¿Son muchos los que todavía piensan que el periodismo no vale para nada? El último libro del Premio Nobel de Economía Paul Krugman es solo eso, periodismo, noventa artículos publicados en The New York TImes durante casi veinte años. El artículo empezó Platón y Montaigne, siempre idea viva en el afán de los días, breve y brillante como un navajazo, sin tiempo para tabarras ni mentiras de luces largas, aquellas que por repetición pretenden ser ciertas. La compilación de Krugman es diáfana: Contra los zombis: Economía, política y la lucha por un futuro mejor (Crítica). No hay confusión en su economía, la ordenación de temas no puede ser más precisa, desde seguridad social y atención médica a las crisis financieras (2008) y sus secuelas, mitos como la austeridad, la economía europea, desigualdad, guerras comerciales, cambio climático y su gran enemigo, el daño infligido por Donald Trump, malo malísimo. Veinte años de economía en Estados Unidos, a pincelada rápida y vivida, folio y medio de hoja volandera, con las suficientes claves promisarias para descifrar todas las agonías financieras de nuestro mundo.
¿Y qué es la economía zombi? La mayor borrachera conocida. Un baile de desharrapados, santos descalzos, almas en pena, pobres de solemnidad, pordioseros coloradotes y mendicantes varios en La Lambada bailonga de su cielo sin estrellas. Afirma Krugman: “La más persistente idea las ideas zombis es la insistencia en que gravar a los ricos es sumamente destructivo para la economía en su conjunto y que las rebajas fiscales a las rentas altas producirá un crecimiento milagroso”. Ideas del Partido Republicano, fiascos en la práctica, pero también germen de otras ideas zombis: “Si se quiere un estado con una fiscalidad baja y pocas prestaciones, se debe afirmar que los programas de protección social son perjudiciales e inviables, de modo que han de dedicarse muchos esfuerzos a insistir en que es imposible proporcionar una cobertura sanitaria universal, aun cuando todos los países avanzados menos Estados Unidos lo han conseguido de una u otra manera”. Vaya, vaya, el economista de la salud más famoso de América, mucho en televisión a este respecto, sostiene medicina privada para todos. Ahonda en la herida, y sí, dice estar a favor de una atención sanitaria a todo el mundo (algo que Estados Unidos jamás tuvo como nación más rica del planeta) pero que eso es un esfuerzo económico enorme y que debería pagarlo siempre un seguro médico: “Los gastos sanitarios afectan de manera desigual pero son enormes cuando los hay. Las consultas médicas rutinarias y los medicamentos de venta libre no cuestan mucho; lo que cuesta un dineral es la diálisis, la cirugía a corazón abierto, etc. (…) Uno no podrá permitirse ciertos tratamientos a menos que sea inmensamente rico o disponga de un buen seguro”. Los pobres, sí, con Krugman o sin él, siguen muriéndose a la puerta de los hospitales americanos.
Dos seguros cubren a los americanos: Medicare (ancianos, mayores) y Medicaid (pobres). Los programas gubernamentales sufragan las facturas. Se tiene los seguros gracias a los empleadores: una combinación de normas y ventajas fiscales que obligan a las empresas a ofrecer cobertura a todos sus empleados en el caso de que la ofrezcan. Añade Krugman: “(…) Millones de personas quedan desprotegidas: o son demasiado jóvenes, o no son lo bastante pobres para poder acceder a Medicare o sus empleos no son los suficientemente buenos como para conllevar prestaciones sanitarias”. Pone el modelo de Canadá, ofrecer un Medicare a todas las personas, una política de salud basada en el sistema de pagador único, lo que supondría –aquí está la miga- el reemplazo del seguro sufragado por el empleador por un programa gubernamental. ¿Cuánto costaría un sistema de pagador único? Decirles a 156 millones de estadounidenses que su seguro actual vale cero, nada. Los conservadores se oponen a tal reforma y el personal quiere, virgencita, virgencita, que me quede como estoy. El progresismo de Krugman va en esta línea: “Mantener la cobertura sufragada por el empleador pero confiar en una combinación de normas y subsidios para extender la cobertura a los no asegurados”. Sistemas descentralizados (Suiza) para llegar a la cobertura universal (Medicare para todos) que llegó a formularse en la Ley de Atención Sanitaria Asquible (Obamacare). Suena todo -es inevitable- a Ciencia Ficción.
