El vulgo ha denominado al año 2020 –dos mil veinte– de manera coloquial como veinte/veinte. Es una manera ágil, no obstante ser algo retadora y atrevida. No me cabe la menor duda de que así ha sucedido desde hace ya algunos años al referirlo, porque la cifra luce impecablemente equilibrada y armónica. Y es verdad que es fácil pronunciarla. Digamos que nos llega como muy peinadito, el nuevo año. Y es espléndido expresarlo en números romanos: MMXX. ¿A que sí lo es? Ya veremos cómo pinta….
2020 nos recibe –o nosotros a tal, tanto monta– recordándonos que hace dos décadas nos aprestábamos emocionados y algo incrédulos y hasta un pelín preocupados por el Efecto Y2K, a entrar al mitificado año 2000 ¡y se nos fueron dos décadas como agua entre las manos! Seamos conscientes de ello, porque a mí me parece que fue apenas ayer cuando nos adentrábamos en él, y días antes explicaba a mi abuela que veríamos una transmisión por televisión, planetaria, que en vivo nos enlazaría con múltiples sitios, asistiendo a ver cómo lo celebrarían al último de un siglo y de un milenio. ¡Qué afortunados fuimos!
El nuevo año será uno saturado de prominentes sucesos, colmado de efemérides que nos mueven a no expurgar ni un ápice de su anecdotario, como no deberíamos de hacerlo de este año trepidante que dejamos atrás. La agenda por venir cuajada de momentos destacables, parece inagotable y hasta agobiante.
Sí, el año olímpico nos anticipa sorpresas en los JJ.OO. de Tokio. La edición tokiota estoy cierto que será memorable. No menos importante será la Exposición Universal de Dubái, la primera del mundo árabe y que se extenderá por razones climáticas hasta 2021, para aminorar los efectos del calor veraniego. Llegará en octubre, cuando tradicionalmente a esas fechas suelen ya cerrar. Quizá desde la Feria Mundial de Nueva York 1964-65 no habíamos visto una edición bianual.
Valore usted que en 2020 se concrete el Brexit o un gobierno duradero para España y se aplaquen los terribles incendios en Australia, que nos dejan escenas dantescas y koalas al borde del exterminio. ¿Anclará finalmente la crisis económica mundial que lleva años agorándose y no acaba de llegar?
Como se quedaron diversos pendientes sin finiquitar, la mirada la dirijo hacia un T-MEC que dice en su texto que entraría en vigor el siguiente 1 de enero a su aprobación, lo cual retrasaría el asunto hasta 2021 –el primer año de la siguiente década, pese a que muchas publicaciones han mordido el anzuelo decretando con más despiste que finura, que la década se muere con 2019 y pues no es así– si acaso este nuevo año por fin fuera ratificado por las partes y si no acordaran otra cosa en definitiva. Un asuntillo al que regresaré por el tema de los bajos salarios como apuntalamiento al desarrollo mediocre y tramposo de México. Y no se equivoque: aún no termina la década de los años diez. Tal decenio concluirá su ciclo hasta el 31 de diciembre de 2020. Solo entonces podremos decir con propiedad que habrán iniciado los felices 20, que ya algunos adelantan así, como marcando un ineludible centenario de aquellos alocados de la centuria pasada.
Incluye 2020 el V centenario de la batalla de la Noche Triste, la derrota de Hernán Cortés que lo determinó a conquistar el imperio Mexica y podremos reflexionar a 45 años del término de la Guerra de Vietnam y el significado de la CNN al cumplir 40 años operando, por ser la empresa pionera en telecomunicaciones globalizadas, surgida en la antesala del mundo interconectado de nuestro tiempo. El centenario de San Juan Pablo II –que casi nos sale austrohúngaro y no polaco, por apenas meses de diferencia al resurgimiento de Polonia– invita a replantear su pontificado a la luz de la severa crisis de pederastia eclesial prevaleciente, acaso solapada desde el solio pontificio. Y 2020 suma otros dos importantísimos centenarios: la Paz de Sèvres, un “Tratado de Versalles” pero con palmeras desérticas y harta arena, que fue la semilla pactada del entuerto que es hoy el Oriente Medio, con callejones sin salida como Netanyahu o Iraq. Y el centenario de la Sociedad de las Naciones nos conduce a preguntarnos si redituó crear un organismo multilateral permanente para mantener la paz mundial. Visto lo visto….
