La sentencia, el análisis, las divergencias, los duetos entre los de allí y los de aquí, la batalla campal, el holocausto. Y uno se pregunta ¿Y ahora qué?
La deriva del secesionismo obedece al haber malcriado a la criatura a base de tan variados agasajos y privilegios. Mi buen amigo Alonso suele decir: “cuando das mucho para contentar, considérate dado por detrás” Han pasado gobiernos de distinguido patrocinio y todos ellos han caído en idéntica cobardía a la hora de tratar a los nacionalistas de este país. Me da igual PSOE que PP porque tanto monta, monta tanto, el caso es que los independentistas sabían que los Reyes Magos eran los padres de la Nación y he aquí que sus majestades salían presurosos de Moncloa cargados de oro, incienso y mirra cada vez que se les requería, ya fuera por Cataluña como por el País Vasco.
La criatura catalana no solo se ha convertido en un dragón apocalíptico, sino que durante muchos años ha ido desovando para luego repartir los huevos por los diferentes estratos institucionales de la sociedad catalana. Escuelas, institutos, universidades, prensa, radio, televisión, población activa, pasiva y circunstancial han ido incubando los óvulos para la posterior eclosión de esa especie cargada de odio visceral hacia todo lo que representa España y los castellanohablantes a los que el señor Torra nos ha definido como bestias carroñeras. Nada de extraño, por tanto, que en la Cataluña de hoy miles de niños y niñas del procés esgriman su doctrina nacionalista con gritos de “policía asesina” y “fachas” jugando al juego de la independencia como claro ejemplo del odio inoculado. Una vez más está demostrado que sólo la repetición constante puede lograr finalmente que una idea quede grabada en la memoria de las masas.
Fracasado el diálogo, -no por estar lo suficiente razonado en la Carta Magna-, la perfidia de los actores continúa dando de comer al dragón hasta el punto de que éste comienza a echar fuego por la boca, momento en que se le abre la jaula para que tome la calle a su antojo. Su boca escupe el fuego de la independencia por las bravas y claro, a tal acción, tal reacción. Fuerzas del orden tratan de persuadir a la enfurecida criatura con la proporcionalidad que el gobierno en funciones de Pedro Sánchez aconseja, o sea, repeliendo el ataque del dragón a base de pompas de jabón, gominolas y lacasitos, porque insisto, las instrucciones superiores prohíben utilizar otros elementos de persuasión que puedan herir la sensibilidad de los violentos o de la Generalidad de Cataluña y demás afines a la ensoñación. El balance lo dice todo, más de 300 miembros de las fuerzas del orden –de la Policía Nacional y de los Mossos d’Esquadra- han resultado heridos de diversa consideración. Ahora mismo un policía nacional se encuentra entre la vida y la muerte.
Y ahora viene la doctrina del odio, que es mucho peor que la violencia callejera porque a ésta se la puede erradicar en nada que las cobardías dejen paso al sentido común del respeto por las libertades bien entendidas en una democracia como la nuestra. Sin embargo, el odio ya fermentado es como una ley mal arbitrada, y claro, el señor Torra avisa amenazante: "Llegaremos tan lejos como el pueblo de Cataluña quiera llegar" ¿A qué parte del pueblo se refiere el señor Torra? A toda Cataluña no puede ser porque está partida en dos, enfrentada entre sí por un adoctrinamiento sistemático en favor de la desafección entre iguales. Ahora mismo son millones los catalanes no nacionalistas víctimas del odio y la sinrazón por el simple hecho de sentirse españoles en los intramuros de Cataluña. Son como apátridas abandonados a su suerte por culpa de unos gobiernos sin arrestos entregados al éxtasis de su propio ego.
Así pues, la realidad es patética, una ciudadanía desestructurada que sucumbe al desprecio de otros mientras se hace imposible la convivencia por el deterioro cognitivo del pensamiento único instalado en las diferentes áreas sociales y económicas de la sociedad catalana. O estás conmigo o contra mí. Y uno se pregunta si este es el progreso o es el regreso a las peores pesadillas del régimen que gobernó Alemania entre 1933 y 1945. ¿Y ahora qué?, me pregunto.