www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

DESDE ULTRAMAR

V centenario de La Habana

Marcos Marín Amezcua
jueves 21 de noviembre de 2019, 20:03h

La Habana es infinita. Declarada La Habana vieja ya como patrimonio cultural de la Humanidad y en 2016 a toda ella como una de las Siete Ciudades Maravilla del mundo moderno, es lo que es y nada pide a nadie.

Apodada como la capital de todos los cubanos, estoy cierto que lo es, además, de todos los iberoamericanos, porque su vocación incluyente y testimonial del orgullo cultural compartido, no puede ninguneársele. Por eso la amamos y nos sentimos muy parte de ella. La Habana es aleccionadora, enalteciéndola cual suerte de égloga marinera, digamos, o madrigal, o en una habanera, si me apura, pues lo amerita. Y sí, como toda ciudad, con sus desafíos y no se arredra ante ellos.

Escribir de La Habana en este su V centenario recién celebrado con grandes inauguraciones y restauraciones loables, devolviéndole ese afamado esplendor que siempre la caracterizó y le fue tan propio y distinguible, me retrotrae a su sol, a los barcos entrando en su puerto, a caminar bajo la sotafronda de su Paseo del Prado, al atardecer en su emblemático malecón, a sus sólidas fortalezas y característicos baluartes con blasones pétreos que rememoran ilustrísimos nombres que también resonaron en el México virreinal –Bucareli, Ruiz de Apodaca– edificados con el situado argento novohispano, remitiéndome a sus historias en mármoles de mil colores difícilmente reunidos en otro emplazamiento, a un jaleo especial y a trópico. A ron y a tabaco, sí, también. Me recuerda ella a mí fumando un habano en su Plaza de Armas y al cañonazo de las 9 desde San Carlos de la Cabaña, con el horizonte habanero frente a servidorito, cuyo en tanto imaginaba como consecuencia del estruendo aquel lanzado por el artefacto militar, que ha medido, el cierre de su bahía al anochecer en tiempos piráticos. Suspiros.

Por una grande de América, es momento de girarnos hacia La Habana, la extraordinaria e importantísima metrópoli caribeña que enseñorea la isla de Cuba. Su medio milenio marcado con la dignidad del momento en que sucede y desplegando su mejor rostro, invocando su raigambre y convocando a sus afines y querientes, lo ha celebrado de una manera excepcional y a la altura de su trascendencia. ¡Muchas felicidades, La Habana!

¿Qué es ser habanero? Intrigado se lo he preguntado a Laura Santana Morera, abogada cubana, quien muy amablemente me ha respondido:Ser habanera es ser orgullosamente cubana y vivir en la capital de todos los cubanos. Soy capitalina y ello conlleva la responsabilidad de preservar y perpetuar la cultura, la historia, la arquitectura de nuestra ciudad, porque La Habana, para un Habanero, implica el territorio más importante de Cuba en cuanto a desarrollo y patrimonio histórico-cultural. Es un privilegio haber nacido en la ciudad de la eterna alegría, de la rumba, la salsa y el guaguancó. La Habana representada por la Giraldilla, es el lugar soñado por los foráneos donde encuentran lo antagónico en una perfecta armonía, una ciudad donde convergen lo antiguo con lo moderno, el lujo con la sencillez pero que encuentran en la calidez y amabilidad del habanero a un amigo fiel para toda la vida. Como habanera que vive lejos de su tierra, extraño mi Malecón, el Morro y la Cabaña, la Universidad de La Habana, la Plaza de la Revolución, mi Habana Vieja; sobre todo hecho de menos lo colorido de mi tierra, el bullicio de sus calles, las sábanas colgadas en los balcones, jugar un buen dominó, tomar un almendrón, ver un partido de pelota de Industriales en el Estadio Latinoamericano, disfrutar un buen mojito en la Bodeguita del Medio y comer una rica yuca con mojo. Por eso adoro pertenecer a la ciudad del swing donde nunca se duerme, donde se une la noche con el día, donde se baila hasta que amanece porque La Habana es para vivirla, para sentirla y para gozarla”.

