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Tiempo de labios apretados, ojos hambrientos y epidemias pestilenciales

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 23 de julio de 2020, 19:52h
Actualizado el: 23/07/2020 21:36h

Nos sentimos pequeños, diminutos e insignificantes frente a la erudición y ritmo planteados por Ole J. Benedictow en sus setecientas páginas, tocho de la gloria y el milagro, editadas por Akal en completa luminosidad: La peste negra: 1346-1353. La historia completa. Especialista en el mundo bajomedieval, emérito en la Universidad de Oslo, erudito de las epidemias europeas hasta sus mismos fondos abisales, Benedictow apabulla con su libro, capítulos cortos y escasos meandros, en la foto fija y grupal de la epidemia que segó la vida de 25 millones de personas, casi un tercio de su población de entonces (la gripe española llegaría a 50). El autor reconoce tres pilares para su estudio copioso y brillante: epidemiología, difusión territorial y mortalidad. Asia menor, mundo árabe y Europa. Propagación e impacto de la Peste Negra desde sus orígenes en los territorios de la Horda de Oro, sudeste de Rusia, 1346, hasta su agotamiento en Rusia central siete años más tarde, tras haber anegado el Cáucaso, Asia Menor, Oriente Medio, el norte de África y toda Europa, excepto Finlandia e Islandia. Epidemiología que es demografía y siempre catástrofe de ésta y de la propia economía del lugar.

Bacterias, virus, patógenos microbiológicos de los que nunca se sabe nada hasta muchos años después (en el caso del estudio que nos ocupa, los últimos cuarenta del siglo XX, lo más sublime entre lo moderno). Castigo de Dios para unos, de ahí la prisa por la construcción de catedrales de todos los tipos y tamaños en nuestra Europa moribunda, y enfermedad epidémica a base de miasmas, en su concepción original. Apunta Benedictow: “El miasma era una corrupción o contaminación del aire por vapores nocivos que contenían elementos venenosos producidos por materia pútrida y en descomposición y eran diseminados por el aire. El miasma podía introducirse en las personas por inhalación o a través de la piel”. La explicación del rey de Inglaterra, Eduardo III, pronto famosa, cuando escribe en 1349 al alcalde de Londres quejándose por las inmundicias arrojadas desde los ventanales y que hacían que “las casas y callejas por donde tenía que pasar la gente estuvieran corrompidas por las heces humanas y el aire de la ciudad se hallara intoxicado para mayor peligro de los transeúntes, en especial en este tiempo de enfermedad infecciosa”.

No falla la ecuación: peste y falta de higiene, enfermedad y falta de higiene, lepra y falta de higiene. Hoy el Coranovirus es terrible, y muchos ven en él el resultado de una ley natural simple: cuando una especie se reproduce por encima de lo que permite su hábitat, siempre se extingue. Así ocurrió con los primeros saurios, sin enemigos conocidos, cuya reproducción masiva los mató. En segundo lugar, el masivo daño al planeta, las miasmas que sacuden el aire después de destrozar todos los pulmones verdes conocidos, desde la Amazonia a los hielos polares, no podían traer nada nuevo. Finalmente, la guerra bacteriológica, los experimentos en los laboratorios de Wuhan, el hombre como lobo para el hombre, es la guinda roja de este terrible pastel negro del que no salimos. ¿Higiene? ¿Cuándo la hubo en los mercados chinos callejeros con toda clase de líquidos y cuchillos negros como la peor reputación en viandas aderezadas con tantos caldos y colores donde era y es imposible reconocer sabor alguno?

Animales, sí, más inmundicias, de los que también se acuerda Eduardo III en sus cartas, porque la Corona de Londres fue la primera en ver llegar al bicho: “El sacrificio de grandes animales, cuya sangre pútrida que corre por las calles y cuyas entrañas arrojadas al Támesis corrompen e infectan en grado sumo el aire de la ciudad provocando un hedor abominable y sumamente inmundo, ha provocado enfermedades y muchos otros males en los moradores de dicha ciudad o quienes han acudido a ella; y si no se pone remedio a esta situación en el momento presente, es de temer que se deriven grandes daños en el futuro. Queriendo impedir tales daños ordenamos, con el consentimiento del actual Parlamento, que todos los toros, bueyes, cerdos y demás animales de gran tamaño sean sacrificados en Stratford o en Knightsbridge”. El regalito, al final, vendría por los roedores, ratas y pulgas, sin dejar atrás la teoría miasmática, vapores y aires cálidos y húmedos frente a otros vapores y aires cálidos y secos, cuya expresión máxima eran los ventiladores de terremotos y volcanes.

Plaga, peste, epidemia pestilencial, Baja Edad Media donde la peor costumbre fue morirse, la terrible relación entre los seres humanos muertos y las mismas ratas en los asentamientos de estos, ya desde los casos vietnamitas o el Bombay moribundo. Algo que hoy se aplica a un murciélago, con un animal intermedio al que dicho murciélago contamina, pero que negro sobre blanco es nítido: “Las epidemias pueden estallar cuando la bacteria de la peste se difunde desde un foco de peste natural a poblaciones de ratas que viven en estrecho contacto con seres humanos”. La rata negra, cuya predilección son los cereales, por casas, graneros, molinos, establos y, sí, barcos, aquí y allá de los continentes. Pulgas, catalogadas como tales, y cuyo origen se tardó lo suyo en saber que venían de las propias ratas. Sangre de los roedores, pura bacteriemia, camino al tifus, a la infección o a piojos y demás amigos mensajeros. Pura poesía: “El tifus exantemático se transmite cuando las personas se rascan como reacción a la picadura, pues al hacerlo introducen en la herida materia fecal contaminada del piojo. Las propias heces secas de los piojos eran virulentamente contagiosas y podían infectar a los seres humanos en forma de polvo a través de las membranas mucosas”.

Entren en La peste negra, levanten la vista y separen morbilidad (proporción de una población que contrae una determinada enfermedad) y mortalidad (proporción de una población que fallece en una unidad de tiempo dada, al margen de cuáles sean los factores causales). El pánico, la huida, el terror… no tienen cronología. Hoy nadie habla de propagación y entonces, mucho tiempo después, se cifró como crucial: “Cuando los roedores comenzaban a morir, cientos de peligrosas pulgas de rata se introducían en bandadas en algún entorno inmediato de seres humanos, y como en aquel momento no solían hallar una nueva rata huésped, desesperadas por el hambre, atacaban a las personas al cabo de tres días”. La peste negra (Akal) nos enseña, por lo menudo y sin pantomima ni afección en el gesto, un pasado que igual es presente. Setecientas páginas. El rito por el que el cadáver empieza a enfriarse, toma la palabra y confiesa en voz alta, lúgubre, cavernosa, siempre iluminado por unas mejillas donde la sospecha viaja como mancha.

Diego Medrano

Escritor

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