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Ernesto Colsa: el viaje molón, los billetes arrugados y la mochila pegajosa

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 25 de junio de 2020, 20:23h

Tiene la nariz judía, larga y sin pausa, sirviéndole de abrelatas en los aeropuertos internacionales. El pelazo revuelto, la ceguera voluntaria, el cansancio cincuentón y los pasos veloces, propios de quien ha venido a hacer biografía, sin que tenga otro sentido la aventura; la disposición al viaje interminable como subrayado de calidad de vida y, algo más profundo, juguete infantil, roto y distinto, en la frecuencia modulada de la obsesión repentina, donde entre el zarzal aparecen las mejores fieras en rigurosa estampida, viento y fugacidad brillante.

Ernesto Colsa Sotelo publica el primer volumen de sus despilfarros consuetudinarios, huidas célebres, fugas legales, persecuciones atroces: El turista perplejo (Pez de Plata). Cinco países a cual más enloquecido: Perú, Corea del Norte, Australia, Moldavia-Rumanía y los Balcanes. Elogio pontificio de la metálica inercia: “El turista, cuanto más atontado mejor”. Dejarse llevar, probar costumbres sin entenderlas, la dirección contraria a la manada: “El ciudadano medio de nuestro país se ha acostumbrado a viajar y mira con desdén de nuevo rico a quien aborrece la música, la literatura o, sobre todo, hacer turismo”.

Se ríe de quien quiere viajar a Estambul, de balde, por cien euros, sin almorzar en el asiento la oportuna ración de quisquillas. Se mofa, a dos carrillos, de todo aquel viaje como seña de identidad para quien le van las cosas relativamente bien, en el marbete de una prosperidad más o menos fingida, culto frente a las guarrerías gastronómicas locales (o no solo gastronómicas) y siempre en ese precipicio del estímulo, imbuirse o no de extrañamiento, aliciente vacacional, la comparsa habitual en derredor con sus consignas: “Beber a precio de saldo, hacerse selfies delante de los monumentos célebres o envilecerse en las compañías hermafroditas adolescentes”. Siempre “perder países”, como dijo el clásico, no ser de ninguna parte, sombra que viaja y huye, fantasma que paga con billetes de niebla.

Su canto es río seguro sin naufragio ni baraturas: “La actitud perpleja infunde seguridad, y eso lo percibe quien pretendiera atacarnos, que distingue a la perfección si su víctima se encuentra sorprendida o acojonada”. Ernesto Colsa solo entiende un vértigo: el del contraste social, donde el anonimato es lo más sofisticado y viajar treinta años de este modo, mochila pegajosa y ruta molona, rara, fuera de norma y público, es otro combustible para mejores mortificaciones. Solo cabe una juventud –dijo todo Oriente-: la de romper rutinas, descorrer el velo de lo anómalo, sobrevivir a lo remoto, hacer biografía, sí, como único empeño vital.

Cinco destinos donde la poética es diferente: las anomalías políticas del lugar como otra mariposa a crucificar con alfileres para la colección, la completa ausencia de interés como tedio y sudor nuevo, el exotismo de la distancia, la espectacularidad del entorno, ajeno siempre al viaje perfecto y su catarsis, viajar como la mayor vulgaridad, entre fobias y prejuicios, para en el momento menos previsto, apoderarse de la erección perpleja, situación no vivida, hechizo brutal, algo de lo que uno sale nuevo y renacido, sin las miserias cotidianas, como el sol recién lavado tras una tormenta.

El bicho quiere morir en movimiento como finta a la muerte segura: “Por lo que a mí respecta tengo infinidad de excursiones proyectadas que con toda seguridad no consumaré: de tascas por Bishkek, un trekking en Sajalín, una sesión de ayahuasca en las líneas de Nazca o. en fin, mi insuperable aventura estrella: acampar junto a uno de los barcos varados en la desértica cuenca que una vez cubrió el Mar de Aral”. No es el magisterio inmediato de los sentidos ni el discurso interminable de la memoria: es borrar para volver a nacer, es resetearse y vivir entre paréntesis, es negar el tiempo y su prisión.

El turista perplejo es aventura, esa leyenda donde uno deja atrás la horma de su pasado, libertad sin solipsismo, brújula ajena al engaño permanente del yo, amor al otro sin conocerle, percepción como presente sin la menor perspectiva, ser cualquier cosa menos lo que otros quisieron para nosotros. Ernesto Colsa colecciona ruido (su novela Cieno; sus discos o experimentos de garaje: Variaciones, combinaciones y permutaciones: Sesiones 1993-1998) para viajar sin prurito acumulativo, sin atavismo, en la conducta desabrida y desbridada de quien ni parte ni llega, solo es y camina, mientras evita el talego, las mujeres caras, las comidas de muchos platos, la ropa compleja, el alcohol caliente o la música pija.

Es un raro con pájaro al hombro en muchos otras traslaciones (Marruecos, Turquía, Montenegro, Macedonia…) donde siempre paga con billetes arrugados que saca de cierta bola, calcetín o gurruño. El turista perplejo es una guía radical para ser feliz, donde la muda es otro bancal para la siembra, y besos y pasos y miradas fugitivas dan cuenta de lo nuevo de la rosa al punto de ser cortada, cuando muere y suplica para nosotros, incluido tú. Un antidepresivo. Línea o pestaña lenta del horizonte que nadie sabe si es mar o también cielo.

Diego Medrano

Escritor

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