Yo suscribo esas letras. Porque la capital cubana no es cosa menor. Situada por decir algo, a dos horas y media en avión desde Ciudad de México, es una urbe que nos resulta cercana en lo físico y lo afectivo. Es una ciudad hermanada por igual con Veracruz o con Madrid, que, con Cádiz, resultante en un punto en encuentro de ambos mundos, que lo ha sido por cinco siglos. No por nada ya lo expresó Carlos Cano con singular alegría y verdad en la sentida copla “Habaneras de Cádiz”: La Habana en Cádiz con más negritos, Cádiz, La Habana con más salero”. La villa de San Cristóbal de La Habana, la Muy Noble y Leal, “la ciudad de las mil columnas” como la llamara Alejo Carpentier, tiene identidad que vibra.

Ciudad tan cantada, igual en habaneras que en sones. Lo mismo en el imperecedero estribillo de la universal habanera “La Paloma” que nostálgica reza: ‘Cuando salí de La Habana, válgame Dios…’, que en “Sabanas blancas’, que me parece magnífica y muy evocadora, enlistando sus más significativos sitios distintivos. Es que La Habana posee magia, encanto, personalidad propia que atrapa. Lo mismo te pasas por Prado y Neptuno como yo, a ver si te cruzas con “la engañadora” o coincides con Panchito, el magnífico bailarín, porque dice la Sonora Santanera, que en La Habana quién no lo conoce. Y en una de esas te topas deambulando con el camisón de Pepa, que, afirma la canción, en La Habana ganó el premio mayor por su “singularidá”, que igual verías a sus vampiros. La he visitado en dos ocasiones y en cada cual he visto mucho y caminado mucho por ella, pues tanto hay qué ver y sentir y reflexionar y admirar y conocer y preguntar… que resulta casi inabarcable.

La Habana ha sido la puerta del Nuevo Mundo, antemural de las Indias. Para mí la situaría entre las grandes megaurbes de este hemisferio del Globo. Compitiendo con Toronto, Nueva York, Ciudad de México, Río de Janeiro y Buenos Aires. Enlistadas de norte a sur de las Américas. No la retan ni Lima ni Cartagena de Indias, pero es la principal del mar Caribe. No es cosa menor.

La Habana se destaca. Por quienes entendemos que la historia de Cuba y de la propia multirreferida localidad ni empieza ni acaba con Fidel y está imbricada a la historia de México, ya no digamos a la de España, podemos apreciar de forma mucho más sensata y con una profundidad mayor y con un mejor alcance de miras, su significado e importancia, esa que, por ejemplo, ya Humboldt enunció en su “Ensayo político sobre la isla de Cuba”, donde describió a los habaneros como informados y proactivos. A ella se la mira de frente, sin falsos pudores.

El pequeño cuadro que pintara el paisajista mexicano José María Velasco, que puede apreciarse en el Museo Nacional de Arte en la capital mexicana, donde destaca su bahía y la torre de San Francisco de Paula, fechado en 1889, me recuerda a los mexicanos que se pasaron por allí. Juárez, Porfirio Díaz, Juventino Rosas, González Bocanegra, el autor de la letra del himno nacional mexicano, Agustín Lara y tantos más. Conservo mi Tocororo de los Panamericanos del 91 y mi Giraldilla, el símbolo de la ciudad. Sea este el espacio para reconocer a don Eusebio Leal Spengler por su titánica labor levantando todo aquello. Admirable su tesón y su cultura, un binomio necesario para emprender tan arduo cometido. Y revestido este V centenario coronando cinco centurias, con la muy postergada visita oficial de los reyes de España, que adereza de manera formidable la efeméride. Tanto más siendo la primera de Felipe VI.

Concluyo. La reciedumbre de su gente me gusta evocarla en esa carta que enviaron las habaneras al rey Carlos III luego de la intrusión británica de 1762, reclamando mejores condiciones para aquella entidad, llave de dos mundos, la llave del Golfo de México, iniciando su misiva con un retador preludio, asaz arrebatador: “Las muchachas de La Habana no tienen temor de Dios”. Para mí me queda claro. Y solo puedo concluir esta entrega repitiendo una frase con la que inicié aquella otra dedicada al fallecimiento de María Dolores Pradera, tarareando: “tengo un amor en La Habana y el otro en Andalucía…”. Pues eso. Y por fortuna.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios