Hemos vivido una Semana Santa en la que la contabilización diaria del dolor del prójimo atrapado por la pandemia en ocasiones expulsaba de las calles y de la mente la efeméride sagrada de la Muerte y Resurrección de Cristo. Y, sin embargo, la Pasión del Hijo de Dios enfatiza como compañera aparentemente no-omnipotente esta súbita pasión de los hombres de carácter universal. Jesucristo no es el dios pagano que vive en los intermundia una vida de eterna felicidad, ajeno su cuerpo a la herida del pecado, la enfermedad y la muerte, sino que Jesús es el Dios que comparte con el hombre su fragilidad y su dolor hasta el fondo, hasta las heces del cáliz del dolor humano. Y es esa fragilidad y dolor los elementos que definen precisamente nuestra grandiosa naturaleza humana.
Sobre un mundo al parecer regido por leyes locas y despiadadas de la Naturaleza, con mucho mal e inmenso sufrimiento, miles de millones de hombres pueden estar gritando hoy: “¿Dónde estás, oh Dios? ¿Por qué nos has abandonado?” (Sal 42; Mc 15, 35). Esta Semana Santa de peste universal apela a una nueva teodicea, a una nueva defensa “judicial” (dikê) de Dios. ¿Es que Dios sólo puede comprometerse con la causa de los hombres con su propio sufrimiento en Cruz? ¿No sería esto muestra de la impotencia divina? Dios se ha vuelto problemático, pues no parece estar donde pensábamos que estaba, ni parece resolver en primera instancia nuestros problemas de supervivencia acuciante. No parece resolvernos nada este horrible sufrimiento del Joven Jesús. ¿Acaso ha querido apartarse de la vida de los hombres? Desde luego hemos cumplido con creces la tarea que Dios nos puso en la Biblia (vid. Gn 1, 28: “Creced, multiplicaos, dominad la tierra”), pero ahora nos hallamos solos, enfrentados a un misterio más de la Ciencia, que nunca acabaremos de dominar, y ante un duro destino de riesgo de muerte masiva. Acostumbrados al Dios del viejo catecismo, nosotros mismos nos parecemos a ese niño travieso perdido en el bosque, que grita a su mamá para que le saque del barro o barranco en que se haya metido, pero su mamá no llega, ni nadie de fuera del oscuro bosque le responde. Y que después de desgañitarse gritando sin resultados, él mismo tiene que resolver con enorme esfuerzo, trabajo y sufrimiento la senda por la que salir del problema, el camino de la vida. Ahora bien, la fe nos dice que en realidad Dios nunca se ha separado del niño perdido, y que con sus invisibles impulsos, lo ha sacado del bosque. Y la razón testaruda nos señala que, sin embargo, son muchos los niños que se quedaron atrapados en el bosque y que jamás salieron.
Esta “injusticia” del mundo, que permite que los niños se pierdan mortalmente en los bosques, hizo que a finales del siglo XVII, en los inicios mismos de la Ilustración, se dijese que más necesario que el hecho de que el Hijo de Dios “venturus est cum gloria iudicare vivos et mortuos”, es el hecho justo de juzgar al mismo Dios por los numerosos desastres que acaecen en este mundo tan imperfecto. Contra esta teokritea (condena de Dios), Leibniz, el padre de la ilustración alemana, tuvo que escribir sus Ensayos de Teodicea (defensa de Dios). Anteriormente Espinoza había salvado a Dios de toda responsabilidad moral al identificarlo con la Naturaleza: Deus sive natura; una situación, sin duda más cómoda que la de Deus, sive potestas, noción ésta tradicional de Dios a la que nos acogemos como suplicantes temerosos, y que obliga a Dios a asumir “personalmente” responsabilidades muy graves.
Diríase que Dios se ha introducido en nuestra historia más como un compañero co-sufriente, conservus, que diría Séneca, que como protector omnipotente. Porque, ¿dónde está la omnipotencia de Dios en esta crisis sanitaria o en el Holocausto judío? Dios guarda silencio ante el dolor de sus compañeros y los muertos continuos. Es el gran silencio ininteligible e “inefable”. Y ya nos advirtió Wittgenstein que de lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio. Esta peste del siglo XXI, como todas las anteriores, nos ha llevado a las fronteras de la nada, allí donde cayendo en su vacío el hombre queda suspendido en su absoluto desamparo. Rudolf Otto, que pasó toda su vida buscando a Dios en todas las religiones, afirmaba que el primer efecto y signo de lo numinoso es el pavor sagrado, entendido como estremecimiento radical ante una Realidad indomesticable que nos desborda, como si estuviéramos ante una gran tormenta de fuego, de rayos y truenos, de olas inmensas. La realidad es “tremenda”, esto es, nos hace temblar (del lat. tremo), estremecernos. Nos vendría bien ahora, quizás, apelar a Dios con los mismos versos que Blas de Otero: “Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,/ al borde del abismo, estoy clamando/ a Dios. Y su silencio, retumbando,/ ahoga mi voz en el vacío inerte”. Diríase que Dios se esconde cuando más lo necesitamos para que así, en libertad activa, le busquemos, tal como señala el Salmo 42, 2-4. San Juan de la Cruz lo dice con intensidad sobrecogedora: “¿Adónde te escondiste,/ Amado, y me dejaste con gemido?/ Como el ciervo huiste,/ habiéndome herido;/ salí tras ti clamando, y eras ido.” Es nuestra propia libertad la que nos obliga a pedirle ayuda en la adversidad, pues la libertad nos constituye como imágenes de Dios. Y el infame e ignominioso gobierno que padecemos no es culpa de Dios, sino de nuestra libertad. No hay nada como aprender en propia cabeza. Sólo buscando a Dios seremos capaces de sobrevivir, y si lo encontramos nos encontraremos a nosotros mismos. Y si Dios ha querido correr el riesgo de crear la humanidad en un entorno con muchos peligros, Dios debe tener una respuesta para quienes padecen y mueren, y asumir el compromiso de ayudarles.
Mientras tanto, sigamos con nuestra Novenas al Padre Damián y el Santo Rosario diario. Todo ello, sin duda, colaborará con el pronto restablecimiento de la patria y la salud de los españoles desde el misterio y lo numinoso. Y siendo la libertad perfecta el amor, somos arrastrados, más que nunca, en esta Semana Santa tremenda por el amor hacia Jesús el Nazareno, nuestro mejor compañero. El Crucificado es hoy el Dios de los enfermos y los viejos, y se hace presente en estos días en ellos. Sólo allí donde unos – personal sanitario – dan la vida por los otros – sus pacientes – se puede hablar de una comunicación verdadera fundada en Dios. Sólo mediante esta entrega Dios se revela y nos salva.