Alguien dijo que España también formaba parte del siglo XXI y yo me lo creí, pero es que yo soy muy raro. A mi edad se vuelve a ser niño y ello conduce a la inocencia de las cosas. A menos que lo de sumar dos más dos haya dejado de ser cuatro, cosa que no descarto sea consecuencia de la grotesca definición de “la nueva normalidad”, deduzco que la aritmética al uso les viene grande a los que bailan las cifras de fallecidos por el COVID-19 dando a entender que siguen a día de hoy contando con los dedos de la mano. Otra cosa no ha lugar. Yo les aconsejaría que ante tal impericia usaran el ábaco como herramienta de primeros auxilios para presentar de una vez por todas decencia de inventario, recuento o balance definitivo de nuestros difuntos. Dentro y fuera de fronteras somos el hazmerreír como país sin sustancia aritmética. Y eso pasa factura.
Repito lo de creerme que estábamos en el siglo XXI porque se nos ha vendido que nuestro país era uno de los más importantes del mundo, además de otros tantos galardones de aprecio en el ranking internacional referidos a un montón de chismes que fabrican para contentar al personal. Lo cierto es que nada de lo creído nos justifica como país avanzado ante el vergonzoso espectáculo que nos muestran a diario, sin que a día de hoy nadie haya sido capaz de darnos la cifra real de los fallecidos por el maldito virus. Nombres y apellidos de todos y cada uno de ellos en justicia con los vivos y los muertos como ejemplo de país comprometido con la progresía y la transparencia, pero ya se sabe que la sórdida costumbre de tapar las propias irresponsabilidades nada mejor hay para esquivarlas como echar las culpas al empedrado.
En mi vida había contemplado tanta adulteración a la verdad ni tan siquiera a la propia mentira, pues siendo escritor costumbrista me veo en la obligación de mostrar los defectos de la sociedad en la que me encuentro. Salir al mundo exterior acostumbro, ahora con mayor profusión por la condicional que este gobierno ha tenido a bien conceder. Y vengo al caso citar que en mi franja de horas me he acomodado en terraza de tomar café, eso sí, al 50 por ciento por no sé qué galimatías de formas y conductas.
– ¡Buenos días, señor!- me saluda muy cortés el camarero. Entre él y yo dos metros nos separan, mascarillas y rituales de higiene mental para no avivar contagios.
– ¿Lo de siempre?- me pregunta,- ; ya sabe usted que por estar en fase 2 solo es la mitad de todo, mitad de café y mitad de churros- me apostilla el servicial mesero.
–Entonces hágase lo que dicte este gobierno, aunque más parece que hubiéramos regresado a las cartillas de racionamiento- , dígole yo en tono arcaizante.
Hay gobiernos que lo de partir por la mitad lo llevan a rajatabla. Reflejo de este país que se aprovecha lo mínimo para menear lo de las dos mitades o dos Españas. Aquí desde hace tiempo por el solo hecho de conducir por la derecha ya te consideran facha.
Tomar nota de esto o aquello es labor de fabricante de historias y máxime cuando los dislates en comportamientos conviene cazarlos al vuelo. Hay quienes ir a trabajar aún no pueden, otros ni por querer tampoco lo prefieren, paseantes se aglomeran alrededor de las mesas, oigo decir que son los del turno de la cerveza y pincho de tortilla. Van sin prisas porque son de los que esto del COVID-19 se lo toman a risa, síntoma inequívoco de la fragilidad que tenemos para olvidar. Las calles se han vuelto elásticas. Todas las franjas caben y lo que antes de esta calamidad eran paseos de recreo ahora todo es andar con paso lastimero. Disgusto me da lo que veo, ni distancias, ni control en horas de fogueo, todo es un totum revolutum de poco ser cuerdos. Son como semovientes enmascarados en busca de autor como aquella famosa obra de Luigi Pirandello en dónde prevalece la cultura de las apariencias. Aquí y ahora se juega a la costumbre de los olvidos, clásico juego muy nuestro en dónde el que más o el que menos se disfraza de fariseo.
Y heme aquí en la mitad y proindiviso de un desayuno enhebrando renglones para solaz recreo de mis cultos lectores en buena hora de miércoles, cuando regresan a mí de nuevo los adulterados recuentos. Son 27.000 los muertos oficiales mientras no ceja el flirteo de quienes envidan en datos con mayor lógica y talento, es decir, hablan de 44.000 los fallecidos, incluso posible sean 50.000, cifra ésta que se antoja en obligación de esclarecer sin mayor pérdida de tiempo, aunque haya quien defienda que es la mortalidad indirecta de la pandemia. ¿Mentira o verdad?, uno se pregunta, pues el exigir veracidad es cuestión de justicia, tanta como en ese doble rasero de memorias históricas de muertos.
Es más de lo mismo y las culpas se antojan de unos, de otros, incluso de quienes obstinados en zaherir la desgracia pretenden sacarle rédito, pues aviesos personajes se empecinan en ello sin importarles ni escrúpulos ni el dolor ajeno. Por eso pago la cuenta ante tanta necedad y dejo el lugar sin cuadrar mis temores que no son otros que la insolidaria especie a la que me debo para escribir con tanto celo. ¡Dios, cuanto da de sí lo que veo! Un pobre hombre, George Floyd ha sido víctima de la enajenación violenta de la policía allá en los Estados Unidos de América y dentro y fuera se muestran honras de duelo, se arrodillan las gentes, se armonizan los colores blancos y negros siendo justo que así sea. Incluso en España han hincado las rodillas sumándose al gesto y yo me pregunto ¿A qué esperamos para hacerlo con los nuestros? Mientras lo de allí ha sido tragedia lo de aquí es pura estadística. Mientras lo de allí tiene nombre y apellidos, los de aquí son definidos como “muertos complementarios”. Así, como suena y de tal manera. Mientras allí uno solo ha sido multitud, pensemos en lo que son 27.000; 40.000 o vayan ustedes a saber los cientos de miles cuándo dejen de bailar con cifras tal cantidad de lumbreras. Pero ya se sabe, esto es España y concierne según sea quien gobierne.
En fin, visto lo visto si lo sé no salgo, por eso vendo franja horaria en buen estado y con pocos kilómetros. Abstenerse agencias.