¿Es Krugman –a la manera de Picketty- otro soñador irredento de ecuaciones sin calle ni realidad? El mal son los economistas conservadores, el mal es el Trumpismo, el mal son los multimillonarios que pagan la propaganda de derechas. Los economistas están politizados –“Es más que probable que a los liberales les interese el aumento de la desigualdad o los aspectos económicos del cambio climático que a los conservadores”- y muchas veces las líneas del partido en materia económica –Obama, por ejemplo—chocan con el consenso profesional no político. ¿Los políticos del Partido Republicano se opusieron en serio a mitigar la crisis financiera del 2008 y sus consecuencias? Cuesta creerlo pero Krugman lo pinta al natural: “El caso más conocido es el de un destacado economista republicano que en 2010 denunció los esfuerzos de la Reserva Federal para combatir el desempleo advirtiendo de que corrían el riesgo de una devaluación monetaria e inflación”. Nadie admite la inflación, ni profetas de su venida ni notarios de su holocausto. Nadie denuncia los déficits presupuestarios: la moneda fácil del Gobierno sin control ni dueño.
Sus flores a Europa son graciosas: lo mucho que se recuperó tras la Segunda Guerra Mundial, los esfuerzos por salir de los escombros y llegar a la paz por parte de las naciones de Europa Occidental –“las sociedades más decentes de la historia”- y lo mucho que Estados Unidos debería fijarse en ellas: “ (…) A la hora de cuidar a las personas necesitadas lo hacemos mucho peor que casi todos los lugares situados al norte del Mediterráneo y al oeste del antiguo Telón de Acero”. Sí, ya, justo hoy en que el Breixit se celebra en Reino Unido y cuando Europa no consigue ser eso que piden tantos, los Estados Unidos de Europa, constitución única y fuerte moneda europea para todos. Pronto sangran las espinas de las mejores rosas: “(…) La burocracia con sede en Bruselas que gestiona los asuntos paneuropeos está muy alejada de la vida de los ciudadanos corrientes, y posee una visión aún más estrecha de miras que la mayoría de las administraciones públicas nacionales. Solía bromear diciendo que al hablar con los eurócrotas hacían falta subtítulos, aunque hablaran inglés con fluidez, para entender lo que de verdad estaban diciendo: un largo discurso elíptico sobre ampliar frente a profundizar lo que se traducía en realidad por nunca deberíamos haber dejado entrar a los griegos”. Muy bonito el cuadro a lo lejos.
El euro de Krugman es el de los choques asimétricos, sí, una jerga especializada para decir que una moneda única entre países diferentes afecta a mil y un vecinos como le da la gana. Apuntamos con el dedo a Europa, para lo que queremos, pero no movemos el culo de América. Luego nos cuenta que Finlandia (años 90) creció y creció sin parar solo gracias a dos exportaciones: los teléfonos móviles fabricados por Ericsson y la pasta de madera utilizada para fabricar papel. Llega el cambio tecnológico que asesta un golpe a la cuota de mercado de Ericsson y reduce el papel de las oficinas, Finlandia busca nuevas exportaciones, ofrece incentivos a las empresas para reducir salarios y poner precios acordes con otros países, pero como se tiene moneda propia es fácil la reparación: los salarios están fijados por esa moneda por lo que simplemente con dejar caer la moneda en los mercados mundiales se genera una mejora inmediata de la competitivas. O sea que a Finlandia la levantan la caída de la Unión Soviética y la crisis bancaria local que provoca la recesión. Luego en 2008 (sin propia moneda) dejó de tener moneda propia por lo que solo cupieron dos infiernos: desempleo y reducción salarial.
Todo muy divertido. En lo del cambio climático no me meto porque el primer gas invernadero (no sé si finlandés) es no tener unas lentejas que llevarse a la boca. Todo en los economistas de la modernidad (Krugman, Picketty) es crecepelo para calvos. Lo nuestro no es bueno, lo bueno es aquello pero nosotros no vamos a cambiar, aunque podríamos. Picketty es lo mismo. Señalamos con el dedo a la Luna pero solo queremos que los demás hablen y se fijen en el dedo. Nos cuentan el fracaso por lo menudo (Krugman, Picketty) pero a la hora de hablar del éxito, sí, ninguna prospectiva, ningún plan para hacerse real lo narrado. Entelequias, poesías de estirpe diversa, mientras el mundo se deshace y nada puede hacerse –es la realidad- porque nadie tiene mecanismos radicales para provocarlo. Las trampas demócratas: lo fundamental es que nos voten, así nadie va a decirle a ciento y pico millones de tíos que su seguro sanitario no vale. Ya se enterarán como se enteran los desgraciados: cuando la pobreza entra por la puerta, amor y salud saltan por la ventana.