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TRIBUNA

Vestidos para la ocasión

Juan José Vijuesca
miércoles 22 de julio de 2020, 20:21h

Con motivo del emocionante desenlace de la Liga de fútbol en donde el Real Madrid se ha proclamado campeón, si mal no recuerdo es el trigésimo cuarto título que conquista, para la ocasión, y dada las circunstancias del COVID-19, lo hemos celebrado en casa. Nada de salir a la calle a festejarlo y nada de irresponsables e innecesarias algaradas. Decir que somos del Real Madrid como podríamos ser de la Unión Deportiva Socuéllamos Club de Fútbol, equipo merecedor de todos nuestros respetos, sin embargo un día lo echamos a suerte y nos vestimos de blanco refulgente o blanco punzó, que se dice en Argentina. Incluso nuestro perro, un bichón maltés, de níveo color, nos acompaña como testigo de tan magno acontecer. Él es muy de Karim Benzema.

Como digo, mi querida esposa y yo hemos convenido comer en casa, es más, me he comprometido a debutar en la cocina a pesar de mi nula experiencia, pero de un tiempo a esta parte confieso que estoy impresionado con eso de los fogones del Master Chef. Ha sido un confinamiento muy de ponerme a prueba. De manera que el alirón nos invita a estar a la altura y para comenzar hemos tirado de nuestro fondo de armario para vestir la ocasión con nuestras mejores galas.

Mi mujer se ha presentado con un vestido cóctel inspirado en un modelo del célebre diseñador español Pertinaz. Un traje corto de tules con gazules y evasé rematado con policondrios de Jaipur en color lágrimas de Jabalón y escote al vapor. A juego una pamela Anderson, adquirida en la famosa tienda londinense Anderson & Anderson proveedor habitual de la princesa Escofina de Taracazania. Luce un peinado risueño de ajonjolí en tonos de hemisferio boreal y todo ello armonizado con un abanico de dos tiempos, bolso de mano tipo clutch y zapatos de media punta muy ligeros para distancias cortas. Serena belleza la suya.

En lo que a mí respecta, traje de gala Cabo primero del Cuerpo de Ingenieros, con aire de naftalina respetando la línea húsar con vistosos cromados de resalte y distinguido aire colonial al caqui espontáneo y mirada al frente. Remata la percha en la planta alta una capelina, casquete (con perdón) gorro o gambeto a lo militar licenciado y apuesto. A destacar el complemento del mosquete de llave de mecha y carga de plomo con acabados en madera de peral.

Confieso mi nula destreza en lo de cocinar más allá del huevo frito, pero obligado te veas para reinventarte. Campeones de Liga, vestidos de gala, buen ambiente casero; en fin, todo un reto; de manera que enfundado en uno de esos delantales domésticos me puse a porta gayola delante de unos desafiantes fogones que tanto lucen con esa nueva cocina de vanguardia, que más que mimar a un rodaballo parece que lo sometan a la prueba de isótopos del Carbono-14 hasta reducirlo al tamaño de un guisante mediante gaseo con hidrógeno líquido y bomba de cobalto. Eso sí, una vez emplatado lo definen como: “Coruxo en aliento de grosella, salteado a la comba con reposado en su jugo sobre lecho de un tallo lampiño en cuerda floja de cebolla”. Y claro, para los que nos guía el impulso del huevo frito esto acojona bastante.

El problema es que después de dos horas de disparatada faena escuché decir a mi mujer: “¡Aspirante, has entrado en los últimos cinco minutos!”. Entonces decidí hacer las paces conmigo mismo y recurrí a la improvisación: huevo frito. Y conste que hablo con todo respeto de este clásico y a veces vilipendiado alimento fruto de una gallina ponedora que también sufre el azote de ciertas feministas veganas afirmando que los gallos son unos violadores. Es verdad, hay mucho gallo alfa al que habría que cortarle los cigotos.

Conseguir convertir un rodaballo en guisante lágrima y además que el comensal crea estar degustándolo frente a las costas gallegas aun estando en Castilla La Mancha, se me antoja tarea reservada para los maestros, los que ganan títulos de liga a diario como es el caso del gran chef Pepe Rodríguez, estrella Michelín desde el año 1999, además de Premio Nacional de Gastronomía y un sinfín de merecidos galardones, que nos alumbra el paladar en su restaurante El Bohío con unos manjares capaces de cambiarnos el metabolismo gustativo, algo parecido a contemplar las auroras boreales de Islandia, solo que en Illescas. Lo recomiendo.

Volviendo al fútbol, lo de ser madridista conlleva responsabilidad y un sacrificio constante en torno a una realidad adversa no exenta de envidias, fobias y aversiones de todo tipo; por ello cuando uno se felicita por el triunfo de su equipo no precisa de grandilocuencias más allá de un brindis casero alrededor de un huevo frito bien elaborado, eso sí, con una presentación de vanguardia y digna del léxico Michelin que por suerte mi querida esposa ha sabido valorar: “Redoble de gallina con yema al moje y bodoque de puntilla, acompañado de soplo campero sobre aroma de cacareo a los albores de corral”. Para el postre he tirado por un clásico de toda la vida: “Fruta del tiempo”.

En fin, confío en que acojan este mi artículo de hoy con la benevolencia debida, pues no me dispensa otro deseo que avenir hacia mis lectores una mínima comicidad dada la mala racha que nos invade con ese canallesco virus que nos azota. Humor y amor se me antoja un excelente maridaje para tiempos difíciles. ¡Hala Madrid!

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