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MENÚ DE POBRE

Adrián Barbón descansa trabajando mientras otros duermen la mona

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 02 de julio de 2020, 20:24h

El Principado de Asturias ha sido la primera comunidad autónoma en dejar atrás la pandemia atroz del coronavirus, Fernando Simón se ha deshecho en halagos públicos (“Ojalá nos pasara lo mismo que en Asturias en todas partes”) y Adrián Barbón, Presidente del Principado, vuelve a ser el político que no duerme, largos son sus días y cortas sus noches, se siente en el pueblo y para el pueblo, presiente el veneno de moqueta como la peor forma de aniquilación y extinción del trabajo para los demás, administra un derecho ajeno (como el de los periodistas con respecto a la información), que es el del ciudadano a su porvenir, con tal de no verse jamás cumplido el verso del poeta, Premio Príncipe de Asturias de las Letras y académico de la Española, Ángel González: “Te llaman porvenir porque no vienes nunca”. Trabajar, y no pensar. Trabajo, sin espera ni esperanza.

Contaban, a título de anécdota, quienes trabajaron con Luis María Anson en el “ABC verdadero” que, en cuanto se estropeaba una linotipia, una máquina difícil, la impresión de la peor tirada, el remedio seguro era la llamada al director. Luis María, raudo como el rayo en plena tormenta, bajaba, se quitaba la chaqueta, se metía bajo la mole, tocaba este botón y aquel otro, para al minuto ver salir papel caliente y en serie como rosquillas. No es ninguna broma: el director controlaba a la perfección toda la cadena de producción, desde el sillón magnífico e imperial, hasta las últimas tuercas de la cadena de montaje más primaria. Es todo lo mismo: al jefe no le puede faltar calle, al político no le puede fallar su arrojo, el que manda tiene que saber lo que pasa desde el bordillo de la acera del edificio donde mea el perro del vecino hasta la cornisa donde cagan los cuervos enemigos. ¿Lo entendemos a la primera? Si todos estuviésemos como el Principado nuestra voluntad, al menos momentáneamente, habría vencido al mal común.

Adrián Barbón tiene barba de marinero de olas salvajes, es lector empedernido de Churchill como Pedro J. Ramírez, tiene las patillas rojas en las gafas alambradas, gasta poco pelo, desde el minuto cero de la galerna lo ha repetido sin temor ni temblor: “La mascarilla es la respuesta de los valientes”. Ha sabido estar ahí, debajo de la máquina y en el botón, confinado en el despacho presidencial donde el sueño va y viene sobre el frío sutil del imprevisto, su timón firme no ha podido traer mayor felicidad a los suyos: el primer territorio nacional seguro. Independientemente de los colores políticos, ningún estado del mundo puede garantizar la salud de sus ciudadanos, los protocolos están ahí y es el hombre de la calle quien es libre o no para cumplirlos. La lección dada por Asturias no ha podido ser más inmediata: cercanía, cercanía y cercanía. Un presidente desde el asfalto, unos técnicos a pie de obra, unos hospitales inteligentes en el reparto y atención de los heridos, una sociedad concienciada con el mal a través de sus medios de comunicación, pocos insensatos, muchas ganas colectivas por arrimar el hombro para sacar el carro del fango oceánico. O nos remangamos o solo con pisar moqueta y lucir traje no salimos de esta.

España señala con el dedo tieso allá donde el mérito dificil deja ciego al patio de butacas: Asturias. Adrián Barbón es el minero de sí mismo, el albañil de bocadillo frito, el labriego al que el cielo no puede quebrar el sueño para los suyos. El espíritu de la Transición fue el de la concordia, la crispación ahora lo arrasa todo, pero pronto los pactos entre las fuerzas mayoritarias (PP/PSOE) puede y debe volver a regar el bancal para la siembra. Nada somos tomados de uno en uno -dijo José Agustín Goytisolo en su poema- y España, en estos críticos momentos, no puede permitirse el inmenso lujo de la desunión, la pausa tenaz o ir cada cual por su lado. No ha sido la suerte ni el capricho de los dioses –Asturias es región envejecida y donde la debacle hubiese hecho trizas a los demás- sino los trabajos y los días de un obrero de sí mismo, héroe en los tiempos del descrédito, para quien el esfuerzo personal es su modo privado de contabilizar voto personal, estima y apoyo público: Adrián Barbón.

Aquí lo que hace falta es gente experta en las lides de tratar con los electrodomésticos del chabolo, y meterse debajo de la máquina para que vuelva a amanecer por arriba, trabajadores a quienes el diablo no pueda tentar por encontrarlos siempre ocupados. Auguste Rodin señaló al vuelo: “No basta trabajar, es preciso agotarse todos los días en el trabajo”. Adrián Barbón solo tiene una certeza: el trabajo más productivo es el que sale de las manos de un hombre contento. Siempre el inepto confía más en la suerte que en el esfuerzo diario. Confucio lo susurró previo a ennegrecerse como hollín o azabache todos los horizontes juntos del planeta: “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Adrián Barbón es de la raza de quienes solo ven lo que queda por hacer. Marcelino Camacho, que escribió en todos los periódicos de Luis María Anson, lo avanzó al galope: “Los trabajadores seguimos siendo el pariente pobre de la democracia”.

Las pandemias imposibles traen de golpe lo insólito, lo sobrenatural, incluso lo demoníaco y diabólico, pero hay algo con lo que no podrán desde Los miserables: el pobre tirándose del cabello hacia arriba, como el barón de Munchausen, para salir del hoyo. Nos mean encima y dicen que llueve, sí, como daban cuenta aquellos dos indigentes del cajero automático. “Obra mucho el que nada deja para mañana” (Gracián). Algunos, como Adrián Barbón, sin pelo por las muchas ganas, descansan trabajando y, por mucho que le entrevisten Susana Griso o Ana Rosa, saben cómo el único ungüento es “quitarse el sonajero de todo premio” (otra vez Anson) para seguir deslomándose en el sudor de su verdad ininterrumpida. El camino es Asturias; al natural y sin cosmética.

Diego Medrano

Escritor

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