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TRIBUNA

Valor Valorum

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
miércoles 22 de julio de 2020, 20:42h
Actualizado el: 22/07/2020 20:50h

¿Qué son los valores en último análisis? Si los hemos definido como lo que debe ser sea o no sea, ¿qué es o dónde está ese deber-ser?

Inmediatamente hay que distinguir entre el deber-ser ético y el estético.

El deber-ser ético se identifica con el Ser necesario (Cfr. artículo 20/03/20). La ética es obligatoria. Su mera omisión es ya violarla. Si algo debe ser en ética, acabará siendo como debe ser, por las buenas o por las malas. Y si el deber-ser no acaba imponiéndose de esta manera forzosa, es un falso deber-ser ético.

En cambio el deber-ser estético es mucho más relajado y suave. Los valores estéticos no son obligatorios. Su omisión no es culpable. Enriquecen nuestra vida y podemos tener vida estética de muchas formas. El pesado trabajo de lunes a viernes es ético. Pero el ocio del fin de semana es estético.

¿Qué son en último término ambos tipos de deber-ser? ¿Cuál es el sentido último de los valores, tanto éticos como estéticos? La respuesta está en nuestro artículo de 05/07/20. Dios como Ipsa Veritas es la fuente de la ética y Dios como Ipsum Pulcrhum es el manantial de la estética.

Así pues, los valores son en último análisis las perfecciones mismas de Dios, algo que Dios es. Por eso escribió muy profundamente Unamuno en su “Diario íntimo”: ser bueno es hacerse divino, porque sólo Dios es bueno (Madrid, Alianza Editorial 1996, pag. 93). Solemos identificar las palabras Bien y lo bueno con lo ético y obligatorio. Obviamente cabe añadir: realizar algo bello es hacerse divino porque Dios es la fuente de toda hermosura. Y hablando en general, podemos concebir a Dios como Valor Valorum, el valor de los valores.

Con ser tan patente la diferencia entre ética y estética, prescindiremos de ella en lo que sigue. Habrá ocasión de analizar ese tema en otros artículos. La tesis de éste es que todo valor viene de Dios en cuanto Valor Valorum. Un mundo valioso sin Dios es una contradicción.

Henry de Lubac escribió un lúcido libro titulado El drama del humanismo ateo (Ed. Encuentro, Madrid 2012). Concluía que todo humanismo sin Dios acaba siendo inhumano. Es la consecuencia obvia de que Dios sea el origen único y exclusivo de todo lo valioso.

De Lubac publicó su libro en 1949. Tuvo ocasión de ver el desastre del Tercer Reich, cuyo profeta fue el loco Nietzsche y cuyo capitán fue el loco Hitler. El ambiente intelectual en Europa estaba muy influenciado por la amarga y reciente experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Los nazis intentaron construir de nuevo la Torre de Babel, lograr el sueño imposible de un humanismo sin Dios.

Si hubiera vivido más tiempo, De Lubac hubiera asistido al hundimiento de la Unión Soviética. Hubiera confirmado su tesis con un segundo y más contundente ejemplo de Torre de Babel que se viene al suelo. El esfuerzo más poderoso, sostenido y sistemático que se ha hecho nunca para levantar el edificio de un humanismo ateo ha sido sin duda el de la URSS. Los comunistas creyeron sin reserva alguna en su profeta Marx. Lenin y Stalin fueron los capitanes llamados a poner en práctica el llamado paraíso soviético. Pero el enorme edificio se vino abajo estrepitosamente hace ya casi 30 años. Y se derrumbó como un castillo de naipes. Nadie protestó. Todos se alegraron de ello. Bien claro quedaba que la mentira del paraíso soviético fue un nuevo fracaso del humanismo ateo. De Lubac resultó ser mejor profeta que Nietzsche y que Marx.

Pero ahora estamos ante la tercera Torre de Babel. En su construcción estamos involucrados todos nosotros, los actuales habitantes de nuestro avanzado mundo prácticamente globalizado.

Estamos ahora más cerca que nunca de tocar el cielo con nuestras manos, de alcanzar el paraíso en la tierra sin necesidad del Dios del cielo.

El perspicaz Dostoiewsky supo verlo hace ya mucho tiempo. La idea ginebrina es….la virtud sin Dios. O mejor dicho, ésa es la idea de toda la civilización actual. “El adolescente”, (2ª parte, cap. 1º, IV. Ed. Aguilar, Madrid 1943, Obras Completas, tomo II, pag. 601).

El novelista ruso pensaba en Rousseau. Sin duda es un buen símbolo. Pero la realidad de lo conseguido por el hombre a principios del siglo XXI es todavía más elocuente que todos los símbolos. Se trata de hechos, de las enormes y recientes conquistas humanas.

En efecto, nunca el hombre ha tenido tantos medios para lograr el mundo feliz. La revolución informática ha sido el salto adelante más grande dado por la humanidad en toda su historia. Hemos llegado a la Luna. Hemos llenado el espacio de satélites artificiales. Con nuestros móviles todos estamos comunicados con todos. Hacemos trasplantes de corazón. Hemos desvelado el misterio de nuestro código genético. Reducimos bibliotecas enteras al tamaño de una caja de cerillas. Etc., etc.

No hay ahora un profeta indiscutible sino multitud de ellos. Todos los intelectuales que postulan un mundo feliz sin Dios. Y hay infinidad de capitanes. Todos los que buscan únicamente el bienestar material de nuestras conquistas técnicas.

Pero la tercera Torre de Babel es también un gigante con los pies de barro. Todavía no se ha desplomado miserablemente en tierra. Pero la pandemia del coronavirus nos ha dado un primer aviso. Todo puede venirse abajo y muy fácilmente. Basta un insignificante bichito que ni siquiera vemos sin la ayuda de un microscopio.

Es patética y cómica a la vez la imagen en la televisión de nuestros poderosos jefes de estado y de gobierno con sus mascarillas y saludándose con el codo. Son los representantes de nuestro orgulloso mundo super- avanzado, pero tienen que humillarse en público y reconocerse impotentes ante el invisible microbio.

Esta es la gran lección que debiéramos aprender. No hay humanismo sin Dios. La tercera Torre de Babel, soberbia y orgullosa, está amenazada de muerte. Ni siquiera está claro que alcancemos en un horizonte previsible el nivel de bienestar y empleo que había antes de esta pandemia. Hasta Trump se ha puesto la mascarilla.

Según todos los indicios, la pandemia proviene de algún descuido humano en algún remoto laboratorio chino. Pero Dios se ha serido de ese fallo humano para dejar claro que non est valor nisi a Deo, si se nos permite modificar una palabra de la conocida frase paulina.

Yo soy el que soy leemos en la Biblia. En terminología axiológica actual diríamos Yo soy Valor Valorum. Pero en ambos casos la conclusíón es la misma: todo intento de humanismo sin Dios está llamado al fracaso.

axiologí[email protected]

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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