ORIENT EXPRESS
Sobre el antifascismo
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 07 de junio de 2020, 19:24h
La oposición al fascismo -es decir, el antifascismo- fue una característica de distintas ideologías y organizaciones (partidos políticos, sindicatos, grupos culturales) desde la década de los años veinte hasta el final de la II Guerra Mundial. Durante la Guerra Fría fue mutando su significado y, en las llamadas “democracias populares”, pasó a ser un eufemismo para “comunista” del mismo modo que “fascista” se convirtió en una etiqueta para designar a los anticomunistas.
Hubo antifascistas en todo el espectro político. Lo fueron los agentes de la III Internacional, la famosa Comintern, como Arthur Koestler, y los británicos liderados por Churchill que sostuvieron la lucha contra el III Reich en el año 1940 cuando todo parecía perdido. Hubo antifascistas en el Bund, el partido socialista revolucionario judío, y en la oposición cristiana a Hitler que se organizó en torno al Círculo de Kreisau. En el antifascismo militaron los distintos grupos de resistencia que se organizaron por toda Europa a medida que los fascistas y los nacionalsocialistas iban ganando poder en Europa.
Los antifascistas de la primera hora -los que llevaban luchando contra el fascismo desde la década de los 20- sufrieron un golpe muy duro con el pacto Ribbentrop-Molotov. El Pacto de Múnich de 1938, que consumó la traición a Checoslovaquia por parte del Reino Unido y Francia, escandalizó a los antifascistas conservadores y liberales de Europa. Churchill tuvo palabras lúcidas y durísimas contra aquel acuerdo el 5 de octubre de 1938 en la Cámara de los Comunes: “siempre ha habido en Polonia, Rumanía, Bulgaria y Yugoslavia un movimiento popular enorme que miraba a las democracias occidentales y aborrecía la idea de que se les impusiera la arbitrariedad del régimen totalitario y que esperaba que se le opusiera resistencia. […] no puede haber nunca amistad entre la democracia británica y el poder nazi, ese poder que rechaza la ética cristiana, que alienta su avance con un paganismo bárbaro, que se jacta de su espíritu de agresión y conquista, que obtiene fuerza y un placer perverso de la persecución y utiliza, como hemos visto, con brutalidad despiadada, la amenaza de la fuerza asesina. Ese poder no puede ser nunca el amigo leal de la democracia británica”. Se dirá que, en 1938, el gobierno británico creía que el apaciguamiento era una política acertada. Esto no empece la lucidez de Churchill al dar la voz de alerta frente a Hitler.
También los antifascistas de izquierda sufrieron desengaños y traiciones. El acuerdo entre la Unión Soviética y el III Reich generó desconcierto y cierto sentimiento de decepción para muchos antifascistas de izquierda. Arthur Koestler narró, en “El cero y el infinito”, la purga de los cuadros comunistas en Alemania incluso antes de 1939 a través de la delación y entrega a la Gestapo. Ser antifascista no bastaba para que los estalinistas le perdonasen a uno la vida. De hecho, podía ser hasta un peligro. Una opinión contra el Pacto Ribbentrop-Molotov, como toda crítica al partido, era suficiente para caer en desgracia. Gilles Perrault describió al comienzo de “La orquesta roja”, esa certeza entre los comunistas de que Stalin era leal a Hitler: “se tenía la certidumbre de que Stalin había jugado limpio después del pacto germano- soviético. La Gestapo ¿no había tenido el refinado placer de recibir de manos de la propia GPU [la policía política soviética antecesora del NKVD y el KGB] a varios comunistas alemanes refugiados en Rusia?”. Por supuesto, cabe argumentar -el propio Perrault lo menciona- que, en
realidad, Stalin estaba tendiendo una astuta celada a Hitler. No se trata ahora de ver si esto era o no cierto porque, lo fuera o no, la verdad es que a los comunistas alemanes los entregaron a la muerte.
Desde luego, ser antifascista en Italia, en Alemania y, en general, en la Europa ocupada, era heroico. Algunos llevaban luchando contra el fascismo desde los años 20 en Italia o desde la Guerra Civil Española. El caso de Orwell es interesante a este respecto: su experiencia de lo que vio como brigadista lo llevó a alejarse del comunismo, al que vio como un totalitarismo más. El encargado de imponer la ortodoxia comunista entre los brigadistas internacionales era Ernő Gerő, el responsable de ejecutar el exterminio de los anarquistas y los trotskistas en la zona republicana. El estallido de la II Guerra Mundial nutrió de antifascistas los movimientos de resistencia desde a primera hora. Stalin dio instrucciones a las células comunistas de pasarse a la resistencia sólo a partir de la invasión de la URSS en junio de 1941. Para entonces, otros antifascistas ya llevaban enfrentándose a los nazis mucho tiempo: en el caso polaco, por ejemplo, desde septiembre de 1939. Hubo casos incluso de antifascistas de los años 30 que terminaron en la colaboración con los nazis en los años 40, como fue el caso de algunos de los altos cargos del Gobierno de Vichy. En 1934, Jacques Doriot denunciaba la amenaza fascista. En 1941, apoyó la creación de la Légion des Volontaires Français que combatieron con uniforme alemán en el frente del Este. Del antifascismo pasó a la colaboración con los nazis.
Ser antifascista era, como decía, una opción heroica en el sentido clásico: tomar las riendas del propio destino incluso hasta el punto de entregar la vida por la causa en que se creía. El fascismo, el nacionalsocialismo y el comunismo generaron en toda Europa movimientos de resistencia. Hubo antifascistas que combatieron contra la ocupación alemana en Polonia y terminaron etiquetados como “fascistas” por los comunistas en la posguerra. Hubo fascistas húngaros que siguieron trabajando al servicio de las autoridades comunistas en la siniestra AVH, la policía política de Matyas Rakosi. Así hizo, por ejemplo, el teniente coronel Gyula Prinz, encargado de aplicar la tortura en el nº 60 de la Avenida Stalin -hoy Avenida Andrássy- de Budapest, donde tuvo su sede primero el Partido de la Cruz Flechada y después la AVH.
El antifascismo no debería ser un pretexto para quemar edificios ni saquear tiendas. No debería ser una coartada para el terrorismo. Era una afirmación frente al fascismo y el nacionalsocialismo -dos de los totalitarismos que asolaban Europa junto con el comunismo- que dio al continente verdaderos héroes de ideologías distintas y aun enfrentadas, hombres y mujeres que afrontaron la prisión, la tortura y la muerte.
Recuerdo las palabras de Víctor Serge, revolucionario, antifascista a carta cabal y acosado por Stalin: “Por mi parte, sufrí un poco más de diez años de cautiverios diversos. Milité en siete países, escribí veinte libros. No poseo nada. Varias veces he sido cubierto de lodo por una prensa de gran tirada porque digo la verdad. Detrás de nosotros, una revolución victoriosa que dio mal resultado. Varias revoluciones fracasadas, un número tan grande de matanzas que da un poco de vértigo”.
El siglo XX enseña que las ideologías del resentimiento y la venganza, que son lo más opuesto a la justicia, marcan un camino seguro para repetir los horrores del pasado. Ninguna liberación pasa por quemar, saquear, destruir o hacer daño a gente inocente. Una injusticia no se repara con otra injusticia.
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Analista político
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
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