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ORIENT EXPRESS

La memoria del comunismo

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 24 de noviembre de 2019, 18:56h

La historia la contó la gran poetisa rusa Ana Ajmátova y abre su poemario «Réquiem», una de las obras más conmovedoras y desgarradoras sobre el horror del comunismo jamás escritas en Europa. Apelo a la paciencia del lector para excusar una cita algo extensa:

«Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer -los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurro):

- ¿Y usted puede dar cuenta de esto?

Yo le dije:

-Puedo

Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro».

En Europa Occidental -y, en particular, en España- hay mucho que hacer para dar cuenta del horror del comunismo y de lo que supuso allí donde se hicieron con el poder los comunistas. En otras regiones de nuestro continente, pongamos por caso Europa Central o los países bálticos, cualquiera conoce lo que significaron las policías secretas, los delatores, los juicios farsa y los intentos de reescribir la Historia. A nadie con cierto nivel educativo le resulta ajeno el terror de las cárceles, los campos de trabajo y las checas. Todos han conocido personas que sufrieron arrestos y persecuciones por oponerse a la tiranía de los partidos comunistas. Desde Jan Palach hasta Jerzy Popiełuszko o la propia Ajmátova, todos recuerdan casos de personas que pagaron con la libertad o con la vida el precio de ser disidentes u opositores a los gobiernos comunistas de las «democracias populares». Lo que describieron Robert Conquest en «El gran terror» o Karl Schlögel en «Terror y utopía. Moscú en 1937» es parte de la historia personal de miles de europeos desde Tallin hasta Bucarest.

Por supuesto, la mano de hierro de los partidos comunistas no perdonó ni a sus propios militantes. Algún día, cuando se supere la confusión moral que hoy se cierne sobre España, alguien recordará a los comunistas -algunos de ellos verdaderos valientes, otros verdaderos miserables, todos ellos verdaderamente equivocados- alguien recordará, digo, a los comunistas muertos a manos de sus propios partidos o entregados a aquellos que se encargarían de matarlos. Recuerdo el primer capítulo de la «Autobiografía de Federico Sánchez», que lleva por título «Pasionaria ha pedido la palabra», para que Jorge Semprún mismo nos recuerde cómo se las gastaban aquellos comunistas que hoy despiertan tantas simpatías y cierta nostalgia entre la intelectualidad y los artistas de izquierda. Léase también a Gregorio Morán, que contó en «Miseria, grandeza y agonía del PCE 1939-1985» la historia de Heriberto Quiñones, quien terminó difamado y abandonado por el mismo partido que lo envió a España para reconstruir su estructura después de la Guerra Civil. El comunismo es un Saturno que termina devorando a sus hijos después de haber empobrecido, encerrado y matado a todos los demás.

No hay totalitarismos buenos y totalitarismos malos. Si uno condena la dictadura nazi pero salva la comunista, no está en contra de las dictaduras, sino de una determinada ideología. El comunismo debe ser denunciado como la ideología genocida y totalitaria que es y los crímenes cometidos por los comunistas en todo el mundo han de recordarse en España al tiempo que se rescata a sus víctimas del olvido. Deberíamos dedicar en cada ciudad de España calles y plazas a quienes lucharon y luchan contra el comunismo.

La historia de Europa Central y Oriental, la de los Balcanes y los países bálticos, registran casos de héroes y heroínas que combatieron contra el nazismo y el comunismo, contra Stalin y contra sus sucesores, que sufrieron persecuciones y muerte a manos de los partidos comunistas durante todo el siglo XX.

Es hora de que, en España, se los recuerde y se los honre como en el resto de Europa.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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