DESDE ULTRAMAR
Carlota, emperatriz de México
jueves 11 de junio de 2020, 20:09h
Actualizado el: 06/11/2020 22:01h
El II Imperio mexicano (1864-67) es atractivo al más curioso, es una suerte de fetiche, un sugerente episodio de la convulsa historia mexicana decimonónica, cuyo trance terminó con el fusilamiento del emperador Maximiliano I y la locura de su esposa, recluida en Bélgica. Con motivo del 180 aniversario del natalicio de la emperatriz Carlota (7 de junio de 1840), su figura recobra actualidad. Después de todo, murió en 1927 sobreviviendo a su marido a pocos meses casi, por 60 años.
Los mexicanos aún nos planteamos la ucronía de imaginar el éxito de esta quimera imperial, en un país que ya tenía gobierno e independencia propios de la mano de Juárez, cuando unos traidores buscaron un monarca extranjero. La defensa juarista de la Patria fue una guerra que la han llamado “el Vietnam del siglo XIX”, causado por las bayonetas invasoras de Napoleón III, el pequeño. Maximiliano empujado por Carlota ¿fue simple víctima o presa de su compartida ambición imaginando un trono americano? El debate persiste hasta nuestros días.
Carlota portó su nombre en recuerdo de la primera esposa de su padre, Carlota de Gales, fallecida, truncándose para él ser consorte de Gran Bretaña. Mantuvo el nexo con tal país al exiliarse allí sus abuelos, los reyes de Francia, echados por Luis Napoleón Bonaparte y acogidos por Victoria, tan ligada a su padre y cercana a ella. Nacida princesa de Bélgica y de Sajonia-Coburgo, fue archiduquesa consorte de Austria, tanto como princesa consorte de Hungría y de Bohemia. Compartió la vergüenza del fracaso de su marido en el virreinato lombardo-véneto, arrastrado al proceso unificador italiano; y lo acompañó al retiro en el castillo de Miramar, junto al Adriático. De ahí, frustró su viaje en pareja al Brasil, aguardándolo en Madeira; y pese a una infancia de abrupta soledad por la temprana muerte de su madre, Luisa María de Orleáns, hija del rey Luis Felipe de Francia, Carlota mostró ya en México sus dotes de firmeza, preparación y de gobernanza que no desplegó, incluso, Maximiliano, y que jamás ejercieron sus rivales en lides diversas, la afamada Sissi, su concuña, y mucho menos Eugenia de Montijo, muñequitas de escaparte a la sombra de sus imperiales cónyuges, impedidas de siquiera insinuar el cogobierno, abiertamente. Siendo regente y de las efectivas, la emperatriz de México en eso les ganó la partida a las otras dos emperatrices, igual “hechas” y con finales diversos. Ser hija de rey, cuenta, y eso le valió a favor frente a las otras dos, después de todo, carentes de mejores cartas de alcurnia o demostrada capacidad de gobierno en su nuevo rango.
A su casamiento –concertado al mejor estilo del siglo XIX– lo anticipaba la regia estirpe de aquel duplo y a la postre supuso la fusión de dos dinastías, una decadente, los Habsburgo, con otra sorprendentemente ascendente, los Sajonia-Coburgo-Gotha. Una está perdiendo los tronos de Europa y la otra, ganándolos. Fue una imbricada antítesis manifiesta. Cierto es que no obstante que Carlota fue prima de la reina Victoria, de los reyes de Portugal y de Bulgaria y por vía de su esposo, lo fue del emperador de Brasil y de Napoleón II, no le valieron a su triunfo final. Mucho menos la ayudó que tanto Maximiliano como ella, fueran primos del último rey de las Dos Sicilias, Francisco II. O que ambos fueran tataranietos de la emperatriz María Teresa de Austria, enlazando su genealogía. Ni le valió en sufragio que su hermano fuera rey de Bélgica y del Congo. Y aunque su otro hermano, el conde de Flandes, no pudo ser rey de Rumanía, ella si alcanzó a ser emperatriz de México, pese a que su esquela mortuoria la degradara a princesa. Si sus compatriotas no pudieron, los mexicanos sí la consideramos emperatriz. Total, lo fue de México. Empero, ya decíamos, tanto oropel, tanto linaje, tanto boato y resplandor de las dinastías, no la ayudaron. Perdió el Imperio y la razón.
