficio.
Xavier Vidal-Folch también está preocupado por la violencia. Si ayer se preguntaba por la posibilidad de que en algún momento hubiera un muerto en estos movimientos de calculada algarada con beneplácito de la Generalitat, hoy escribe sobre la pinza a la que los líderes catalanes someten a los manifestantes: “Allá que les revientan un ojo, y cualquier día la vida. ¿Tienen ellos la culpa? No esencialmente, pardiez, que son chavales, sino quienes les convocan y azuzan. Tienen delito la cosa, les llaman a manifestarse ‘pacíficamente’: falacia, pues la llamada es a ocupar ilegalmente la vía pública, las estaciones, los aeropuertos. Y una vez lo han hecho, les envían a los Mossos para zurrarles, y salvar así la propia poltrona”.
ABC constata que “el separatismo vuelve a mostrar su entraña violenta” y llama a “recuperar el control en Cataluña”.
Antonio Burgos recuerda a Terenci Moix -“No digas que fue un sueño”-, a cuenta de la sentencia del procés: “No, señores magistrados del Supremo: no, admirable juez Marchena. Aquello no fue ‘una mera ensoñación’. Y si fue una ensoñación, lo ha dejado todo que ahora es una pesadilla”.
Ignacio Camacho sigue rumiando para ofrecer la prosa clara que acostumbra: “La idea de que la insurrección fue una especie de McGuffin político, una estrategia pirotécnica, un mero artificio, resulta una banalización difícil de compaginar con las evidencias de unos acontecimientos que para todos los españoles del Rey abajo, salvo los siete magistrados capaces de ver algo que los demás no vimos, pusieron la convivencia y la integridad de la nación en manifiesto peligro”.