Cojo la bola de cristal y los arcanos y en plan esotérico digo que el año de la Rata para el calendario chino, puede leerse como un año de riqueza, astucia, carácter, según predicen sus agoreros y conocedores. En todo caso, la ocasión nos conduce a preguntarnos si la fortuna en verdad nos asistirá o no. La duda no es ociosa porque los traspiés del año 19 siempre nos podrían poner en alerta. El acecho de la sorpresa, la inquina, la traición o la mala vibra están presentes, después de todo, y continuamente a la vuelta de la esquina, surgiendo agazapadas en el momento más inesperado y propinando zarpazos y coses.
Bolivia inicia año exactamente como lo terminó: con la supina torpeza de su presidenta, equivoca e ignorante del Derecho Internacional. Confundiendo todo y errando en más. Triste su papel y el del bellaco de Jorge Quiroga, un sujeto venido a menos, tildado de esbirro de dictadores, insultando al presidente mexicano al carecer de argumentos, olvidando como los priistas, que el derecho de asilo político a Morales es asunto superior incuestionable y si requiere a bolivianos, que reclame su extradición. Sus insultos valen sorbete. Lo demás es mostrarse descerebrado y boquiflojo. Y timorato si se le aplaude. Y los priistas ignorantes y lerdos a cual más, hasta escriben apoyándolo. La expulsión de la embajadora mexicana y de diplomáticos españoles por un gobierno de facto, tómese así, pues es la suma de sus errores y extravíos. El derecho de asilo a perseguidos políticos no es cuestionable, máxime cuando son requeridos solo después de obtenerlo, por “su” justicia, que no por La Justicia.
Cierro. El tiempo nos regala otro anuo. Otro. Uno más que discurrirá cual es inexorable, implacable e inevitable y con su cauda de efectos y retornos negados. Nos conmina a aprovecharlo, extrayéndole las más redituables mercedes. Sin diferir, sin aplazar o procrastinar nada. Por lo pronto, celebremos que denominamos como Nochevieja a la última del año. Me resulta un vocablo tan sugerente, terminante, esperanzador y con un regustillo a traspaso, consumación, uvas, fugacidad, instante inveterado y a campanadas seguidas de hurras, barullo, abrazos y cohetones estallando en la lejanía. Al dar las 12 no hay ni ataraxia ni da tiempo de cronometrar nada o corremos el riesgo de perdernos las uvas o de atragantarnos por nuestra distracción. Es un efímero suspiro al cambiar la cifra anual para desde hogaño, evocar antaño. Es mágico, después de todo, y perdura lo que tarden las burbujas al reventar, esfumándose en la sidra o la champaña con que acompañemos la irrepetible ocasión de privilegio al asistir al ocaso de un año y al nacimiento inmediato del siguiente en ese infinito transmutar calendárico. Que la horología sincronice fascinación, almas y felicidad y lo colme a usted de dicha.
A ustedes bienandantes que me leen en ambos mundos, el Viejo y el Nuevo, les deseo parabienes, bienaventuranzas y enhorabuenas sin fin. Y que atestigüen como se abonanza el tiempo para atraernos mejores frutos y para clarificar nuestras ideas y pensamientos, seguido de mi deseo irreductible e infatigable de que tengan un venturoso y fecundo año venidero 2020, que sea sobresaliente y más provechoso que el que fenece. A fin de cuentas un año no es un eón, advertidos de aprovecharlo en lo que dure, pues finito no habrá más de sí al consumirse. Eviten andurriales y planifiquen su camino. A todos expreso mis más sentidas muchas gracias por leer este espacio escrito desde ultramar, acompañándome un año más en este periplo que es la vida.