A vueltas con este tema que ha arrojado nuevos episodios de guiones ya muy sabidos.Los estadounidenses requieren y trafican droga para su población, en ello apenas acaban de reconocer que también hay carteles estadounidenses y saben de siempre que sus ciudadanos trafican armas que consiguen fácilmente de forma legal en EE.UU. para luego enviarlas a México de forma ilegal y así armar a los carteles mexicanos que custodian la producción y el tráfico de la droga que los estadounidenses requieren y trafican. Un círculo vicioso que deja millones en ganancias y por lo tanto, que nadie quiere terminar. Todo pasa porque las autoridades de ambos países son corruptas y las estadounidenses navegan con bandera de tontas y de legales, cosa que no es así. Son perfectamente conscientes y permisivas con aquello de que la corrupción también habla inglés. Claro que sí.
Los yanquis están entrampados porque no pueden prohibir el tráfico de armas y su venta indiscriminada como la hacen, de una manera irresponsable a todas luces, sin comprometer su economía es equiparable a comprar caramelos; y aunque se jacten y escuden en que eso pasa por ser una tierra de libertad. Una con 50 millones de drogadictos, libres todos y cada uno de ellos, naturalmente. ¿No fastidia?; y que se nota que hacen muy poco para que esa cifra no crezca. Nada de ello impide palabras lastimeras del embajador estadounidense en México, Christopher Landau diciendo cariacontecido que pasan cosas terribles en México. Hay que tener mucha cara. Y eso que ya avanzamos cuando dice “frontera común”, y no como sus antecesores, que torpemente expresaban que México “tiene un problema con su frontera norte (la sureña de EE.UU.)”, a lo que merecían por respuesta un: “¿su frontera? ¡nuestra! que el problema es más que compartido y EE.UU. es la causa”. Su país no entiende que no nos basta un diplomático que hable español, sino ponerle fin al negocio del que su país es el principal beneficiario y causante.
Como aducen que la segunda enmienda de su constitución impide prohibir las armas, en la más reciente reunión binacional, de esas que de cuando en cuando sientan a la mesa a México y Estados Unidos, los yanquis han reconocido inopinadamente que después de décadas no hay avances en combatir el tráfico de armas y drogas transfronterizos, que se suma al tráfico humano de personas que cruzan esa frontera para servir a Estados Unidos, pues son un gran negocio también, exactamente como las drogas y las armas ilegalmente introducidas a México, cosa que siendo así a nadie en realidad le importa acabar con tan millonarios negocios. Un fracaso en toda regla que involucra a Estados Unidos, detonador de impedirse el cese de este flagelo.
Es insultante bajo este panorama atroz, que el embajador yanqui reconozca por fin, tanto que no hay avances en resolverlo, como que el tráfico de armas es la punta de lanza del problema que engloba al de las drogas. Y que si no se resuelve uno, el resto no lo estará. ¡Vaya descubrimiento! Se ha inventado el agua tibia, el señor embajador. Habrá quien sostenga que todos los yanquis son brillantes. Sí, sí, ya se ve.
América Latina lleva denunciando por décadas que si Estados Unidos además, no pone fin al consumo de drogas que requiere, demanda y atrae, no cesará la producción. Aquel país por el contrario, no deja de culpar a los productores y es el cuento de nunca acabar. Pero la regla económica es certera. La demanda determina a la oferta. También aplica en este caso, no solo cuando les conviene. Cosas también del capitalismo que enarbola aquella nación norteamericana. Pero eso sí, Washington prefiere mejor enviar tropas a esos países con el burdo pretexto de combatir las drogas, que desplegarlas en Miami o Nueva York, donde pululan aquellas, lo que nos permite señalar que se distrae de combatirlas en su propio territorio, que es por donde realmente deberían de empezar y si me apura, jamás salir de él. ¡Basta de encadilarse con los estadounidenses!
Las reuniones binacionales efectuadas desde octubre pasado no acaban ni concretan avances significativos. Hay un tapón. Se ha conseguido, presumen, que se sofistique los sistemas de detección de armas en la frontera común, pero mientras se anunciaba tan pomposo avance, a finales de enero se descubrió el narcotúnel fronterizo más sofisticado y enorme hasta entonces, dejando en ridículo a Estados Unidos y a su gobierno, el cual, desde luego, sigue con su doble discurso asaz hipócrita de afirmar que no permitirá entrar a ilegales pobres, mientras el narco multimillonario campea, ingresando por múltiples vías por la misma frontera. Ante la evidencia, no ha faltado quien desde allí se jactara de que era positivo haber descubierto ese narcotúnel. ¡Por Dios! qué manera de disfrazar la afrenta recibida y haber quedado de ridículo su supuesto sistema de detección y dónde quedan las bravuconadas de Trump y de la clase política de su país, reclamando a México por actuar poco en la materia. ¡Vaya que tienen cara! Al final México sigue poniendo los muertos y Estados Unidos los discursos y los dólares para un combate que ha fracasado por su imbatible mercado de drogadictos ávido de droga.
Destaco las palabras de Alfonso Durazo, secretario de seguridad y protección Ciudadana de México: "Sin el control de armas no es posible cerrar el círculo vicioso que es armas, capacidad de fuego, crecimiento de las organizaciones criminales, narcotráfico, lavado de dinero...". Es evidente la responsabilidad yanqui.
En una reunión reciente con William Barr, fiscal general de EE.UU. nada menos, se reconoció el fracaso de esta política de contención. Y cómo no va a fracasar si el círculo vicioso que denuncia México –la venta de armas indiscriminada e irresponsable genera su tráfico ilegal, empoderando a los cárteles mexicanos, imposibilitando su abatimiento– además de negarse y de minimizarse en Estados Unidos, donde no se hace nada para impedirlo, demuestra lo contradictorio de no actuar con el reclamo a México exigiéndole al mismo tiempo el cese de la producción de drogas. Es indecente y contradictoria la postura yanqui hacia México. Y como siempre, se pretexta que están en tiempos electorales y nadie allá se la quiere jugar con la Asociación Nacional del Rifle y demás lacras, referentes millonarios del comercio de armas, para no comprometer sus reelecciones. Estamos hechos. No esperamos cambios. Solo resta aguardar un nuevo discurso y nuevas reuniones bilaterales inútiles entre ambos países. Estados Unidos debe cambiar políticas internas y está incapacitado para hacerlo. Lo demás es y ha sido bla, bla, bla de su parte y ya me inspira tedio en demasía. Pretextar siempre tiempos electorales sirve para justificarse y evadirse. Estados Unidos no colabora en realidad, simula.
El congreso mexicano se apresta en estas semanas venideras a discutir si aprueba o no el consumo de marihuana con fines médicos. Lo lúdico de última hora parece que no, porque claro, o se aprueba y se expande el consumo de droga o se cumple el compromiso pactado ya asumido con EE.UU. por el actual gobierno, de combatir el tráfico de droga, que no legalizada dejará de traficarse, como también se advierte. No se puede quedar bien con Dios y con el Diablo, a un mismo tiempo. Concluyo: De este lado de la frontera constatamos que el gobierno Trump se parece a los anteriores: va carente de oficio político para impulsar la prohibición de la venta de armas de manera abierta, así como para combatir a sus carteles y frenar el incremento de la drogadicción en su país y alardea una superioridad que el propio narco evidencia que es vulnerable. Allá no están del todo contentos con México. Acá nos sobran motivos para no estarlo con EE.UU..