Mujer culta, fue ambiciosa y yo no tengo la menor duda de que empujada por su padre que la quería en mejor nivel, orillase a su marido, el tibio Maximiliano, a aceptar el trono de México, ofrecido en condiciones adversas y no clarificadas a ambos; fueron presa de un engaño. Cual par de segundones, carecían de un promisorio futuro monárquico en Europa. Y jamás fueron coronados en América.
De nada le valió marchar decidida a Europa a buscar ayuda para defender su corona. De nada meter la mano en el chocolate del Papa, para salvar su Imperio en naufragio; y tampoco su altivez y condición para evadir la soberbia mayúscula a la propia, de Napoleón III y de Eugenia de Montijo; o su reclusión tras sus muestras de locura ya mostradas en La Habana, o, al menos, la suma de desvaríos en su conducta ya vista en Miramar, a donde regresó fugazmente y presentes por casi seis décadas añorando México. Persisten debates entre sus estudiosos más conspicuos acerca de si enloqueció o de si su hermano el rey belga se robó su dinero para pagarse el Congo, o que si tuvo deslices e hijos ilegítimos o no, inclusive en la viudez. Es parte del inevitable cotilleo que suele acompañar a estas mayestáticas figuras. Después de todo, el personaje no es propiedad de nadie. Como es natural, los historiadores se la disputan y cada cual asume frente a ella lo que considera. Y nadie es propietario de su memoria.
Carlota asumió su papel de consorte y aprovechó las oportunidades de ser regente del Imperio mexicano. Fue la primera y única mujer que ha gobernado México. Allí mostró su aptitud de estadista. Su interés por su pasado prehispánico la condujo a Teotihuacán y a Uxmal, en Yucatán, fundando además, el museo arqueológico y prohibiendo la exportación de piezas precolombinas, para impedir su saqueo. Fue recibida con loas en Puebla, Mérida y Campeche. Dictó medidas para la protección de indígenas y menores de 12 años. Mas la Historia imposibilitó que Maximiliano y ella fuesen sepultados juntos. Él en la cripta de los Capuchinos, en Viena, junto a sus antepasados; y ella en el panteón familiar contiguo al palacio de Laeken, en Bruselas. No obstante que los Habsburgo la habían llamado el ángel de la muerte de Maximiliano, durante la I Guerra Mundial los invasores alemanes tuvieron la deferencia de no importunar su residencia belga, el castillo de Bouchout, colocando en su pórtico un letrero advirtiendo que allí moraba la cuñada del emperador austrohúngaro, aliado del Káiser. Gentileza solo superada por las egregias figuras que la han encarnado: Bette Davis, la afamada brasileña Nathalia Timberg, Medea de Novara, María Rivas, las mexicanas Susana Alexander, Margarita Sanz, que han reproducido su altivez, su ambición, su temple o su locura. De su belleza, me abstengo. Le gana su distinción y porte. Hay fotos.
Pese a un inexistente trono de México, sin heredero real y reconocido por todos, no le faltan suspirantes a obtenerlo, aun topándose con la constitución mexicana que desconoce los títulos nobiliarios y nulifica la monarquía. Maximiliano, sin descendencia marital, añadiendo su abdicación –negada su validez por sus adeptos– anula reclamos póstumos a su trono. No olvidemos que él había renunciado a sus derechos dinásticos en la casa imperial de Habsburgo, impidiéndose así que pariente alguno se adjudique el trono mexicano. Era una renuncia de ida y vuelta y de arriba a abajo. Nadie posee la legitimidad de pedirlo.
¿Qué los mexicanos somos monárquicos? Nuestra credencial de matarreyes nos desmiente. Fusilamos a dos emperadores, por distintas causas, pero al final, el resultado trágico es el mismo. Aunque en América no nos agrada inclinar la cerviz y la monarquía es lejana, sinónimo de Europa, dejando sus firuletes y esplendores a las revistas del corazón, nos fascina más su estética que su ética, como lo expresara un atinado colega de El imparcial. Carlota entra en esa categoría.