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TRIBUNA

El virus de la humildad

Juan José Vijuesca
miércoles 18 de marzo de 2020, 20:32h

Las obsesiones que perseguimos los residentes de este lado de la zona confortable, me hacen pensar que obedecen más a nuestra condición de vanidosos compulsivos que por aquello que reúne ingredientes de modestia. No hay mejor prueba que lo demuestre como la irrupción de un solo virus para salir corriendo a romper el cristal de la soberbia reservado para casos de apuro vital.

Descender al plano terrenal por imperativos de lo adverso es una oportunidad que la fuerza natural pone a nuestro alcance para transformar el modo de hacer y de pensar. Es la simbiosis para rebajar el ego en beneficio de quienes merecen ser valorados a idéntico justiprecio de los que se consideran imperiales. Es curioso, pero el valor mercado de los seres humanos no es el señalado en la etiqueta que lucimos, nada de eso, el verdadero precio es aquél que surge a modo de un violento magma destapando lo peor de nosotros mismos cuando vienen mal dadas.

En estos momentos me avergüenzo de representar a Madrid, no por serlo de nacimiento, y a mucha honra, sino por aquellos que han tomado las de Villadiego en un ejercicio de “huida” como si su ciudad, la ciudad en donde nadie se siente extraño, se hubiera convertido en un lugar apocalíptico. Algunos casos gozarán del beneficio de la duda, no digo que no, pero se me antoja que la mayoría ha huido a ninguna parte llevándose consigo el estigma de ese cabrito virus. Las pintadas que se han visto en diversos lugares a lo “Madrileño go home” duele tanto por lo irracional de los autores como por la impericia de quienes han fabricado ocio donde quiere decir sentido común. El peaje vírico no entiende ni de playas, ni de montañas, ni de ciudades, solo se alimenta del pánico y de aquellos que se aferran a la indisciplina de sus propios actos. Por supuesto que cada cual es libre, también lo es el miedo, pero uno de los mejores antídotos contra la adversidad es la unión y la fuerza que esta desarrolla. Madrid, por consiguiente, no se merece ni el desprecio ni la afrenta de tanto inconsecuente.

Dicho esto, que no por sabido es menos lamentable, resulta curioso cómo un agente infeccioso microscópico nos va cambiando la percepción de las personas, de las cosas, incluso de los argumentos; es sintomático que ahora en lugar de ver a seres humanos, veamos potenciales contagiados. Los ancianos, esas personas que hasta hace unos días eran nuestros mayores, ahora son población de riesgo. Hemos pasado de la calidad a la cantidad, de tenerlo todo controlado con un solo toque de móvil a los rollos de papel higiénico como madre salvadora de todos los males terrenales. También del comer sano y equilibrado a llenar la despensa para entregarnos a la bacanal del miedo. Y uno se pregunta por el verdadero origen de nuestra especie, de nuestro crédito como ser humano, de nuestra condición racional por creer ser más inteligentes, con mayores recursos, enaltecidos por una vanidad de diferentes sabores y colores y revestidos de supremacía; entonces ¿Qué es lo que nos falta? Y un simple virus de mierda nos da la respuesta: la humildad.

Estarán conmigo cuando les digo que la situación actual nos está desnudando como personas. No solo pone al descubierto cuan vulnerables somos en lo físico, sino que para muchas y muchos se les acrecienta el temor de volver a ser familia, a recuperar el concepto de amar, de sentir, de pensar, de reflexionar. Sienten desconfianza al decir “Te quiero” o ante la oportunidad de aprender a valorar más lo que se tiene que lo que se desea. De ahí que esa falta de humildad, unida a la impenitente hipocresía que atesoramos debajo de la primera capa epidérmica, sea lo que deja al descubierto la realidad de que somos muy poca cosa.

Siéntanse dichosos por estar en el valioso claustro de la vida misma. Agradezcan el poder contribuir con el aplauso a quienes con tanto esfuerzo, valor y pasión nos allanan el camino del confinamiento. Son ellas y ellos bajo una bata de todo a cien los que luchan cuerpo a cuerpo con el miserable virus en un hostil campo de batalla en forma de hospital. Agradezcamos a todos aquellos y aquellas que salvaguardan nuestra hegemonía de impolutos seres humanos mientras aguardamos en la retaguardia de nuestro confort. Seamos agradecidos por la oportunidad de estar vivos para ser mejores personas. No se preocupen por lo que suceda al otro lado de los muros que nos protegen, son los mismos que hemos levantado y se abrirán cuando la humildad de nuestro actos se conviertan en una sola voz, en una sola unión. Ese será el antídoto frente a cualquier enemigo externo que pretenda engañarnos para apoderarse de todos nosotros. Por todo ello y mientras tanto, yo me quedo en casa.

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